“Ustedes son la sal de la tierra”
Jesús
Cada 21 de mayo, a iniciativa de la Unesco, se conmemora el “Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo”. Hoy aprovecharemos esta efeméride para arriesgar unas líneas sobre el acalorado debate que trajo en días recientes a nuestro país la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
Se dice que la diversidad es la sal de la vida; también se dice que los pueblos más mezclados —con mayor mestizaje— son los más avanzados. Hoy día, hablar de la búsqueda a ultranza de la pureza racial es un absurdo, aun para los países que otrora fueran recalcitrantemente puristas.
Se acerca el Mundial de fútbol. Si uno ve la alineación de equipos como el francés, en su mayoría está integrada por migrantes africanos o hijos de migrantes africanos, pero no es un caso exclusivo de Francia ni del fútbol; aun así, la aceptación de la diversidad como algo que enriquece a los pueblos y las naciones sigue despertando recias reticencias.
En México perviven 68 lenguas indígenas. Como dijera Paz, arrastramos en andrajos un pasado vivo. Antes de hacer una pequeña disección sobre lo que representa para México Hernán Cortés, vayamos a un pasado más cercano.
Primero. Es imprescindible considerar que la idea de inclusión y diversidad es, en realidad, una idea nueva frente a nuestra posmodernidad, pues la Historia, que siempre es poliédrica, pretendía resguardar una presunta “pureza” hasta un grado endogámico: de ahí emanaron monarquías y pueblos. Ahora, los tiempos son distintos.
Como decíamos, México es un crisol multicultural. Cuando José Vasconcelos creó la SEP, tenía la noble idea de que con la gesta educativa pudiera “civilizar a los pueblos indígenas” a través de la enseñanza del castellano. En ese sentido, Vasconcelos fue un hombre de su tiempo, con una visión de su tiempo. Lo diferente, lo extraño, no era civilizado.
Hoy podemos estar en total desacuerdo, porque es la visión de nuestro tiempo. En descarga del oaxaqueño, podemos decir que, con los años, cuando su hazaña educativa fue edificando a la patria, se construyó la unidad nacional a través de la enseñanza del castellano. La lengua de Castilla hoy también une a nuestro continente.
Segundo. El territorio que hoy comprende México, de Mérida a Tijuana, es lo que en otro tiempo dio sustento y habitación a los pueblos del Anáhuac. Pueblos, en plural. Distintas naciones unidas por una cosmovisión y una cultura, pero con lenguas y costumbres propias.
El Anáhuac era como una Europa, solo que más poblada; en algunos aspectos, como en la educación pública, más avanzada. Aunque, como documentó Bernal Díaz, corría limpia la sangre hasta formar costras que se pegaban a la pared de los templos.
Al parecer, en las élites de Madrid no acostumbran a Carlos Fuentes, porque su pueblo sí. Decía Fuentes que, en México, pareciera que no existe polaca sin pozole. En nuestro país, el pozole tiene remembranzas de canibalismo.
En La raza cósmica, José Vasconcelos asegura que fue el cristianismo lo que llevó a nuestras tribus de ser una entidad caníbal a ser un pueblo civilizado.
El castellano
Esa fue la gesta de Vasconcelos: totonacas, chichimecas, zapotecos, mexicas, yaquis, mazatecos, mayas; todos ahora al abrigo de una lengua y una bandera. ¿Tenemos que agradecer que los españoles hayan permeado el continente con su idioma? Este texto es para que cada uno se forme su respuesta.
Desde mi perspectiva, el náhuatl es un idioma mucho más rico que el español: más poético, más flexible, más hondo. Pero esa es solo mi perspectiva. Me gusta el término “aglutinante”; el náhuatl lo tiene. En cambio, con el predominio de la lengua de Castilla se formó una identidad, la latina: Cuba, Nicaragua, México, Venezuela, Ecuador, Argentina… Fíjense, el castellano también aglutinó.
Cortés
Tercero. Ahora sí, Cortés. Hernán Cortés es el símbolo de lo que los norteamericanos recientemente han llamado “estúpido hombre blanco”, solo que nuestro personaje de hoy fue un hombre del Renacimiento. Heredero de Alejandro Magno, legado para Napoleón. Hay que reconocerle cosas, sí, pero a la luz de la historia; no como doña Ayuso, quien pretendía engrandecer a Cortés con la luz de esta hora del mundo.
A Cortés lo envolvía una ansiedad de ser que se reflejaba en su ambición. La Conquista de Tenochtitlán no se escribe en mayúsculas porque haya sido una persona a quien podamos omitir.
Para nuestra historia, Cortés es tan imprescindible como Nezahualcóyotl, Tezozómoc o Cuauhtémoc. El extremeño no conquistó con el reinado de España, lo hizo a pesar de él. Asesinó, robó y traicionó para lograr su empresa.
Dicen que amaba tanto a Dios como al oro, a las mujeres como a la rapiña; al igual que dicen que tenía una virtud tolteca: era simpático. Cholula, recientemente, ha sido redimensionada como la pirámide más grande del mundo. ¿Se imaginan llegar a un lugar cuyas dimensiones no tienen registro en la historia conocida?
En Cholula, Cortés ejecutó su primera matanza: se habla de tres mil cholultecos muertos en una sola jornada. León Portilla sostuvo la tesis de que los tlaxcaltecas, acérrimos enemigos de los mexicas, le hablaron al oído a Cortés. Como los de Cholula eran aliados de los mexicas y representaban el principal centro ceremonial de todo el Anáhuac, convencieron al extremeño para que desenfundara sus armas y los ejecutara.
¿Cortés es el padre de México? ¡No! Cortés es el padre de la Nueva España. Un conquistador, quizá de los cinco más grandes en la historia mundial, pero él no edificó a México.
Hemos contado aquí del hurto histórico —a través de John Leguizamo—, el cual se valúa en 500 mil toneladas de oro, algo equiparable a 32 billones de dólares. Capital con el cual, en el siglo XVII, se financiaron tres imperios: el español, el francés y el otomano. Esa fue la hazaña de Cortés, que nada tiene que ver con el desarrollo de América.
Ahora bien, si visitamos la Plaza Mayor de Madrid y conocemos de antemano el Centro Histórico de la Ciudad de México, o de cualquier otra ciudad como San Luis Potosí, por ejemplo, encontramos una similitud: la arquitectura virreinal. Heredamos lenguas, edificios y religión.
Palacio Nacional, por ejemplo, fue el lugar donde Moctezuma hospedó a Cortés; era el palacete de su padre, el rey tlatoani Axayácatl, quien, por cierto, mandó a hacer la monumental Piedra del Sol.
Edificada la Nueva España sobre las ruinas de Tenochtitlán, cuando encontraron esa piedra de sacrificio, la colocaron en la Catedral. Es de nuestra posmodernidad que ahora sea una pieza de museo.
En fin, para esto sirve el reconocimiento a la diversidad: para bajarse del camión de las diatribas bizantinas. Reiteramos: en este debate hay dos polos. Decía Heráclito, en su armonía de los contrarios, que los extremos se tocan. Unos son hispanistas, otros indigenistas. En la diversidad, todos caben. Todos cabemos para reconocer: Yo soy Él. Bienvenidos al reino de los pronombres enlazados. Un abrazo.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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