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Masa, individuo y poder

Aquellos que mandan suelen tachar al librepensador de peligroso y a condenarlo a ser absorbido por la masa

El venerado santo matón de la izquierda latinoamericana Ernesto Guevara, alias el “Che”, violador sistemático de los derechos humanos hoy idolatrado oficialmente en México, elogiaba “la superación política de la juventud cubana” y condenaba el pensamiento individual porque llevaba al “mal del sectarismo”. Al dictar “qué debe ser un joven comunista”, exigía mayestáticamente: “Acostumbrándonos a pensar como masa”. Esto revela el grado de patología que presentaba el “Che”, con la dialéctica de su amada Luger al cinto, para estigmatizar y someter el pensamiento individual y el cuestionamiento crítico. Lo irrisorio, dentro de la tragedia, es que creyese (¿lo creía, realmente?) que la masa piensa.

Comencemos por lo básico: ¿cómo define el Diccionario de la lengua los términos “individuo” y “masa”? El adjetivo “individuo” (del latín individuus, “indivisible”) significa “que no puede ser dividido”. En cuanto al sustantivo femenino “masa” (del latín massa, y éste del griego mâza, “mezcla amasada”), entre otras acepciones posee dos que, para el caso, son las que nos interesan: “gran conjunto de gente que por su número puede influir en la marcha de los acontecimientos” y “muchedumbre o conjunto numeroso de personas”.

Quiere esto decir que mientras menos “individual” se es, mucho mejor se acomoda alguien en la “masa”. De ahí que, con su proverbial sabiduría, el poeta español Antonio Machado dijera, en la voz de su alter ego Juan de Mairena: “Por muchas vueltas que doy, no hallo manera de sumar individuos”. Este epigrama de concentrada ironía tiene la eficacia de la paradoja a flor de verbo: mientras más individuo se es, menos se deja sumar, integrar, confundir alguien en la masa, esa mezcla amasada donde la personalidad individual se pierde por completo y que suele ser de la mayor utilidad para el poder, para todos los poderes que exigen incondicionalidad y lealtad irracionales; esto es, carecer de sentido crítico, no pensar en absoluto y únicamente seguir, como parte de la masa, dictados y consignas.

Machado y Mairena no se equivocaban. En poesía epigramática dijeron lo que después, con gran capacidad analítica, expresó Elias Canetti en su emblemática obra Masa y poder (1938-1960). La masa es lo más parecido a la “igualdad”, aunque, para ello, precise de una “dirección” que escapa siempre a la igualdad por un simple motivo: quien conduce a la masa es un líder carismático con poder absoluto sobre ella. Canetti es preciso al respecto:

En el interior de la masa reina la igualdad. Se trata de una igualdad absoluta e indiscutible, que jamás es puesta en duda por la masa misma. Posee una importancia tan fundamental que casi se podría definir el estado de la masa como un estado de absoluta igualdad. Una cabeza es una cabeza, un brazo es un brazo, la diferencia entre ellos carece de importancia. Nos convertimos en masa por mor de esta igualdad y pasamos por alto todo cuanto pueda alejarnos de este objetivo. Todas las exigencias de justicia, todas las teorías igualitarias extraen su energía, en última instancia, de esta experiencia de igualdad que cada cual conoce a su manera a partir de la masa”.

La masa es poder, en sí misma, pero siempre tiene un poder superior que la controla, y este poder es siempre individual y, por supuesto, dirigente. La masa puede ser simplemente festiva, pero otras veces, en la tipología canettiana, es “masa de acoso”. ¿Y cuál es su objetivo? Casi invariablemente el “individuo” que no se deja engullir por la masa, el ajeno a la muchedumbre, el rebelde, el diferente, el subversivo, el liberto que, por lo mismo, debe pagar su libertad a muy alto precio, convirtiéndose en víctima de la masa. Escribe Canetti:

