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Autocuidado en la era de la productividad

En una época en la que hasta el autocuidado puede convertirse en una obligación más, cuidar de nosotros mismos exige algo más que seguir rutinas o acumular métricas. Escuchar al cuerpo, reconocer nuestros límites, cultivar vínculos y atender nuestras necesidades reales son acciones que permiten recuperar el sentido del bienestar más allá de la productividad. El verdadero autocuidado no consiste en hacer más, sino en aprender a habitar la vida con mayor presencia
El cuidado necesita convivir con la corresponsabilidad familiar, las políticas laborales saludables, el acceso a servicios de salud y el bienestar comunitario.

Durante mucho tiempo, hablar de autocuidado parecía remitir a acciones sencillas: dormir lo suficiente, alimentarnos bien, mover el cuerpo, descansar o pedir ayuda cuando algo nos rebasaba. Hoy, sin embargo, corre el riesgo de convertirse en otra tarea dentro de una agenda saturada. Debemos trabajar, cuidar, producir y resolver, pero también meditar, ejercitarnos, dormir bien y mantener una vida social activa. De pronto, incluso cuidarnos puede sentirse como una obligación más.

Una forma distinta de comenzar es observar los efectos inmediatos de nuestras acciones. ¿Cómo cambia nuestro cuerpo después de caminar, comer con calma, cerrar la computadora o respirar antes de responder? Reconocer beneficios cercanos puede motivarnos más que una promesa futura.

El autocuidado es la capacidad de promover la salud y sostener acciones que favorezcan el bienestar físico y emocional. No es una actividad extraordinaria ni una recompensa posterior. Se construye mediante decisiones pequeñas, repetidas y muchas veces poco visibles.

Por eso, comenzar con algo “ridículamente pequeño” puede ser más efectivo que diseñar una rutina perfecta. Cuando una conducta exige demasiado, la mente suele responder con resistencia. En cambio, acciones difíciles de rechazar —estirarnos un minuto, beber agua o alejar el teléfono durante una comida— permiten familiarizarnos con nuevas formas de vivir. La meta inicial es disminuir la fricción y facilitar la repetición de micro comportamientos.

Vivimos una época en la que la productividad es altamente valorada. Estar ocupados suele asociarse con ser importantes, comprometidos o exitosos. Descansar, caminar sin rumbo o simplemente no hacer nada puede parecer una pérdida de tiempo. Compramos la idea de que nuestro valor personal está en la productividad.

¿De qué sirve recorrer el camino hacia el éxito si llegamos sin energía para apreciarlo? Cuando todo el bienestar se posterga hacia el futuro, las metas alcanzadas al precio del agotamiento se vuelven polvo entre las manos. Vulneran el propósito y la motivación. Descubrir que lograr una meta no produjo el bienestar esperado genera pérdida de significado y conduce a una desesperanza profunda.

Esta lógica transforma nuestra relación con el cuidado. Descansamos para producir más, hacemos ejercicio para rendir mejor, meditamos para concentrarnos y dormimos para obtener una buena puntuación en una aplicación. Así, el autocuidado deja de tener valor por sí mismo y se convierte en una herramienta al servicio del desempeño.

La tecnología ha reforzado esta tendencia. Relojes, aplicaciones y dispositivos miden nuestros pasos, sueño, frecuencia cardiaca, estrés y recuperación. Identifican patrones, pero el riesgo aparece cuando el dato sustituye a la experiencia.

Despertamos sintiéndonos descansados y concluimos que dormimos mal porque lo indica una pantalla. Nos sentimos agotados y seguimos exigiéndonos porque la aplicación señala que estamos recuperados. Aunque estos dispositivos ofrecen información valiosa, necesitan dialogar con las sensaciones del cuerpo, uno de nuestros principales referentes.

Una práctica sencilla consiste en observar cómo nos sentimos después de comer, terminar una jornada larga o conversar con alguien. ¿Hay ligereza, tensión, energía, pesadez, calma o inquietud? Esta observación ya es atención plena: nos devuelve al presente y fortalece la conexión con nuestra experiencia física.

La autopercepción implica reconocer cansancio, hambre, irritabilidad, tristeza, necesidad de contacto o deseo de estar a solas. Ningún dispositivo puede reemplazar esta capacidad. Los datos pueden orientarnos, pero no deberían sustituir la experiencia de sentir y escuchar el cuerpo, un proceso que puede ofrecernos información más profunda y respuestas más acordes con nuestras necesidades reales.

En la búsqueda de soluciones sofisticadas, olvidamos que el bienestar se construye mediante acciones simples: caminar, dormir, comer de manera suficiente, convivir, hacer pausas y sentir que nuestra vida tiene sentido. Las llamadas “zonas azules” han popularizado esta idea al relacionar la longevidad con el movimiento natural, el propósito, los vínculos y una alimentación sencilla.

Más allá de idealizarlas, su ejemplo devuelve el autocuidado a lo cotidiano: caminar más, comer sin mirar el teléfono o dejar de responder mensajes durante un momento.

El autocuidado real no siempre es atractivo ni compartible en redes sociales. A veces consiste en cancelar un compromiso, poner un límite, acudir a una revisión médica, preparar comida o reconocer que no podemos con todo. Cuidarse no es hacerlo todo perfectamente, sino aceptar que tenemos recursos limitados.

La cultura de la productividad suele convertir el agotamiento en una falla individual que nos llena de vergüenza. Cuando alguien ya no puede sostener el ritmo, se le recomienda organizarse mejor, descargar otra aplicación o mejorar sus hábitos. Sin embargo, no todo cansancio se resuelve con disciplina. En ocasiones, el problema es la sobrecarga, la distribución desigual de las tareas o la ausencia de redes de apoyo.

Por eso, hablar de autocuidado exige hablar también de condiciones de vida. No todas las personas tienen el mismo tiempo, recursos o posibilidades de descansar. El cuidado necesita convivir con la corresponsabilidad familiar, las políticas laborales saludables, el acceso a servicios de salud y el bienestar comunitario.

Vivimos en sistemas interconectados. Cuidar a otras personas, especialmente desde posiciones de poder, liderazgo o autoridad, también es una forma de cuidarnos. Podríamos entenderlo como una especie de “altruismo egoísta”: favorecer condiciones favorables para los demás mejora el sistema del que formamos parte. El bienestar colectivo sostiene al individual.

Quizá el cambio más relevante consista en dejar de pensar el autocuidado como algo que hacemos para seguir produciendo y comenzar a verlo como una manera de habitar la vida. Dormir no solo sirve para rendir más. Caminar no solo sirve para contar pasos. Estar con las personas que queremos no debería ser una actividad secundaria.

Cuidarnos implica reconocer que la salud se construye en lo que repetimos cada día. Puede comenzar con una pregunta sencilla: ¿Qué necesito hoy para estar un poco mejor? Conviene dirigirla también hacia el cuerpo: ¿dónde siento cansancio, tensión, hambre, calma o resistencia? Escucharlo ayuda a distinguir una necesidad real del ruido mental, los impulsos pasajeros o las exigencias internas que compiten por nuestra atención.

En una época obsesionada con medir, optimizar y acelerar, tal vez el autocuidado más profundo sea volver a lo esencial: escuchar el cuerpo, respetar los límites, cuidar los vínculos y recordar que una vida valiosa no siempre es la que produce más, sino la que puede ser vivida con presencia, salud y sentido.

Alejandra Platas y Alejandro Chávez son profesores de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey

Alejandra Platas y Alejandro Chávez
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