México enfrenta simultáneamente algunos de los mayores desafíos de su historia reciente: estrés hídrico creciente, degradación ambiental, incremento en los costos de la energía, pérdida de productividad agrícola y vulnerabilidad económica en las comunidades rurales. Paradójicamente, muchas de estas problemáticas convergen en el mismo territorio: el campo.
Sin embargo, también es precisamente ahí donde podrían surgir algunas de las soluciones más prometedoras para construir un modelo de desarrollo más resiliente y sustentable.
Durante décadas, la agricultura intensiva avanzó bajo una lógica donde producir más implicaba consumir más agua, más energía y más materiales. Los invernaderos convencionales de plástico se expandieron rápidamente como símbolo de modernización agrícola, permitiendo controlar temperatura, humedad y productividad en numerosos cultivos. No obstante, detrás de esta aparente eficiencia comenzaron a emerger impactos ambientales y sociales cada vez más difíciles de ignorar.
La vida útil relativamente corta de muchos recubrimientos plásticos utilizados en agricultura genera una enorme cantidad de residuos difíciles de gestionar, particularmente en regiones rurales donde la infraestructura de reciclaje es limitada o inexistente. A ello se suma la degradación progresiva de estos materiales bajo radiación solar, calor y humedad, favoreciendo la liberación de microplásticos que eventualmente terminan incorporándose al suelo, cuerpos de agua y cadenas biológicas. Hoy sabemos que estos fragmentos microscópicos alteran ecosistemas agrícolas y acuáticos y pueden afectar procesos biológicos fundamentales en organismos vivos.
El problema adquiere todavía mayor relevancia en un contexto de estrés hídrico. La alteración de propiedades físicas del suelo por acumulación de residuos plásticos, combinada con temperaturas cada vez más extremas derivadas del cambio climático, incrementa la evaporación, deteriora condiciones microbiológicas y reduce la capacidad natural de resiliencia de los sistemas agrícolas. En otras palabras, muchos de los modelos actuales de protección agrícola podrían estar contribuyendo indirectamente a nuevas formas de vulnerabilidad ambiental.
Frente a este escenario, comienza a consolidarse una alternativa tecnológica con enorme potencial: la agrovoltaica. La agrovoltaica propone integrar producción agrícola y generación de energía solar en un mismo espacio físico. A diferencia de los modelos convencionales donde la energía y la agricultura compiten por el uso de la tierra, este enfoque busca convertir cada hectárea en un sistema multifuncional capaz de producir alimentos, electricidad y resiliencia territorial simultáneamente.
Aunque inicialmente la idea parecía limitada únicamente a la instalación de paneles solares sobre parcelas agrícolas, hoy el concepto evoluciona hacia sistemas mucho más sofisticados. Con nuevos diseños, en el Tecnológico de Monterrey, consideramos cubiertas fotovoltaicas ligeras y estructuras con materiales capaces de modular radiación solar para crear microclimas más favorables para determinados cultivos. En lugar de bloquear completamente la luz, estos sistemas permiten transformar parte de la radiación directa en iluminación acorde a necesidades, reduciendo estrés térmico y mejorando condiciones internas para producción vegetal.
La relevancia de este cambio es enorme. En regiones de alta irradiación solar, como gran parte del territorio mexicano, el exceso de radiación puede convertirse en un factor limitante para la productividad agrícola, aumentando la demanda hídrica y deteriorando las condiciones fisiológicas de los cultivos.
Sistemas agrovoltaicos adecuadamente diseñados podrían disminuir temperaturas extremas, reducir evaporación y mejorar eficiencia en el uso del agua, contribuyendo simultáneamente a enfrentar uno de los problemas más críticos del siglo XXI.
Pero quizá uno de los aspectos más transformadores de la agrovoltaica no radica únicamente en la producción de electricidad, sino en la posibilidad de generar valor agregado en el campo.
La electricidad producida puede alimentar sistemas de iluminación especializada, control climático, sensores, automatización agrícola, bombeo eficiente, refrigeración y procesos de transformación primaria de productos agrícolas. Esto abre la puerta a una nueva generación de infraestructura rural inteligente, donde pequeñas y medianas comunidades agrícolas no dependan exclusivamente de vender materias primas, sino que puedan integrarse a cadenas de mayor valor económico.
Imaginemos comunidades productoras capaces de transformar localmente flores, hierbas aromáticas, orquídeas, berries o productos hortícolas mediante sistemas energéticamente autosuficientes. La energía deja entonces de ser solamente un servicio y se convierte en una herramienta de desarrollo territorial.
Además, las mejoras en iluminación y confort térmico dentro de estos sistemas podrían impactar directamente la calidad de vida de trabajadores y productores agrícolas. En muchas regiones rurales, las jornadas laborales continúan desarrollándose bajo condiciones extremas de calor y radiación.
Diseñar espacios agrícolas que simultáneamente produzcan alimentos y generen ambientes más habitables representa también una forma de dignificar el trabajo en el campo.
Desde el punto de vista ambiental, la agrovoltaica ofrece otro elemento fundamental: disminuir la presión sobre nuevos usos de suelo destinados exclusivamente a infraestructura energética. En lugar de sustituir ecosistemas o áreas agrícolas para instalar grandes parques solares aislados, los sistemas integrados permiten coexistencia productiva, reduciendo conflictos territoriales y favoreciendo modelos de ocupación más eficientes y sustentables.
Este enfoque resulta particularmente estratégico para países como México, donde la transición energética no puede desligarse de las necesidades sociales, alimentarias y económicas de millones de personas vinculadas al sector agrícola.
En el futuro próximo, la agricultura podría dejar de ser vista únicamente como una actividad productora de alimentos para convertirse también en una plataforma descentralizada de generación energética limpia. Miles de sistemas agrovoltaicos distribuidos territorialmente podrían contribuir parcialmente al fortalecimiento de la red eléctrica nacional, particularmente en regiones rurales e interurbanas donde la infraestructura energética presenta mayores vulnerabilidades.
La posibilidad de inyectar excedentes de electricidad limpia a la red abre además oportunidades económicas adicionales para productores agrícolas, transformando al campo en un actor estratégico de la transición energética nacional. Bajo este esquema, cada sistema agrovoltaico produciría alimentos y proporcionaría estabilidad energética, reducción de emisiones y resiliencia territorial.
La transición hacia modelos verdaderamente sustentables difícilmente dependerá de soluciones aisladas. El gran desafío de las próximas décadas será aprender a integrar agua, energía, alimentos y bienestar social dentro de una misma visión sistémica.

Jorge Antonio Ascencio Gutiérrez
Profesor de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey
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