A la memoria de nuestro admirado y entrañable René Avilés Fabila
Una de las cintas más valiosas en la treintava y todavía en curso edición del Tour de Cine Francés, circuito que año con año esperamos con impaciencia, El abandono (L’abandon, 2026), del realizador Vincent Garenq, se ocupa de un atroz hecho que despertó la indignación de la comunidad tanto francesa como internacional. Conocido por el rescate de acontecimientos y personajes reales, como sus anteriores y premiados Presunto culpable y El caso Clearstream, su más reciente filme tiene una de sus mayores virtudes en su ausencia de comentarios subjetivos, en la negación de clímax retórico alguno, en su renuncia a iluminar con el halo moral a un héroe o a un villano. Más allá dela propiedad inst centrar su mirada en el asesinato y la decapitación del profesor de secundaria Samuel Paty en octubre de 2020, hecho oprobioso que volvó a poner en el ojo del huracán cuánnto pueden ocasionar la barbarie y el fanatismo extremos, Garenq se detiene más bien en cuanto hubo detrás de ese acto tan aberrante.
Reconstrucción más o menos fidedigna de cuanto pasó y está consignado en los testimonios y reportes, y si bien tiene atrás el libro Los últimos días de Samuel Paty en torno al mismo hecho, escrito por el periodista y productor Stéphane Simon, lo cierto es que el guion de Alexis Kebbas y el propio Garenq ––con el valioso apoyo de la hermana de la víctima, Mickaélle Paty–– abre mucho más ampliamente el espectro. Y ese deus ex machina viene a ser aquí el lento, silencioso y colectivo desmoronamiento de la solidaridad institucional, ética y humana que, en su ausencia, convierte a un profesor en presa de una violencia que no es espontánea, sino preparada en un vacío sin interrogantes ni respuestas. En este sentido, entonces, Garenq no filma el terrorismo, sino su condición previa, las circunstancias en las cuales se cocina y emerge —como hiedra de mil cabezas— el abandono como sistema de un hecho atroz, tras el cual bien se podría aplicar la famosa idea de Lope de Vega contenida en su más conocido drama: “—¿Quién mató al Comendador”. —Fuenteovejuna, señor”.
A diferencia de otros relatos sobre la radicalización o el extremismo que suelen operar desde el antes (la infancia del fanático joven yihadista checheno asesino) o desde el después (el duelo, la justicia y la memoria), El abandono se sitúa en el intersticio, en esos días entre la clase sobre libertad de expresión del maestro que desató el caos y la espeluznante decapitación. Y es que ese espacio en apariencia neutro, en realidad está densamente cargado de decisiones no tomadas, de palabras no dichas, de apoyos no ofrecidos. Y como la realidad suele superar a la ficción, es ahí donde la película despliega su fuerza ética más inquietante: no juzga al asesino, ni al padre mentiroso, ni al Estado; juzga —sin pronunciar palabra— al silencio institucional, al desapego administrativo, a la parálisis moral que, en una democracia laica, se vuelve, irónicamente, su más feroz enemigo interno.
La frialdad estilística no es aquí neutralidad, evasión, sino método. La fotografía en fríos tonos azules (Renaud Chassaing), la ausencia de música diegética, el montaje seco y observacional, todo esto no evoca indiferencia, sino suspensión de un juicio moral anticipado. Garenq sabiamente evita mostrar la caricatura de Mahoma, no porque tema la censura, sino porque su ausencia visual obliga al espectador a observar el todo y confrontar así sus propias respuestas. ¿Y acaso, en ese mismo instante, no sentimos una indignación similar —o mayor— por la expulsión silenciosa de Paty del seno de su comunidad educativa? La película no exhibe el símbolo “blasfemo” que desata la hecatombe, sino el vacío que ese símbolo provoca en quienes deberían sostenerlo y cuestionarlo en todas sus aristas, con el antecedente no menos ríspido de Charlie Hebdo y sus no menos trágicas consecuencias.
