Tloque Nahuaque, Ipalnemohuani

Dios innombrable, el principio supremo que es imposible de definir o representar, fue figura venerada en el mundo mesoamericano

Nezahualcóyotl erigió un templo a Huitzilopochtli, pero enfrente alzó una efigie de Tloque Nahuaque.

En paz y placer pasemos la vida: venid y gocemos.
¡Que no lo hagan los que viven airados: la tierra es muy ancha!

Al final de las palabras, encontramos inefable a Dios y su unicidad con Todo; evocamos el intento o intentamos evocarlo cuando decimos “Creador de los Cielos y de la Tierra, Padre y Salvador nuestro”, la cual, sería una traducción libre y actualizada de “Tloque Nahuaque”, “Ipalnemohuani”. Empecemos.

Ahora que Hollywood ha puesto los reflectores sobre nuestros rasgos mesoamericanos, propiciemos el discurrir sobre nuestro pasado arcano. El diosero mexica que encontraron los españoles a su llegada, sabemos, no era exclusivo del imperio de Moctezuma, es decir, no fueron los mexicas los creadores conceptuales de estas deidades, más bien las asumieron en su cultura, más o menos como el imperio romano asumió el cristianismo en el siglo IV.

La cosmogonía mesoamericana que conocemos popularmente, a través de investigaciones o de películas norteamericanas comúnmente, es una cosmogonía profesada no solo por los mexicas, sino en general por los pueblos del Anáhuac. Sus fundadores “Toltecas-Olmecas” (en otra ocasión hablaremos del tema) se pueden fechar cerca del 1800 a.C. Nuestro pasado, de verdad es antiguo.

En este orden de ideas, “Tloque Nahuaque” es un Dios innombrable, diría León-Portilla “no cabe la menor duda que se refieren al principio supremo”. ¿Los nahuas monoteistas, creían en un solo Dios creador de lo visible y lo invisible? Portilla es contundente cuando nos dice que en la filosofía nahua estaba presente “la creencia en una suprema divinidad, invocada más tarde con los títulos de Tloque Nahuaque, Dueño del cerca y del junto, y de Yohualli, Ehécatl, Noche, Viento”

Veamos. La cultura que fue capaz de elaborar esculturas tan abstractas como la Coatlicue (la de la falda de serpientes), conceptos como Tezcatlipoca (espejo que ahúma) o Tezcatlanextia (espejo que hace mostrarse las cosas). Concluyen que el Dios Creador: Tloque Nahuaque, no se puede definir o representar.

No hay templos, ni monumentos en honor a este Dios único que también se conoce como “Moyocoyani”, «el que a sí mismo se inventa». Es distintas metáforas pues no se puede definir, como el Tao o el Zen, se han dado cuanta: definirlo es errar. Hay rastro de nuestro Tloque Nahuaque, eso sí, en los cantares ancestrales de Mesoamérica:

…los sabios luego se fueron,
una vez más entraron en sus barcas
y se llevaron la tinta negra y roja,
los códices y las pinturas,
se llevaron todas las artes,
la música de las flautas.
Y cuando iban a partir
convocaron a todos los que iban a dejar,
les dijeron:
Dice el Señor nuestro,
Tloque Nahuaque,
que es Noche y Viento,
aquí habréis de vivir,
aquí os hemos venido a sembrar …

Reconozcamos que la tradición nahua abrevó de elementos culturales incluso anteriores a los teotihuacanos. El paso del hombre por estas tierras se puede rastrear hasta 20 mil años atrás, aquellos recolectores reunidos empezaron a medir el tiempo, su memoria ancestral guardó los pasos del hombre cuando brotó en el mundo, herencia que pervive aún en los pueblos originarios, génesis nuestro.

Otra traducción de esta metáfora (todo el nahuatl es metafórico, en buena medida todos los idiomas lo son) la encontramos en León-Portilla cuando cita a Clavijero, y lo traduce como «aquel que tiene todo en sí”. Pero hay más. Fray Alonso de Molina, por ejemplo, tiene otra definición que omitiremos para subrayar la del filólogo y padre Ángel María Garibay, quien traduce Tloque Nahuaque como «el que está junto a todo, y junto al cual está todo”.

Pero también decíamos “Ipalnemohuani”, el cual, de acuerdo con Sahagún, se entiende como «aquel por quien se vive» (por eso al principio, Padre y Salvador nuestro). Decíamos Yohualli-ehécatl, su significado literal es “noche-viento”. Mas su sentido es, siguiendo con Sahagún, “invisible (como la noche) y no palpable (como el viento)”, tal como lo refiere León-Portilla.

Un poco más. “El historiador Miguel León-Portilla considera a Nezahualcóyotl el primer humanista del Nuevo Mundo. Gobernante ilustrado, hedonista, de temple pacífico en un entorno de guerra sagrada, el rey poeta adoraba la naturaleza. Erigió un templo al dios de la guerra, Huitzilopochtli, en reconocimiento de la hegemonía azteca, pero enfrente alzó otra efigie en honor de Tloque Nahuaque, el Dios Desconocido, Señor del Cerca y del Junto, ser sin rostro ni figura, representado por travesaños que simbolizaban los pisos del cielo. Esta deidad invisible, metafísica, rinde tributo a lo inefable”, apunta el escritor Juan Villoro en un artículo sobre el poeta Nezahualcóyotl.

Y sigue, “el rey poeta concibe a Tloque Nahuaque como un autor que traza el códice de la vida humana (“con cantos sombreas / a los que han de vivir en la tierra”) y la corrige como un incesante borrador (“con tinta negra borrarás / lo que fue la hermandad”). Nezahualcóyotl descifra enigmas mientras es descifrado por un dios. Siglos después, Octavio Paz: dirá: “también soy escritura y en este instante alguien me deletrea”.

Si ya dijimos lo inefable -o hicimos el intento- concluyamos lo que no se puede concluir, de cualquier forma: Ipalnemohuani. Así que, si un europeo (supongamos) nos dijera que los hispanos nos dieron civilización, porque cuando ellos llegaron a estas tierras, nosotros estábamos “en taparrabos adorando el sol”; eso sólo demostraría que su ignorancia es más grande que su petulancia. Pero si nosotros contestáramos, “por lo menos el sol existe”, demostraríamos que el desconocimiento de nuestras raíces es mayor que nuestro rencor. Porqué Tloque Nahuaque, Yohualli-ehécatl, existe y es Uno, al menos en la cosmogonía de Mesoamérica, la cual, está junto a nuestro presente y junto a nuestro pasado arcano.

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