En México confiamos… pero solo en los nuestros. En la familia, en los amigos, en la gente cercana. Fuera de ese círculo, la desconfianza aparece casi automáticamente. Confiamos mucho en lo cercano y muy poco en lo colectivo. Y eso no es solo una percepción: es una forma de vivir.
La confianza, al final, no es ingenuidad. Es una apuesta. Es creer que la otra persona no va a aprovecharse de nosotros. Pero en México, esa apuesta rara vez se hace fuera del círculo íntimo.
Los datos del Latinobarómetro 2024 muestran que solo una de cada cuatro personas (25.7 por ciento) cree que se puede confiar en la mayoría, mientras que casi tres de cada cuatro piensan que “uno nunca es lo suficientemente cuidadoso”. La desconfianza no es la excepción, es la regla. Y no es algo reciente: desde hace casi 30 años, este indicador se mantiene persistentemente bajo.
Cuando vemos el contexto en el que viven las personas, esto empieza a tener sentido.
El principal problema del país, según los propios mexicanos, es la delincuencia y la seguridad pública (17.4 por ciento), seguido por los problemas económicos (13 por ciento), la pobreza (12.3 por ciento) y el costo de la vida (8.6 por ciento). Vivimos en un entorno donde la incertidumbre es cotidiana. En ese contexto, desconfiar no es irracional: es adaptativo.
El problema es que esa desconfianza no se queda en los desconocidos; se extiende también hacia las instituciones.
Sí, hay excepciones. Las Fuerzas Armadas concentran más de la mitad de respuestas positivas. También la iglesia, la institución electoral y el presidente registran niveles relevantes de confianza.
Pero el contraste es fuerte —y preocupante.
La policía, encargada de enfrentar el principal problema del país, enfrenta niveles críticos de desconfianza: casi 40 por ciento no confía en ella en absoluto y otro 32 por ciento tiene poca confianza. Es decir, más de 7 de cada 10 mexicanos desconfían de quienes deberían garantizar su seguridad.
El Congreso, el Poder Judicial y, sobre todo, los partidos políticos presentan niveles igualmente bajos. En estos últimos, casi 7 de cada 10 personas reportan poca o ninguna confianza. Las instituciones encargadas de representar, impartir justicia y canalizar la democracia son, al mismo tiempo, de las menos confiables.
Los medios y las redes sociales tampoco escapan a esta lógica. Predominan los niveles bajos de confianza, reflejando un país donde incluso la información se recibe con sospecha.
Y, sin embargo, hay una paradoja.
A pesar de este entorno, las personas no son completamente pesimistas sobre su propia situación. Casi la mitad espera que su situación económica personal mejore en el próximo año, aunque la percepción sobre el país en su conjunto es más incierta, dominada por la idea de que todo está “igual” o apenas “un poco mejor”.
Es decir: hay esperanza en lo individual, pero no necesariamente en lo colectivo.
Y ahí está el problema de fondo.
México no es un país sin confianza. Es un país donde la confianza está fragmentada. Funciona hacia adentro, en círculos cercanos, pero no logra extenderse hacia lo público. Y eso tiene costos.
Cuando no confiamos en los demás, cooperamos menos. Cuando no confiamos en las instituciones, participamos menos. Y cuando eso ocurre, el crecimiento económico, la democracia y la cohesión social se debilitan.
La pregunta entonces no es solo en quién confían los mexicanos, sino qué tipo de país se puede construir cuando confiar en lo público parece más riesgoso que confiar en lo privado.
Recuperar la confianza no es un tema de discurso, sino de resultados: instituciones que funcionen, reglas que se cumplan y experiencias cotidianas donde confiar deje de ser una apuesta arriesgada.
Porque mientras eso no cambie, los mexicanos seguirán haciendo lo que hoy parece más racional: confiar solo en los suyos.
(Este texto fue elaborado con la colaboración de Elías Olivos Chávez, estudiante de Economía del Tecnológico de Monterrey).