Todos sabemos que la Ciudad Universitaria alberga festivales de todo lo imaginable: desde la salud sexual, las humanidades, la música medieval. Pero la semana pasada, el campus central se dedicó a una de las máquinas que más ha transformado el paisaje, la historia y la sociedad. Una máquina de dos ruedas que no necesita combustible, pero sí un par de buenas piernas. Hablo del Bicifest, un evento dedicado por entero a eso que llamamos “bicicleta” con toda propiedad, “bici”, cuando hay familiaridad, o “Cleta”, cuando nos gana el slang de la comunidad ciclista.
Y dentro de la programación de este festival, invitaron al Centro de Enseñanza para Extranjeros, de la Universidad Nacional Autónoma de México, porque mucha de nuestra comunidad asiste en su bici a clases. Así que a mi colega Eliff Lara y a mí nos tocó un reto interesante: convencer a un grupo de entusiastas del ciclismo de que leer y escribir se parece mucho a andar en dos ruedas.
Ahí estábamos en las islas, instalados en una carpa llena de colectivos, equipos, ciclistas y ciclovía. El paisaje era el de siempre, pero visto con otros ojos: un buen número de estudiantes y académicos recorriendo kilómetros en sus ya legendarias Bicipumas (bici que presta la UNAM a su comunidad) para trasladarse dentro de la inmensidad de sus instalaciones. Y como sabemos, casi cualquier chilango sabe que CU es el espacio ideal para enseñar o aprender a pedalear; es casi una escuela de manejo ciclista que está en la biografía de miles de mexicanas y mexicanos. Aquí, generaciones enteras aprendieron a mantener el equilibrio gracias al empujón de un pariente paciente y entusiasta. Encima, CU es de los pocos oasis en esta selva de asfalto donde se puede rodar un fin de semana sin el temor constante de acabar arrollado por un microbús.
El punto de partida para nuestra charla fue «PedaléaLEE: letras en bicicleta», un taller de lectura y escritura que ya va por su cuarta edición en la UNAM. El proyecto nació originalmente en las aulas de 17, Instituto de Estudios Críticos, donde analizamos la bici desde la política, la economía y los afectos. Después, iniciamos las versiones desde la Dirección de Literatura, por lo que adecuamos el curso limitándonos al enfoque literario, transformándolo en un taller donde la gente va a escribir sobre sus propias historias y glorias ciclistas. Las últimas dos ediciones las hemos celebrado desde el CEPE, con su comunidad de estudiantes extranjeros y público en general, con la gran sorpresa —o revelación— de que sin importar el idioma o el territorio dondedamas estemos, la bici siempre se traduce igual: en una sensación de independencia y libertad, pero también de temor.
Y aquí hablé de una de las miradas que más interesa, porque me toca directo desde el cuerpo: la de ser mujer ciclista. Creo que tenemos claro que hubo una época en que ciertos discursos científicos y la moral querían convencernos de que andar en bici nos ponía en peligro. Durante la charla nos reímos un poco leyendo pasajes de Damas en bicicleta. Cómo vestir y normas de comportamiento, un manual de F. J. Erskine de finales del siglo XIX que pretendía decir a las mujeres cómo ser «decentes» sobre el sillín, al mismo tiempo que las intentaba convencer de que andar en bici era seguro y que valía la pena se bajaron de la bici, sino que la usaron para mandar a volar los corsés.
La lectura nos ayudó a entender incluso el cambio de vestimenta gracias a las bicicletas, que en muchos casos fueron las primeras en quitarse las faldas, usar bloomers y andar por las calles cómodas. Para entender algunas de las prácticas contemporáneas de mujeres ciclistas, también revisamos la pluma rebelde de Power Paola en su novela gráfica Todas las bicicletas que tuve, en la que hace una biografía a través de las bicis que marcaron las distintas etapas de su vida. Y desde luego, como comunidad de la Facultad de Filosofía y Letras, no podíamos dejar de recordar al gran Sandro Cohen y leer algunas de las meditaciones que escribió sobre el ciclismo urbano. Citamos las palabras que David Huerta escribió en el suplemento cultural Confabulario, poco después de que el covid terminara con su vida: “Repartió su vida y sus afanes entre lastodas las b clases universitarias, los libros que escribía, los que editaba y la familia. Tuvo además dos pasiones: la música —tocaba el piano con destreza— y la bicicleta, dos invenciones humanas que nada tienen que ver con la vocación destructiva ni con las ganancias fáciles. Para Cohen eran los instrumentos de una íntima felicidad”.
Continuamos hablando de libros, lecturas y autores alrededor de la bicicleta. Finalizamos haciendo un ejercicio muy breve de escritura, partiendo de la frase: “cuando me subo a la bici y sostengo el manubrio, siento…” Dimos un tiempo para la creación literaria, en relativo silencio y con la emoción de estar en el Bicifest. Algunas personas del público quisieron compartir en voz alta sus textos, que realmente nos conmovieron en colectivo, porque el mundo de la bici está lleno de emociones. Premiamos a los participantes con unas calcomanías elaboradas por una joven ilustradora mexicana que tiene una imagen de la “Virgen de los ciclistas”. Una mujer en bikers, con el corazón rojo iluminado y que carga su bici. Lleva también un manto y un resplandor de halo dorado. Y lleva la frase “Protégeme de lxs cochistas y que ningún ciclista sea atropelladx”.
Concluimos invitando al público a seguir pedaleando con responsabilidad, a leer, a escribir y a hacer cumplir el derecho de vialidad que tienen las y los ciclistas, a compartir el camino y sentirnos seguros.

Anel Pérez
Directora del Centro de Enseñanza para Extranjeros
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