El escritor Joaquín Fernández de Lizardi inauguró hace 204 años la Sociedad Pública de Lectura, considerada como el primer recinto de este tipo en Latinoamérica
El siglo XIX vio la luz de los esfuerzos de hombres y mujeres excepcionales, uno de ellos fue Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), autor conocido principalmente por su divertida obra El periquillo sarniento, en vida, llevó el sobrenombre de “El pensador mexicano”.
Nació durante La Colonia y falleció seis años después de consumada la Independencia de México, en ese periodo de tiempo, fue un verdadero revolucionario, defendía los derechos de las mujeres y abogó por la educación pública y gratuita.
Aunque fracasó en el intento, sembró el precedente en ambos temas; aún más, impulsó el espíritu crítico y creativo de la sociedad de su tiempo, estimulándolos a la lectura. El 23 de julio de 1820 —hace 204 años— inauguró la denominada “Sociedad Pública de Lectura”, considerada como la primera biblioteca en Latinoamérica.
El bicentenario de este evento fue reconocido y celebrado en la Biblioteca de México, en la antigua Ciudadela de la CDMX. En este evento participó la exjefa de Gobierno, hoy, la virtual presidenta electa, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo.
Fernández de Lizardi no fue un noble acaudalado acostumbrado al gozo de las mieles de la alta cultura, más bien encontró en ella, principalmente en la lectura, una fuente de liberación y crecimiento para observar y entender los bemoles de su época. Él mismo afirmó:
“No heredé ningún patrimonio de mis padres, ni he malversado ningún caudal ajeno, ni he disipado en vicios la dote de mi mujer. Soy pobre porque mis padres lo fueron, y porque no me he arrastrado nunca a bajezas ni picardías para salir de tan miserable estado”.
Para ganarse la vida, fue impresor y editor; se dedicó a los libros. No fue superfluo el intento de poner —hace 200 años— al alcance de la sociedad, un establecimiento con libros seculares, en aquel entonces, recordamos, tanto la educación como el acceso al conocimiento en general, estaba monopolizado por el Clero.
En la historia de nuestro país, podemos decir que después del esfuerzo de Lizardi, tuvieron que pasar 100 años para que, una vez creada la Secretaría de Educación Pública por José Vasconcelos, naciera —de forma seria— un departamento de bibliotecas a cargo del gobierno mexicano.
Es excelente que hoy día podamos tener a la mano a Google o a ChatGPT, pero estos motores de búsqueda con una cantidad de información desbordada no existirían o no hubiesen sido posibles, sin los esfuerzos de personalidades como las de Lizardi o Vasconcelos.
Por ello, en su momento, al celebrar hace cuatro años el bicentenario de esta “Sociedad Pública de Lectura”, la virtual presidenta electa Claudia Sheinbaum, subrayó: “refrendamos nuestro respeto y convicción en los valores pedagógicos de la lectura”.
Ya en la Reforma, uno de los destacados alumnos de Lizardi, el Nigromante, Ignacio Ramírez, subrayaba: “multiplicar las bibliotecas para que el estudio no tropiece con la falta de libros”. Vasconcelos, vástago intelectual de Ramírez, puntualizaba: “cuando nosotros empezamos a crear (la SEP) no había, ni en la capital, una sola biblioteca moderna bien servida”.
Uno de sus contemporáneos, amigo “ateneísta”, el filósofo Antonio Caso, sobre el tema, también nos ilumina: “las instituciones de educación (deberían ser) sitios de información intelectual y moral sistemática, como repertorios o bibliotecas que ofrezcan buenos datos y premisas útiles al espíritu”.
Cualquier autodidacta puede dar testimonio de ello, hay libros que pueden ser maestros, algunos, incluso, pueden ser la escuela. Las mentes más despiertas, por ejemplo, pueden aprender del “libro de las alturas” y leer en sus constelaciones; así como de la naturaleza misma, de la naturaleza toda.
Ahora bien, los libros no son infalibles, no todos son entretenidos o doctos, pero hoy en día contamos con un caudal enorme de diversidad. Octavio Paz, consideraba a la modernidad como un antes donde era suficiente conocer un sólo libro, y un después donde ahora los millares y millares de libros no sólo son insuficientes de cara a la generación de nuevo conocimiento; sino que, nos abruman por falta de tiempo.
Pero conocer un solo libro, sobretodo uno tan complejo como la Biblia, no es tarea sencilla, ni para petimetres; la buena modernidad entonces, apostamos, es conocer bien entre cinco y diez libros. Podemos entretenernos con mil, pero sabemos que, conocemos bien, a diez.
La Biblioteca de México, sede del evento referido, cuenta, por ejemplo, con casi 1 millón de materiales de lectura; si religiosa o secularmente —como se prefiera— leyéramos un libro a la semana, no nos alcanzaría la vida para leerlos, ni de cerca, todos y cada uno.
Carl Sagan en su legendaria serie “Cosmos”, hace la siguiente cuenta: “la biblioteca pública de Nueva York reúne unos 10 millones de libros”… [si se lee uno semanalmente] podríamos alcanzar “solamente un 10 por ciento más o menos del número total de libros que hay en la biblioteca. El secreto consiste en saber que libro se debe leer”.
¡Por Eratóstenes! ¿Cómo saberlo? ¿Cómo saber qué se debe leer? Unos dirán que los clásicos, otros dirán que las publicaciones más recientes que reflejan mejor nuestra época y nuestra cultura. Lo cierto es que es incierto.
Hace unas semanas, la titular de la SEP en un “Fandango por la lectura”, hizo una recomendación ineludible “¿qué pasa si no me gusta un libro?, muy fácil, lo cierro y tomo otro”. Al final del día, el mejor libro para cada uno de nosotros será el que logré entablar un diálogo íntimo con nuestra experiencia de vida, con nuestras inquietudes, con nuestra alma, con nuestro ser.
Leer es imprescindible no sólo porque estemos inmersos en la sociedad del conocimiento; sino porqué como dijera el filosofó francés Jaques Derrida, podemos leer la vida, la cual, es textual. O como dijera de forma más poética Octavio Paz, también somos escritura y en este momento alguien nos deletrea.
Fantasía, viaje y también sueño, los libros, en suma, son esa “antorcha del pensamiento y manantial del amor”, del que hablaba el padre del modernismo, el nicaragüense Rubén Darío y serán siempre luz y misterio, faro y laberinto, así lo vio Lizardi, pero y, sobre todo: un gran, gran amigo.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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