“La masa de acoso se constituye teniendo como finalidad la consecución rápida de un objetivo. Éste le es conocido y está señalado con precisión; se encuentra, además, próximo. La masa sale a matar y sabe a quién quiere matar. Con decisión incomparable avanza hacia esa meta, y es imposible escamoteársela. Basta con dársela a conocer, basta con comunicar quién debe morir para que se forme la masa. La determinación de matar es de índole muy particular y no hay ninguna que la supere en intensidad. Todos quieren participar, todos golpean. Para poder asestar su golpe, cada cual se abre paso hasta llegar al lado mismo de la víctima. Si no puede golpear, quiere ver cómo golpean los demás. Todos los brazos salen como de una misma criatura. Pero los brazos que golpean tienen más valor y más peso. El objetivo lo es todo. La víctima es el objetivo, pero también es el punto de máxima densidad: concentra en sí misma las acciones de todos. Objetivo y densidad coinciden. Una razón importante del rápido crecimiento de la masa de acoso es la ausencia de peligro. No hay peligro porque la superioridad de la masa es enorme. La víctima nada puede contra ella. O huye o queda atrapada. No puede golpear; en su indefensión es sólo víctima”.

A esta masa, simplemente actuante, se refería el “Che” Guevara al exigir a la juventud cubana “acostumbrarse a pensar como masa”; obviamente (la historia cubana lo demuestra), una masa de acoso cuyo objetivo era el “gusano”, la víctima a la que había que aplastar (y es obvio que la masa aplasta con su simple peso y volumen) al grito de “¡Patria o Muerte!”.

Por ello resulta insultante a la inteligencia y a la sensibilidad que personas pensantes, gente que lee libros y que, entre esos libros, podrían estar los de Canetti, admire, ame, idolatre y venere a quien fue, más que un héroe, un sociópata y un psicópata cuyos crímenes y asesinatos no pertenecen ni a la ficción literaria ni a la calumnia de sus detractores políticos. Son hechos históricos, no embustes. Esto prueba que ni siquiera la lectura de libros consigue abrir siempre el pensamiento crítico de los lectores. De hecho, el “Che” Guevara era un lector indiscutible, y no sólo hacía lecturas de obras políticas, sino de poesía y ficción.

De ahí que los libros no sean lo más importante; lo realmente decisivo es lo que hace el lector después de haberlos leído (cómo piensa y actúa después de ellos), y queda claro que la culpa del fanatismo ideológico no la tienen los libros, por muy “dirigidas” que sean las lecturas, sino los lectores que, en lugar de pensar por sí mismos, se suman a la masa.

Suele condenarse al individuo librepensador estigmatizándolo como “individualista” (esto es, egoísta), porque piensa por sí mismo y actúa diferente a la masa y a quien la controla. Los poderes suelen ver en la personalidad individual un desacato, porque esta individualidad (que puede ser originalidad) los cuestiona, increpa, desautoriza y hasta los ridiculiza frente a la masa. De ahí que se combata y condene al individuo. Históricamente, los poderes establecidos destruyen al individuo que no acepta ser parte de la masa. El 8 de mayo de 1927, en su Diario, André Gide escribió: “Recuerdo haber oído a Wilde decirme: ‘No es por exceso de individualismo por lo que he pecado. Mi gran error, la falta que no puedo perdonarme es haber, un día, dejado de obstinarme en mi individualismo, dejado de creer en él para escuchar a otros, dejado de creer que tenía razón de vivir así, dudando de mí mismo’”.

El 9 de abril de 1943, Gide vuelve a este tema: “Vendrá el tiempo en el que lo individual no encontrará ya razón de ser y se avergonzará de sí mismo. Hemos podido ver ya, en Rusia, cómo se condena lo que manifiesta un sentimiento particular, y no se admite más que aquello que puede ser entendido por cualquiera; lo que fácilmente se convierte en: cualquier cosa”. Lo paradójico es que, cuando un lector renuncia, dócilmente, a su individualidad, de todos modos, la masa y el poder lo aplastan… porque lo absorben.

Acerca del autor

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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