Jugar, estudiar y convivir con sus amistades debería ocupar un lugar central en la vida de niñas, niños y adolescentes. En México, el cuidado de otras personas también forma parte de sus días. Las cargas más intensas plantean una pregunta urgente: ¿quién cuida a quienes cuidan desde tan pequeños?
Salir de la escuela debería abrir tiempo para hacer la tarea, jugar, practicar algún deporte o encontrarse con amigos. Pero ¿qué ocurre cuando esas horas también deben alcanzar para atender a alguien más? Estar pendiente de un hermano pequeño, acompañar a una persona mayor o ayudar a un familiar que necesita asistencia son responsabilidades que pueden pasar inadvertidas cuando las llamamos simplemente “ayuda en casa”.
El problema aparece cuando esa ayuda se vuelve una obligación que organiza la vida de quien todavía necesita cuidados. Niñas, niños y adolescentes deben poder estudiar, descansar, jugar y socializar. Su disponibilidad para cuidar a otras personas no puede darse por sentada.
Las estimaciones que presentamos, elaboradas a partir de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024 del INEGI, permiten dimensionar esta participación entre los 12 y los 17 años. En ese grupo, alrededor de 9.8 millones de adolescentes reportaron participar en al menos una de las actividades de cuidado incluidas en el análisis. La cifra comprende tareas diversas y de distinta intensidad: participar en alguna de ellas no significa, por sí solo, tener una carga excesiva.
Cerca de 6.1 millones participan en el cuidado de otras niñas y niños de 0 a 14 años. Mirar cuánto tiempo dedican y cómo se distribuyen esas responsabilidades muestra por qué necesitamos prestarles atención.
Las niñas dedican más tiempo
Entre quienes participan en cuidados, las adolescentes reportan un promedio de 11.4 horas semanales, frente a 8.4 horas entre los adolescentes. La diferencia es de aproximadamente tres horas por semana.
La distancia se amplía en el grupo de 15 a 17 años. Entre quienes cuidan, las adolescentes de esas edades suman en promedio 12.5 horas semanales y los adolescentes, 8.1. Estos resultados describen una distribución desigual del cuidado desde edades tempranas. Invitan a revisar las expectativas familiares sobre quién debe estar disponible para atender a los demás.
Los promedios, además, dejan fuera de la vista a quienes enfrentan las cargas más intensas. Del conjunto de adolescentes mujeres de 12 a 17 años, 12 por ciento registra una suma de 20 horas semanales o más de cuidado. Entre los varones de las mismas edades, la proporción es del 7.5 por ciento. Aunque la experiencia de cuidar es muy diversa, hay un grupo para el cual estas actividades representan un compromiso de tiempo considerable.
Al sumar las actividades, más de 371 mil adolescentes registran 40 horas semanales o más de cuidado y alrededor de 128 mil alcanzan 60 horas o más. Entre quienes llegan a este último umbral, 77.6 por ciento son mujeres.
Estas horas requieren una precisión: son sumas brutas de actividades y algunas pueden realizarse simultáneamente. No deben interpretarse como tiempo exclusivo ni restarse automáticamente de las horas de estudio o descanso. Aun con esa consideración, muestran la necesidad de examinar las responsabilidades que asumen las personas adolescentes.
Niños que cuidan a otros niños
Una parte importante de los cuidados se dirige a otras personas menores de edad. Entre los 12 y los 14 años, 48.7% de las niñas y 47.5% de los niños participan en actividades de cuidado de personas de 0 a 14 años. Es decir, cerca de la mitad de quienes apenas comienzan la adolescencia ya interviene en el cuidado de otros menores.
Otro resultado merece atención. Entre las adolescentes de 15 a 17 años que cuidan a niñas y niños de 0 a 5 años, el promedio alcanza 19.8 horas semanales. Entre los adolescentes varones de esas edades que realizan ese tipo de cuidado, es de 7.7 horas. Son cifras referidas únicamente a quienes participan en esa categoría, no a toda la población adolescente. Los datos presentados tampoco permiten afirmar que las personas cuidadas sean siempre sus hermanos o identificar por qué asumieron esa responsabilidad.
Detrás de esas horas puede haber necesidades familiares distintas. Para responder adecuadamente, hace falta conocerlas y escuchar a quienes cuidan. Lo que no debería ocurrir es que, a la corta edad de la persona cuidadora, vuelva invisible el trabajo que realiza.
Estar pendiente también cuenta
El cuidado incluye la vigilancia presencial: permanecer cerca y estar pendiente de lo que otra persona necesita. Aunque pueda coincidir con otra actividad, esa responsabilidad merece atención. Hacer la tarea mientras se vigila a alguien plantea exigencias diferentes a estudiar con la posibilidad de concentrarse sin interrupciones.
Por eso, la discusión debe incluir la libertad para disponer del propio tiempo. ¿Puede esa adolescente salir a jugar? ¿Puede asistir a una actividad escolar? ¿Hay una persona adulta que asuma el cuidado cuando necesita estudiar, descansar o reunirse con sus amistades?
Las cifras analizadas no permiten medir cuánto juego o estudio se ha perdido, ni demostrar efectos sobre las calificaciones, la salud o el abandono escolar. Tampoco bastan para clasificar a estas personas en pobreza de tiempo. Sí permiten formular una preocupación concreta: cuando el cuidado es intenso o ineludible, puede entrar en conflicto con actividades fundamentales para su desarrollo.
Una responsabilidad que necesita apoyos
La respuesta requiere apoyar a las familias. Cuidar exige tiempo y recursos, y las necesidades de quienes reciben cuidados deben atenderse junto con las de quienes los proporcionan. Ampliar los servicios de cuidado infantil, los apoyos para personas dependientes y las alternativas de atención accesibles ayudaría a evitar que las responsabilidades se descarguen en integrantes menores del hogar.
Las escuelas también pueden contribuir si preguntan por estas tareas y reconocen cuándo un estudiante necesita apoyo. Ante el cansancio, las dificultades para entregar una actividad o la imposibilidad de participar fuera del horario escolar, conviene conocer qué responsabilidades enfrenta en casa. Escuchar es el primer paso para ofrecer una respuesta pertinente.
Dentro de los hogares, importa revisar tanto la cantidad de tareas como su reparto. Colaborar de manera adecuada a la edad puede formar parte de la convivencia. Asumir una responsabilidad permanente, sin relevo y a costa del propio desarrollo, exige una intervención distinta. Las niñas no deberían ser la primera opción para cubrir cualquier necesidad de cuidado por el solo hecho de ser niñas.
El tiempo para jugar, estudiar, descansar y convivir debe protegerse también cuando una familia necesita ayuda. Una sociedad que depende de sus adolescentes para sostener los cuidados tiene que preguntarse qué apoyos les está dejando de ofrecer.
Fuente: Elaboración propia con datos de la ENUT 2024 del INEGI. El tiempo corresponde a la suma semanal de las actividades consideradas, incluida la vigilancia presencial, y puede contener simultaneidades. Las diferencias se presentan como descriptivas; no se realizaron pruebas de significancia para este texto.
Patricia López Rodríguez
Profesora del Tecnológico de Monterrey
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Patricia López Rodríguez
Ailyn Flores Coronel y y Angela Ximena González Velázquez
Estudiantes del Tecnológico de Monterrey, campus Ciudad de México.