A un maestro: Jorge Medina Viedas
La celebración del 15 de mayo es una celebración revolucionaria. La primera vez que se celebró el Día del Maestro fue en 1918. El 3 de diciembre de 1917, se publicó el decreto con el que se instituyó esta fecha insigne para reconocer a las y los docentes.
Por aquel entonces, era de resaltar que la fecha coincidía en el santoral con San Juan Bautista de La Salle, patrono de los educadores, quien fue canonizado sólo diez y ocho años antes.
Hoy día, hay un reconocimiento social y gubernamental hacia los mentores; reconocimiento que no es gratuito, pues ha sido ganado con sudor y lágrimas.
Profesionales de la esperanza, agentes de cambio, generadores de prosperidad; son tan sólo algunas de las guirnaldas que llevan en sí. Bien ganadas, pues el magisterio mexicano es pujante, es el cuerpo intelectual que habita el país. Son pensamiento y lucha.
La Reforma Agraria que se peleó en la Revolución hubiese sido imposible hacerla válida sin los maestros de este país. Pluma en ristre. Bien lo dice el maestro José Santos Valdés: “la lucha por la tierra y la lucha por la escuela caminaron de la mano. La escuela era aliada de los campesinos.”
Las y los maestros, nos cuenta Santos Valdés, fueron los autores intelectuales para hacer valer los derechos que habían conseguido las y los campesinos con las armas. Recordemos que, por aquel entonces, la mayor parte de la población era analfabeta; por lo tanto, las y los maestros que tenían la misión de alfabetizar empezaron por ahí: por el ejercicio tácito de los derechos conquistados.
En 1921, cuatro años después de que la nación instituyera el reconocimiento a su magisterio, llegó, como Bolívar sobre Aragua o como Cortés sobre Tenochtitlán, rompiendo la burocracia de su época como Morelo el sitio de Cuautla, el Maestro de América: José Vasconcelos.
Por cierto, el mote de Maestro de América se lo otorgó la asociación de estudiantes de Colombia al oaxaqueño. Hay que ponderar. Cuando Vasconcelos instituyó la SEP, ni Estados Unidos tenía un ministerio nacional de educación. Publicación que hacía, léanse los libros verdes o la revista El Maestro, apartaba un tiraje para enviarlo a los países del sur.
Tal como lo había intuido desde niño, como Atila en el Danubio, el caudillo cultural de México se convirtió en un asidero de luz; poéticamente diría Huidobro: en un faro en medio de la neblina, buscando a quien salvar; para ello, rompió con alegría toda regla que estorbara a la luz de su propósito educativo.
El ejemplo más grandilocuente de lo anterior es, nada más y nada menos, que el edificio histórico de la Secretaría de Educación Pública; para edificarlo, no sólo rompió reglas burocráticas, le dio la vuelta a usos y costumbres, viejas usanzas del porfiriato con las cuales, evidentemente, no estaba de acuerdo.
Vasconcelos hizo de los maestros: apóstoles. Eran los misioneros de una nueva época, una que se presentaba frente a la modernidad. Hoy en día, en el sector, es muy socorrida la palabra “apostolado”, pero ahora de forma despectiva.
En fin, Santos Valdés nos recuerda: “el vigoroso empuje vasconceliano hizo posible la estructuración de la Escuela Rural Mexicana que colocó a nuestro país a la cabeza entre todos los países del mundo con su sistema: [la] Escuela Rural”.
El objetivo de Vasconcelos no eran las élites, sino las masas; el pueblo, crudo, puro y duro. Vamos a contextualizar aquí un poco. La gesta educativa que logró Vasconcelos no es la gesta de un hombre aislado. Lo hemos dicho aquí: la SEP es el fulgor esculpido por los artistas, gran parte de ellos emanados del “Ateneo de la Juventud” y de la generación siguiente: “Los Contemporáneos”.
Cuando Vasconcelos llegó a la SEP, su secretario particular era un joven de 19 años: se llamaba Jaime Torres Bodet. Torres Bodet, además de ser poeta de la generación de “Los Contemporáneos”, también fue el segundo director de la Unesco, secretario de Relaciones Exteriores y, dos veces, secretario de Educación Pública.
En su primera oportunidad al frente de la SEP, Torres Bodet arropó la misión de crear un sindicato único de maestros: el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), el cual se fundó el 30 de diciembre de 1943 en el Palacio de Bellas Artes.
En ese evento, Torres Bodet, en su discurso, dijo: “Lo que importa es que esas garantías (los derechos del magisterio) no se conviertan ni en un escudo para la inercia, ni en una protección para el ocio”. Actualmente, la organización sindical de los maestros de México representa el sindicato más grande de América Latina.
Quizá más de una o uno recordamos el dispendio del sindicato de maestros en la época de Elba Esther Gordillo al regalar camionetas Hummer, pero eso, en realidad, es sencillo si hacemos las siguientes cuentas.
Siendo reportero, una noche de jueves, el maestro Pedro Hernández me había concedido una entrevista en una de las instalaciones de la CNTE. Me mostró su talón de pago. Había cincuenta pesos de descuento por servicios sindicales. Al mes eran cien pesos. Si consideramos que en el país hay dos millones de maestros en activo, hace, al mes, doscientos millones de pesos.
Doscientos millones de pesos es lo que recibe cada mes el sindicato más grande de América Latina. Muchos y muchas dirán: esto es un exceso; con lo que vamos a cerrar, también lo es. Martín Luis Guzmán, el encargado de hacer de México un país que ofrece libros gratuitos a cada uno de sus estudiantes —malos, buenos, regulares, extravagantes (la nueva generación), pero presentes—, Guzmán, forjó la infraestructura para atender a uno de los sistemas educativos más grandes del mundo. En fin, lo que sigue también es un exceso:
“Sin muchos rodeos me dijeron que me meterían en la cárcel si no renunciaba a seguir instruyendo a los campesinos que había logrado seducir con mis ideas disolventes”, dice Martín Luis Guzmán en su época de maestro rural, según se puede leer en sus obras completas.
El profe Guzmán se tuvo que armar para defender su cátedra, que empezó con dos campesinos; cuando tuvo quince, los caciques lo voltearon a ver. También tuvo que armar a sus estudiantes en la península de Yucatán.
“La firmeza de mi actitud les hizo ver lo inútil de sus amenazas; ante lo cual, por entonces, me dejaron volver sano y salvo a mi escuela. Allí me esperaban, temerosos y agitados, mis quince campesinos. Así seguí la lucha.”
En ese entonces —ahora es legado—, ¿qué logró? “Llegué a reunir en mi escuela setecientos cincuenta adultos y no menos de noventa niños”, con la letra y la herencia de Quetzalcóatl-Kukulkán llegó el rebelde a hacer la rebeldía hasta forjar la Revolución. Martín Luis Guzmán no sólo la narró artísticamente. La ejerció. Como maestro, como profe. Como profe rural.
En fin, mañana es Día del Maestro. Hay que celebrar. Gracias a todas y todos quienes dedican cuatro, seis, doce o diez y ocho horas a la nación, para atender su parte más pura y más solemne, las y los niños que todos fuimos. Les abrazo y les amo.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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