Yo voy con el suelo, por el viento, en los zapatos de los hombres.
J.S.
“No hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo me vaya, mejor que tu cuerpo”, dice el poeta chiapaneco Jaime Sabines, quien nació el 25 de marzo de 1926; es decir, esta semana conmemoramos su centenario.
¿Y ha amado mucho? —le preguntó, en entrevista, Ricardo Rocha.
Yo creo que sí —respondió el bardo.
“De todo lo que se ha dado, el amor recibido siempre será recuerdo del porvenir… Eso que llaman felicidad no es más que un acuerdo consigo mismo”, aseguraba el chiapaneco. La poesía de Sabines no es retórica ni filosófica; tampoco hay una búsqueda afanosa por lo lírico. Más bien, como en el epígrafe que elegimos: va con el suelo, pero por el viento.
Es una poesía de lo cotidiano, de lo maravillosamente asombroso que es lo sencillo.
En esa misma entrevista con Ricardo Rocha —que se puede encontrar en YouTube—, Jaime Sabines aseguró: “El camino del poeta es el camino de la verdad; el poeta le corta tramo al filósofo por la intuición”. Con la intuición —estaba convencido nuestro personaje de hoy— se pueden penetrar las cosas.
Para Sabines, escribir poesía es un suceso, un fenómeno único e irrepetible. Es como atrapar mariposas: es asir nuestras emociones en el momento justo en que están pasando y decantarlas con la pluma; fuera de ello no hay nada. Es una experiencia única.
Sabines es peculiar —para que se entienda mejor lo anterior—: esa es una forma de ejercer la escritura poética. Poetas como José Emilio Pacheco escribían un poema y lo corregían durante años; para ese tipo de creadores, el poema nunca está acabado, siempre puede ser corregido. Si concedemos, de ambas formas se presenta la vida.
En su momento, principalmente de los años 60 a los 80 del siglo pasado, Jaime Sabines representó un pequeño fenómeno de masas, no por los premios ni reconocimientos —que no fueron pocos—, sino por la forma en la cual logró conectar, más que con los “lectores”, con las personas.
“Los amorosos callan. / El amor es el silencio más fino, / el más tembloroso, el más insoportable”. Aún es mítica su lectura pública en el auditorio principal del Palacio de Bellas Artes. Para algunos, “Los amorosos” es el poema que retrata a Jaime Sabines de cuerpo entero.
¿Era Sabines un amoroso, un padre de familia con amantes? “Los amorosos buscan, / los amorosos son los que abandonan, / son los que cambian, los que olvidan”. Responder acertadamente la pregunta anterior me parece irrelevante.
Octavio Paz abandonó a su hija; Martin Heidegger apoyó al nazismo. Ambos siguen siendo un referente de la cultura y el pensamiento que nos atañe como humanos.
Como sociedad —lo cual incluye a todas y todos— tenemos la responsabilidad de separar las decisiones públicas de las privadas. ¿Ustedes creen que el espionaje de las élites es para beneficio público o privado?, ¿el hombre cabe en sus actos, el poema en su autor?
Vamos más a fondo: los “periodicazos”. Otro poema entrañable de nuestro bardo de hoy, “Debo curarme de ti”: debo dejar de funarte, se diría hoy día. “Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. / Siguiendo las prescripciones de la moral en turno / me receto tiempo, abstinencia, soledad”.
La muerte
“La muerte no mata, / la muerte no es la muerte. La muerte recibe, acoge; es blanda y maternal y triste. / Es la vida la que mata. / Nos arroja, nos entrega, nos aparta”. El poeta pretende introducirnos a su idea de muerte, a su sensación, a su “mati”.
Mati, en náhuatl, significa al mismo tiempo: saber y sentir. La muerte de su padre, experiencia desde la cual escribe Algo sobre la muerte del mayor Sabines, es un hito en su poesía y en su vida.
¿Sirve para algo la poesía?
¡Feliz cien, bro! ¡Feliz siembro! La aliteración es un recurso que, por ejemplo, a Sabines le tenía sin cuidado. Como dato curioso, Sabines creía que su padre quería que estudiara medicina y, a fuerza de torturarse por el reconocimiento paterno, acabó estudiando medicina en la Ciudad de México durante tres años.
En aquel entonces, la Facultad de Medicina se encontraba en el actual Museo de la Inquisición -en el centro histórico de la CdMx- y Sabines vivía a tres cuadras, en la calle Belisario Domínguez; aun así, nunca pudo llegar a su primera clase, que —según sus palabras— era la base de toda la carrera: la de anatomía.
“En esos tres años de la Escuela de Medicina me hice poeta, con el dolor, la soledad y la angustia. Compraba unas libretas muy grandes, y no había noche que no me pusiera a escribir de mis angustias, de mis penas, de mi tragedia personal”.
A partir de entonces, su quehacer literario reflejó la belleza, el encanto de lo efímero y la contradicción humana, En Diario semanario y poemas en prosa, le escribe a su musa:
“Todos los días te quiero y te odio irremediablemente, y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena”.
Vivir de la poesía
La poesía no tiene temáticas definidas, porque la vida misma es la poesía; no obstante, Sabines, en su obra, cavilaba sobre temas recurrentes: el amor y el desamor, la muerte y los gestos cotidianos que iluminan la existencia.
“Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras de amor están entre dos gentes que no se dicen nada”.
Sí, el mar se mide por olas como el cielo por alas, pero nosotros por lo auténtico de nuestra sonrisa: viento de la alegría. “Yo no lo sé de cierto, pero supongo… Todo se hace en silencio. Como se hace la luz dentro del ojo. El amor une cuerpos”.
¿De qué vive un poeta? Rainer Maria Rilke aconsejaría, antes de concretar esas pretensiones, ir a hacer voluntariado a la mixteca, visitar a los tarahumaras, ir a correr con los coras y borrarse, todo, antes de abrazarte y creer que te deshaces en mis brazos, que mi vida es tu aliento.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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