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Retrato de Fernando Vallejo tras Escombros

Escombros presenta una rememoración del autor acerca del sismo del 19 de septiembre del 2017

El más reciente libro del autor revela a un grande y sabio autor que sigue siendo fiel a su esencia

Se había sumido en un silencio terrorífico.

No teníamos más hija que Brusca ni otro agarradero en la vida,

y él estaba a un paso de dejarnos.

Brusca lo era todo para los dos. Y él, para ella y para mí.

  1. V.

Acabo de leer absorto y de un hilo Escombros, el más reciente libro de Fernando Vallejo, que me ha calado más hondo por el vívido retrato que aquí nos ofrece ––como El desbarrancadero lo hace de su hermano Darío–– de David Antón, su pareja por casi medio siglo y a quien igualmente quise y admiré. Tan autobiográfica como casi toda su demás obra, Escombros inicia con una desgarradora rememoración del azarosamente sincrónico sismo del 19 de septiembre del 2017 y la muerte de David apenas poco más de tres meses después. Entonces Fernando decidió romper amarras con México y volver a la caótica Medellín de sus recuerdos donde Casablanca La bella, personaje de otro de sus libros que el mismo David remozó con devoción durante los últimos años de su extensa y fructífera vida, aparece como oasis en el desierto.

Fue un año particularmente difícil para Fernando, muy duro, y Escombros es un detallado recuento de esos meses y días aciagos, de pérdidas sustantivas y muy dolorosas, porque había pasado ya la mayor parte de su vida en México y David había sido su compañero por el mismo número de años. Y sobre todo los había transcurrido en ese famoso gran departamento que ocupa todo el séptimo piso del edificio ubicado en Ámsterdam 122, en la colonia Hipódromo Condesa, al que por cierto yo llegué hace ya cuarenta años cuando a finales de 1977 vine también de Colombia a protagonizar su primer largometraje, cuando dedicaba sus esfuerzos a aquel Gran Embeleco del Siglo XX, como le ha llamado después con desencanto al cine.

Si bien mucho de lo narrado en muchos de sus libros lo he presenciado en mayor o menor medida, Escombros lo siento más cerca por cuanto para mí representaron David y ese departamento a donde los visité con cierta frecuencia por más de cuatro décadas, viendo las paulatinas remodelaciones que el talentoso escenógrafo le hizo durante tantos años, con la más profunda y significativa a raíz del terremoto de 1985 que igual Fernando trae a colación continuamente en este libro, porque su deterioro, asegura él, se vino dando entre dos grandes sismos y casi siete lustros de aguaceros torrenciales. Y todo este cúmulo de efímeros instantes de felicidad y de desgracias múltiples se aderezan aquí con las conocidas obsesiones y digresiones que ya son rasgo distintivo de su escritura siempre mordaz e incendiaria, irónica y conmovedora, sin poder ni querer renunciar a cuanto lo significa porque, como él mismo dice, quién le pide a la piedra dejar de ser piedra.

Hombre sabio y sensible, con una inteligencia y una rapidez mental más bien poco frecuentes, Fernando sigue y seguirá siendo fiel a su esencia, congruente consigo mismo, firme en sus convicciones, tan apegado a sus escasos afectos como implacable con sus muchas animadversiones, y las causas de sus inquebrantables batallas, con la defensa de los animales nuestros hermanos como la primera de ellas, lo mantienen lúcido y perspicaz. Un escritor tan necesario como insustituible, su obra resulta incómoda porque pone los puntos sobre las íes y les llama a las cosas por su nombre, sin eufemismos ni prestidigitación alguna, de frente a un mundo en crisis que ha tenido a la humanidad como su único estigma depredador, que desde su condición de homo sapiens se ha dado a la tarea de levantar un entreverado andamiaje de prácticas y de abusos homocéntricos, de toda clase de mentiras y de vendas morales, de costumbres simuladoras, en pocas palabras, diría Fernando, de atropellos y falsedades.

Bien ha escrito Margarito Ledesma que desde Cicerón se ha pretendido escribir sobre la vejez sin éxito, entre otras razones porque el cansancio y la desolación les han ganado a quienes lo han intentado sin suerte. Fernando no ha perdido un ápice de su vigor, de su lucidez, que él mismo refiere y yo constato acompañaron incluso a David hasta hacerse nonagenario, antes de que se desataran los males fatales, porque hasta entonces había sido un roble. Dice el mismo Ledesma: “El viejo maldiciente de este libro estará loco, pero lo que dice me deja maravillado”. Y loco no está porque es muy lúcido, y su razón palmaria y definitiva y categórica, tanto como decir que dos más dos son cuatro y nuestra condición depredadora. Y si él le agradece su escombrera, yo también, pues ambos coincidimos en que es una suma de sabiduría y nos disipa incertidumbres, si bien la mayor incertidumbre es este mundo ––ése sí loco–– que habitamos todos. No hay peor sordo que el que no quiere ver ni peor ciego que el que no quiere oír.

Mi querido amigo el actor Carlos Bracho me invitó con otros colegas a escribir en un colectivo que lleva por nombre El libro de los homenajes, que no ha podido ver la luz por la pandemia y la crisis económica que vino con ella. En él escribí un largo ensayo que lleva por nombre, parafraseando a Stefan Zweig, “Tres tiempos, tres grandes maestros”, y uno de esos siempre declarados débitos es precisamente para con Fernando Vallejo, personaje y escritor que ha marcado mi vida, de una pieza, porque quien traiciona la amistad, afirma, lo ha perdido todo; los otros dos testimonios son para con Rafael Solana y René Avilés Fabila que igual me alimentaron con su generosidad y sus sabios consejos. Fernando, el más atípico de los tres, el más extremo y radical, mi paisano, no sólo me trajo a México para protagonizar su primera película (Crónica roja), sino que, entre otras muchas enseñanzas librescas y sobre todo de la vida, me transmitió parte de esa claridad de juicio que no lo deja a uno dormir en paz, aunque, como Fernando, creo igualmente tener la conciencia tranquila.            

Acerca del autor

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Mario Saavedra
Escritor, periodista, editor

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