México estaba aún en ciernes; no había pasado ni un siglo de su Independencia. En el progreso de la patria, muchos eran tumbos a ciegas, pero hubo personas que supieron distinguir la luz. Uno de ellos fue don Joaquín Baranda, quien, por dos décadas, sostuvo la educación nacional.
Baranda nació un día como hoy, un 7 de mayo de 1840; junto con Justo Sierra, fue uno de los ministros de educación que forjaron los precedentes y cimientos para construir la Secretaría de Educación Pública.
“La República, para existir, necesita de ciudadanos que tengan la conciencia de sus derechos y de sus deberes, y esos ciudadanos han de salir de la escuela pública”, aseguraba Baranda.
Sin resquemor podemos decir que Joaquín Baranda fue un hombre de Estado. Si alguna virtud se le puede reconocer al régimen de Porfirio Díaz, es la de ordenar el desorden producto de la Guerra de Reforma y de las invasiones extranjeras; en ese vértice, nuestro personaje de hoy jugó un papel esencial.
“La instrucción modifica las costumbres y disminuye las desconsoladoras cifras de la criminalidad”, era la perspectiva de Baranda en diciembre de 1889.
Al inaugurar un Congreso de Instrucción aquel año, Baranda ponderaba:
“No era posible que nuestra patria, en el estado embrionario, cuando se afanaba por resolver en los campos de batalla el problema biológico planteado por el inspirado trágico inglés, ser o no ser, hiciera esfuerzos que exigen la plenitud de la existencia; pero al sentirse constituida, al verse fuerte y respetada, al disfrutar de las primicias de la paz… la Nación mexicana y su gobierno han debido pensar, y han pensado, en instruir y en educar a la generación que se levanta”.
Durante casi dos décadas, Joaquín Baranda fue titular del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública. Aun hoy día continuamos con esa ilusión de ciudadanía: la educación pública como plataforma para formar buenos ciudadanos.
Hay que entender el contexto: hablamos de la mitad del siglo XIX; después vino el maestro José Santos Valdés a mediados del siglo siguiente y actualizó todo: la escuela no compite con el contexto, emerge de él.
Pero si no hubiese existido el tesón de personajes como Baranda, seguro estoy de que México no sería —con sus gazapos y sus aciertos— lo que es hoy: un líder en la región, un referente en el globo.
Nuestra educación pública (lo hemos dicho muchísimas veces) es la joya de la corona; en la narrativa actualizada: el principal motor de la transformación, la cuarta en la vida pública de México.
Baranda quedó huérfano de padre a los cinco años; por cierto, su papá fue un marino mexicano, en la época en la que —según la propia SEMAR— la marina “no podía pescar ni una sardina”. Es decir, de abolengo fue un constructor de instituciones patriotas.
Algo que me ha enseñado la vida es que, cuando tienes o cuando sientes que tienes algo importante que decir, el primer impulso es hacer un pregón, pero es suficiente con decirlo a quien tenemos al lado para que esa semilla germine. Fue lo que hizo Jesús.
No me malentiendan. Baranda fue un orador extraordinario. Jesús también, pero sus más profundos preceptos los transmitía a sus cercanos. De este modo, Baranda arropó con su espíritu a la educación nacional. Pero observemos quiénes fueron sus principales colaboradores y discípulos:
Ignacio Manuel Altamirano, que murió en Italia y enseñó que el arte también educa: es pedagogía tácita, implícita. Baranda fundó la primera escuela normal, pero Enrique Rébsamen, el suizo, consolidó la formación de los maestros a través del normalismo nacional.
Ezequiel Chávez, quien no solo es el antecedente inmediato de la SEP, sino un maestro que, en medio de la “Decena Trágica”, esquivó balas para salir a dar su clase. Y, bueno, Justo Sierra, nada más y nada menos que el fundador de la Universidad Nacional.
No hay que ser omisos ni tibios: México está construido sobre sangre que resuena en la eternidad. Y aquí, mucho ojo: no se puede adorar a las piedras mientras ignoramos pueblos. En el tiempo de Baranda, esta idea era una locura; no entendíamos aún lo que constituye una civilización:
“Allí es adonde debemos llevar la escuela, al campo, a las tribus indígenas rezagadas de la civilización, para proyectar un rayo de luz en medio de la noche secular”, era la visión de Baranda.
En el siglo XIX, los pueblos originarios seguían siendo “tribus” apartadas de la civilización; en Vasconcelos, esta idea germinó para fundar la educación nacional (la joya de la que hablamos), en detrimento de todas las lenguas y de todas las culturas que pervivían en el Anáhuac después de la Colonia.
En fin, hasta aquí esta tropezada semblanza del ministro Joaquín Baranda, quien dirigió la educación nacional de 1882 a 1901. A modo de colofón, cerramos con una reflexión sobre la poesía en Mesoamérica, según nuestro personaje de hoy:
“Los aztecas, de cabellos largos y lustrosos, que adornados con el penacho de vistosas plumas caían sobre sus desnudos hombros; los aztecas llenos de esmeraldas y de perlas que llevaban colgantes de las orejas, de la nariz y hasta de los labios, asistían a sus hermosos templos a oír el cántico religioso que los ministros del culto, las sacerdotisas y los niños entonaban en honor de sus divinidades, o a las juntas que estableció el célebre y sabio rey Netzahualcóyotl, digno émulo de Pericles y de Augusto, y que eran realmente academias públicas para estimular el ingenio y fomentar de este modo la poesía, la música y las otras artes”.
Baranda fue político, mentor e historiador; en fin, hasta otra. Un abrazo.

Héctor Martínez Rojas
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