Marguerite Duras: Entre la literatura y el cine

La narradora francesa dejó aportaciones invaluables al mundo literario y cinematográfico

Después de realizar sus primeras obras con influencia narrativa anglosajona, evolucionó hacia las formas del Noveau Roman.

A la memoria de Jean-Luc Godard

Me enteré de la honrosa muerte del notable cineasta francés Jean-Luc Godard cuando ya había pergeñado este texto donde curiosamente lo menciono, y mi próxima entrega será indudablemente sobre él y su valioso legado cinematográfico.

Cuando en 1959 apareció Hiroshima mon amour, la llamada Nueva Ola adquirió una más comprometida vertiente expresiva; a pesar de que la formación de su realizador se había consolidado en un ambiente muy distinto, Alain Resnais pronto se convirtió en uno de los más personales exponentes de la Nouvelle Vague. Compleja y valiente realización que un poco contradecía los procedimientos formales de su predecesor François Truffaut, representó además la presentación cinematográfica de Marguerite Duras, quien con este argumento reafirmaba algunos de sus más obsesivos temas y preocupaciones.

Los métodos expresivos de esta paradigmática cinta, confiados en gran medida a la agilidad y la fuerza del monólogo interior propuesto por Duras, descansan sobre el hilo conductor fragmentado y desgarrador de una memoria narrativa que rompe también con las habituales nociones de tiempo y espacio. Su notable autora, quien para entonces ya tenía siete novelas en su haber, expresa el drama bélico del individuo, su conflicto entre el sentimiento de paz y el horror de la guerra, de la violencia, de toda violencia o castración infligida al hombre. Resnais y Duras consiguen una representación visualmente revolucionaria de estas crisis, uno de los más estéticos y perturbadores ejemplos del mejor cine francés de todos los tiempos. ¡El último grito sonoro de la Nouvelle Vague lo daría por cierto el recientemente desaparecido Jean-Luc Godard, en particular con su Vivir su vida, de l962, todo un acontecimiento!

A pesar de Hiroshima mon amour, aportación invaluable al mundo cinematográfico, Marguerite Duras no se inscribió en la Nouveau Roman, equivalente literario a la Nueva Ola francesa en el cine. Ella escribe como siente, sin seguir tal o cual procedimiento, llevada por el peso de su propia existencia, por lo que en su obra hay más humanidad que teoría. Su narrativa se define unas veces por un marcado neo-realismo, que nos recuerda a Hemingway o a Cesare Pavece, en función de lo concreto, de lo tangible; Los imprudentes y Una vida tranquila dan clara cuenta de ello. En las otras, dentro de una vertiente por la cual ha circulado el resto de su producción, responde las más de las veces a un llamado interior, a una necesidad impetuosa por referir sus más personales experiencias. Es, entonces, cuando el relato autobiográfico (El hombre sentado en el pasillo, El mal de la muerte, Moderato cantabile y, desde luego, El amante, su mayor best seller) llena las necesidades de una mujer que se debate entre dos fuerzas contrarias y, en su caso concreto, dramáticamente complementarias: su origen pragmático, de una raza dominadora (blanca), y su situación de insondables carencias, en un ambiente (Indochina) seducido por toda clase de perturbaciones. Ese mismo arrebato interior manipula las otras participaciones de Duras en el cine: La música, Canción de la India, El camión y La nave nocturna. Siempre el luchar contra la ruina, en tierras áridas regadas por pestilentes aguas que de igual modo bañan las sensaciones y los deseos enfermos de sus personajes. La realidad prosaica descrita por Duras, que no tiene ningún empacho en revelar ─aunque haya sido la causa de su desolación─. desconoce toda suerte de propósitos profundos y significativos.

En ese mismo ambiente insano se ubica El amante, novela que Jean-Jacques Annaud llevó con talento y oficio a la pantalla. Su realización cinematográfica suponía un sinfín de complicaciones, pues la novela misma concentra un compendio de innumerables significaciones culturales y lingüísticas. Relato cuyas dificultades mayores están en su extrema naturaleza experimental ─el tiempo y el espacio, así como la personalidad del relator, no se sujetan a ninguna linealidad─, implicó un verdadero reto para su realizador. A pesar de ello, Annaud vio en esta invocación irregular de una vida, percibida por quien la vivió y la sufrió, descripciones muy visuales, imágenes, visiones que surgen de los recuerdos. En ese deambular de una conciencia, de unos sentidos casi siempre sumidos en la embriaguez de la duda y del sueño ─la historia de Duras, su historia, apenas si nos da un posible respiro; todo en ella es presuroso y desbocado─, su director consigue registrar lo más significativo. Su gracia mayor está en haber intuido la verdadera psicología de los personajes, sus malsanas y a la vez liberadoras perversidades, así como la atmósfera y el espíritu del ambiente, que en El amante palpitan como cualquier otro personaje. Quizá se le pueda llamar la atención por su subrayado tono preciosista, por una marcada inclinación, como en otras de sus películas ─El oso y su misma lectura de la entreverada novela El nombre de la rosa de Umberto Eco, por ejemplo─, a provocar apreciaciones sensibles; así es la novela de Duras, en la que toda posible justificación racional de inmediato se traduce en percepción sensible: «Veo la guerra como él era, propagarse por todas partes, penetrar por todas partes, robar, encarcelar, estar por todas partes, unida a todo, mezclada, presente en el cuerpo, en el pensamiento, en la vigilia, en el sueño, siempre, presa de la pasión embriagadora de ocupar el territorio adorable del niño, el cuerpo de los menos fuertes, de los pueblos vencidos, porque el mal está ahí, a las puertas, contra la piel».

Esta coproducción franco-británica es todo un poema, aunque algunas de sus más firmes acotaciones emanen de las emociones y los sentimientos más prosaicos. La estereotipación física de los personajes, marcada por la autora (las ojeras, el debilitamiento, la diferencia de raza, etcétera), subraya las reincidencias de un recuerdo, ya ajeno también a lo que fue el hecho. Porque Marguerite Duras recuerda, trata de reconstruir espacios de su vida; Annaud visualiza ese contenido de la memoria, procura ser fiel a su esencia. Los actores principales ─la jovencita Jane March en realidad se parece a la escritora, y en verdad intranquiliza, por su sensualidad precoz, al espectador; el perverso Arnaud Giovaninetti; la debilidad y la inseguridad de Melvin Poupaud─ ayudan a reconstruir una anécdota seductora.

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