El núcleo dramático no radica aquí en la confrontación entre fe e ilustración, sino entre evasión y responsabilidad. El padre de Bashira no solo se muestra como un fanático obsesivo que enciende la pólvora, sino además como un hombre también ignorado, desatendido, mal escuchado por la escuela. Su denuncia ––falsa y extrema, pero articulada con la convicción de quien se siente humillado— no es refutada, sino gestionada. La reunión con la dirección, la visita a la comisaría, el traslado del caso al canal burocrático, todo suena a protocolo, pero huele de igual modo a “abandono”. Paty no es defendido, sino neutralizado, y en ese silencio y esa inanición está la penitencia. No se le brinda protección, ni formación para manejar conflictos interculturales y religiosos, ni acompañamiento psicológico colectivo, sino exclusión efectista. Se le dice, implícitamente: “No muestres la imagen, y desaparece el problema”. Así, el sistema educativo —que debería ser el primer baluarte de la laicidad y la libertad de expresión como prácticas vivas, no como dogmas abstractos— se convierte, sin querer, en cómplice de la violencia, no al permitirla, sino al no prevenirla activamente.
Aquí radica el mayor logro ético de la película: mostrar cómo el fanatismo no nace en la oscuridad de las mezquitas o los foros clandestinos, sino en la luz blanca de los pasillos escolares, cuando los adultos eligen no ver, no nombrar, no sostener. El abandono no es un acto único, sino una cadena de microdeserciones: la directora que prioriza la “calma” sobre la claridad, los compañeros que evitan cobardemente el conflicto y el compromiso, la inspección educativa que reduce la laicidad a una regla de procedimiento, los medios ––y las redes sociales malusadas, sin criterio ni control–– que permiten y magnifican la mentira antes que verificarla, porque el consumo y los intereses están por encima. Y la adolescente Bashira —interpretada con una contención desgarradora por la joven Emma Boumali— no es una villana, sino una jovencita atrapada entre el imperativo de una obediencia filial igualmente fanática y la inercia de un sistema que no la preparó para ser un sujeto ético y responsable. Su mentira no es maldad, sino la expresión más trágica de una educación que no enseña a decir la verdad, y en cambio sí a “acomodarse”.
Desde el título francés original —L’Abandon—, la película muestra una dimensión profunda: no es solo el abandono de Paty, sino el abandono de lo público, de la esfera compartida, de la confianza en lo común. El islamismo violento no gana porque convence, sino porque la razón democrática se ha retirado del campo de batalla y otros intereses mezquinos la han suplantado. Y esa retirada no se anuncia con discursos, sino con silencios, con correos no respondidos, con reuniones pospuestas, con evaluaciones de “riesgo” que nunca se traducen en acción, sino en mera burocracia. ¡Vaya que Kafka supo reconocer estos intersticios brumosos del mundo burocrático y burocratizado! Garenq no necesita mostrar un puñal para que sintamos su filo: lo sentimos en cada plano en que Paty camina solo por el pasillo, en cada toma en que su rostro —interpretado con una contención devastadora por Antoine Reinartz— se vuelve ligeramente más tenso, más ausente, más anticipado.
Y no se trata, como algunos críticos han sugerido, de una “neutralidad peligrosa”. Al contrario, El abandono es un filme profundamente comprometido, y no con el Estado, ni con la libertad de expresión y la laicidad como consignas abstractas, sino con el maestro como figura formativa esencial, pero paradójicamente siempre en desventaja. Y es que Paty no fue un mártir de la caricatura, sino un pedagogo que intentó hacer lo que la República le exigía: enseñar a pensar y no a creer, a discutir y no a obedecer, a elegir y no a heredar. ¡Su inocencia radicó en no reconocer que las condiciones no están del todo dadas para tamaña cruzada! En un mundo donde el consenso se vuelve sinónimo de silencio e inanición, la verdadera blasfemia no es representar al profeta, sino negarse a evidenciar la complejidad de un mundo cada vez más oscuro y conflictuado, más polarizado y desigual, más absurdo y caótico.

Mario Saavedra
Actor —protagonista de Crónica roja, de Fernando Vallejo, papel por el que obtuvo una Diosa de Plata—, es autor de varios libros y colaborador del Suplemento Campus y de otros medios culturales. Ha sido editor, funcionario cultural, docente universitario y gestor cultural.
- Mario Saavedra
- Mario Saavedra
- Mario Saavedra