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1 de septiembre de 2026
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Edadismo, tabúes y neurodivergencia: las barreras invisibles del diagnóstico tardío en México

Durante años, el autismo y el TDAH se han asociado principalmente con la infancia, lo que puede dificultar que algunas personas reconozcan o busquen una explicación a experiencias que las han acompañado hasta la adultez. La nota explora cómo los estigmas y el edadismo podrían convertirse en barreras adicionales para una identificación tardía, y plantea una pregunta: ¿por qué asumir que comprender nuestra forma de funcionar tiene una edad límite?
tribuir automáticamente determinadas características, dificultades o cualidades a personas de cierta edad puede ser discriminatorio.

“A tu edad, ¿ya para qué quieres saberlo?” “Eso es cosa de niños.” “Antes no existían esas cosas.” “Ahora todos quieren tener un diagnóstico.”

Estas frases pueden parecer comentarios cotidianos, pero detrás de ellas podemos encontrar situaciones más complejas: edadismo, estigmas relacionados con la salud mental y una comprensión todavía limitada de las neurodivergencias durante la vida adulta.

Durante décadas, condiciones del neurodesarrollo como el Trastorno del Espectro Autista (TEA) o el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) fueron observadas principalmente en la infancia; sin embargo, las niñas y los niños neurodivergentes crecen; algunos llegan a la adolescencia y posteriormente a la edad adulta sin haber recibido nunca un diagnóstico o una explicación adecuada para muchas de las dificultades que han experimentado durante su vida y por las cuales llegaron a ser etiquetados o etiquetadas “el flojo”, “la distraída”, “el olvidadizo”.

Esto conduce a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Puede el edadismo contribuir a que una neurodivergencia sea identificada tarde o, incluso, a que nunca sea reconocida?

Cuando la edad determina lo que creemos posible
La Organización Mundial de la Salud define el edadismo como los estereotipos (cómo pensamos), prejuicios (cómo sentimos) y discriminación (cómo actuamos) hacia otras personas o hacia nosotros mismos debido a la edad; en México, el Instituto Nacional de Geriatría ha retomado esta definición y advertido sobre sus efectos en la salud y el bienestar (Instituto Nacional de Geriatría, 2024).

No se trata únicamente de discriminar abiertamente a alguien por su edad, también aparece cuando atribuimos automáticamente determinadas características, dificultades o comportamientos “es normal a su edad”, “ya no aprende igual”, “siempre ha sido distraído”, “es demasiado rígida”, “así es su carácter”.

Los datos mexicanos muestran que estos estereotipos no son menores, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS) 2022, 17.9 por ciento de las personas de 60 años y más manifestó haber experimentado discriminación durante los doce meses anteriores a la encuesta y, entre ellas, 39.2 por ciento identificó su edad como el motivo (CONAPRED, 2023). La misma encuesta encontró que 77.4 por ciento de las personas mayores considera que la mayoría de la gente se desespera fácilmente con ellas y 61.6 por ciento percibe que su experiencia es poco valorada por sus familiares (INEGI, 2022).

¿Qué ocurre entonces cuando una persona de 40, 50, 60 o más años comienza a preguntarse si algunas experiencias que la han acompañado toda la vida podrían relacionarse con una neurodivergencia? Lo primero que llega a suceder es la justificación, “pero si siempre has sido así” o, peor aún, “pero si siempre he sido así”.

La barrera del tabú
Todavía persisten ideas que asocian el Trastorno del Espectro Autista o el TDAH exclusivamente con la infancia, determinadas conductas estereotipadas o dificultades evidentes, sin embargo, la propia Secretaría de Salud mexicana reconoce al TDAH como un trastorno del neurodesarrollo que también afecta a personas adultas y señala que una perspectiva científica y libre de estigmas favorece su diagnóstico oportuno (Secretaría de Salud, 2026).

