“Si les interesara el futbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante; importaría que el partido fuera interesante”.
—Borges.
Ha concluido la justa mundialista, queda la nostalgia. Las experiencias y lecciones que nos deja son realmente polifónicas: desde la geografía del globo hasta las consecuencias de los festejos desmedidos. En el núcleo se encuentran el esfuerzo y la concentración de los atletas.
En México resurgieron, al menos en la publicidad, las estrellas del ayer: Jorge Campos y Hugo Sánchez. El legado de ambos es uno, y se llama esfuerzo. Al menos del pentapichichi, son bastante conocidas y reconocidas las historias de su sobreesfuerzo: quedarse a entrenar tiempos extra, atender el llamado y anotar de chilena una y otra vez.
Campos, en cambio, atajaba y metía goles sobre las olas. Con el tiempo se hizo el Jack Sparrow de la vida real. En algún punto de mi vida, un gran entrenador solía decirme cada que venía al caso: “El futbol es como la vida”. Él entrenaba arqueros y a mí me encantaba volar. Vas a un balón como vas por la vida. La cancha es el mundo.
Juan Rodríguez entrenaba prospectos de porteros porque se le daba la gana. Había hecho del mundo su cancha y hacía lo que más le gustaba. Venía del primer equipo y había pasado por toda la cantera de Pumas. Nada me daba más gusto que ir por un balón chutado por él. “El futbol es como la vida y da revanchas”, decía también cada que venía al caso.
La final
España y Argentina disputaron la final. Dar lo mejor en el futbol, como en la vida, no garantiza el logro, pero sí ofrece calma cuando al conjunto no le salen las cosas bien. El Dibu Martínez, portero de Argentina, perdió el Mundial 2026, pero atajó muy bien. Lo hizo fantástico.
Con esa derrota puede estar en calma: hizo todo lo que tenía que hacer. España ganó uno a cero. Los ibéricos pudieron haber metido seis, como lo hicieron contra Francia los ingleses. Al parecer, todo organismo tiende a la evolución; una etapa distinta es la evolución colectiva. Dar lo mejor cada día, en lo que haga cada persona, es parte de esa evolución; en sus cinco metros a la redonda, en su posición dentro de la cancha.
Volaron los arqueros
Estos días he disfrutado mucho el Mundial desde lejos. Cuando están los partidos, escucho los estrépitos por las ventanas: el gol, la atajada. “¡Pinche árbitro, ya marcó penal!” Ver el coro del desánimo o del entusiasmo, orquestado, casi unísono. He sido también en este Mundial parte de ese coro. Me emocionan las buenas jugadas, ¡las atajadas!, aunque roben la gloria del gol. En este Mundial sí que han volado los arqueros.
Paremia del mundial
Dijera Borges: la tragedia del hincha que cree triunfar no es mayor ni menor que la del hincha que cree perder. Vamos a ver a Odiseo, que creyó ganar y no era hincha; junto con Aquiles, era el goleador.
El futbol como juego, como deporte, es el más bonito del mundo; como pasión, qué les digo: iba empezando el torneo y ubicaron por todos lados a mi país, dijo en 2026 Cabo Verde.
Días de futbol
La Secretaría de Educación Pública (SEP) ha convocado a narrar cómo se vivió este Mundial, donde México fue una de las tres sedes. La extensión de cada crónica debe ser de 400 palabras máximo, es decir, una cuartilla de texto. La convocatoria se encuentra en la página oficial de la Estrategia Nacional de Lectura.
Los trabajos se pueden enviar a partir del 19 de julio y hasta las 23:59 horas del 16 de agosto de 2026. Hay que llenar un formulario que está dentro de la convocatoria misma. Para dudas y comentarios, se puede escribir a cronica.sep@gmail.com.
Si requieren inspiración, consulten a Galeano, a Villoro o a Ordorika con ese espléndido artículo titulado “El recorte como acto de libertad”. Lo que es el juego.
Terminó el mundial, llegó Odiseo, héroe de Troya
Con la Odisea de Nolan es fácil ponderar la Historia, reconsiderar a la distancia, una distancia de más de tres mil años. Lo que hay que hacer para permanecer. Veamos:
Para acabar con la Troya sostenida por Héctor, se tuvieron que juntar el más inteligente, Odiseo; Aquiles, el semidiós; Menelao, el ofendido; y Agamenón, con toda su ambición. Todos reyes contra un pueblo, un príncipe y un muro.
No pudieron. Tuvieron que recurrir a la marrullería del caballo de Troya y faltar a un código de fe para presentarse al ardor de su furia.
Evaluaron viable el ingenio del triste Odiseo. Pocos supieron que sus múltiples audacias de polýtropos lo llevaron al Hades. ¿Por qué llegó ahí? ¿Por qué a sus hombres Circe los hace cerdos? ¿Para qué pelearon en Troya? ¿Para qué murieron? ¿La profecía se cumplió? El hombre es amo de su destino.
Pensaron que ganaron Troya y así les fue. A esta distancia me resulta ineludible pensar en Dios y en el retruécano del destino: ser espejo. Alejandro no se robó a Helena; Helena se robó a Alejandro. Entonces, es otra historia.
Pareciera falta de creatividad, pero no lo es. El mundo está patas arriba, dijera Galeano. ¿Por qué no querer hacer todo, al menos, de otra forma? El dinero —que ya es mucho— paga por hora; la fama (si bien le va) por generaciones quizá; pero el honor y la gloria pertenecen a la eternidad.
Qué dicha ver esta adaptación. La historia es así, lo que no impide que la podamos volver a imaginar. El planteamiento homérico es un mapa más temporal que geográfico: es la vida y el mundo en su devenir. Luz sobre el lado de la historia que elegimos caminar.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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