En el caso del Trastorno del Espectro Autista ocurre algo similar: información oficial del Gobierno de México reconoce que, aunque puede identificarse durante los primeros años, existen personas en quienes, debido a la falta de diagnóstico o a diagnósticos incorrectos, la condición se detecta hasta la edad adulta (INSABI, 2023).

En cuanto a estudios fuera de nuestro país, se ha detectado que en el TDAH adulto se han identificado como obstáculos para el diagnóstico la insuficiente formación profesional, el estigma, las comorbilidades, el paradigma de una visión del TDAH como condición fundamentalmente infantil y el paradigma de la regulación que deberíamos tener como adulto.

En el autismo, además, existe evidencia sobre el llamado camuflaje o masking: personas que aprenden consciente o inconscientemente a imitar conductas socialmente esperadas, ocultando características que podrían haber conducido a una identificación más temprana, además, es importante mencionar que este fenómeno ha sido especialmente identificado y estudiado en mujeres.

Así, alguien puede pasar décadas siendo descrito como “distraído”, “desorganizado”, “antisocial”, “demasiado sensible”, “obsesivo”, “flojo”, “complicado” o simplemente “raro”, sin que nadie se pregunte si existe otra explicación.

Cuando edadismo y paradigma se encuentran
En este punto es necesario ser objetivos: la evidencia disponible no permite afirmar que el edadismo sea, por sí mismo, causa del diagnóstico tardío de neurodivergencias de algunas personas en México, tendríamos que llevar a cabo investigaciones específicamente diseñadas para estudiar esa relación. Sin embargo, la evidencia sí permite plantear una hipótesis relevante: el edadismo puede interactuar con otros estigmas y convertirse en una barrera adicional para reconocer una posible neurodivergencia en la adultez.

Podríamos imaginar una especie de doble filtro:

El primero dice: “El autismo y el TDAH son cosas de niños”.

El segundo responde: “A tu edad, ¿qué sentido tiene obtener un diagnóstico?

Entre ambos puede quedar atrapada una persona que ha pasado gran parte de su vida desarrollando estrategias para adaptarse, compensar dificultades o esconderlas, llevándonos al verdadero problema que es: el diagnóstico tardío no significa que la neurodivergencia haya aparecido tarde, significa que fue reconocida tarde; esta diferencia es lo que realmente importa.

¿Diagnosticar para etiquetar o para comprender?
Uno de los grandes tabúes alrededor del diagnóstico adulto consiste en pensar que conocerlo “ya no sirve de nada”, especialmente desde el ámbito educativo, esta idea merece cuestionarse.

Identificar una neurodivergencia no debería entenderse únicamente como colocar una etiqueta clínica (tener un diagnóstico), nos puede permitir reinterpretar una historia personal, identificar necesidades de apoyo, buscar ajustes en determinados contextos y sustituir explicaciones morales (“soy flojo”, “soy incapaz”, “algo hago mal”) por una comprensión más precisa de nuestro funcionamiento cognitivo.

Esto tampoco significa que toda dificultad de atención, interacción social, memoria, organización o sensibilidad implique una neurodivergencia; el diagnóstico requiere valoración profesional y diagnóstico diferencial, es precisamente por ello que resulta preocupante que los prejuicios relacionados con la edad puedan impedir incluso que una persona tenga acceso a esa valoración.

Quizá, entonces, deberíamos cambiar la pregunta; en lugar de preguntar “¿Para qué quieres un diagnóstico a estas alturas?”, podríamos preguntar ¿Cuántas personas han vivido durante décadas sin comprender una parte importante de sí mismas porque asumimos que ya era demasiado tarde para preguntar?

Combatir el edadismo también significa reconocer que el derecho al autoconocimiento, a la atención y a una explicación clínicamente fundamentada de nuestras diferencias cognitivas, no tiene fecha de caducidad.

Karla Romero Varela
Tecnológico de Monterrey |  + posts

Profesora del Tecnológico de Monterrey

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