En la reciente prueba PISA, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México ocupó el penúltimo lugar en Comprensión de Lectura entre los 38 países miembros (el “sotanero” fue Colombia). Correspondiente a 2025, pero dada a conocer el 8 de septiembre, esta evaluación se aplicó a adolescentes que, al momento de responder la prueba, tenían entre 15 años y 3 meses y 16 años y 2 meses. El Programme for International Student Assessment o, en español, Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) abarcó los rubros de Ciencias, Matemáticas y Comprensión Lectora. Me concentraré en este último, que es parte de mi especialidad, y me parece indispensable hacerlo con peras y manzanas para un mayor entendimiento.
1. No deja de ser divertido que los países de la OCDE más rolleros en el tema de la lecto-escritura ocupen el penúltimo y el último lugar, respectivamente: México con 408 puntos y Colombia con 399. Ambos países se ostentan modélicos en este rubro, y luego de blofear, y vender humo, la realidad los puso en su lugar. Más allá de México, conozco bien el caso de Colombia, donde coordiné un abortado proyecto del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), de la Unesco, en cuya plenaria tirios y troyanos me cayeron a palos porque les importaba más la política que el libro y la lectura. Cualquier proyecto disruptivo les incomodaba. No olvido la ira de la representante cubana.
2. Sin contar a las cinco naciones clave (Key Partners) ni a las ocho candidatas en proceso de adhesión (Accession Candidates), de los 38 países miembros de la OCDE, los tres primeros sitios los ocuparon Japón (503 puntos), Irlanda (500) y Corea del Sur (497). Fuera de la OCDE, a nivel global, el primer lugar (récord) lo ocupó Singapur, con 535 puntos. México está a casi 100 puntos respecto de Japón y a 127 respecto de Singapur. El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) concluyó que “la mitad de los estudiantes evaluados no alcanzó el nivel mínimo básico de lectura”. Además, México ni siquiera se acercó el promedio de la OCDE (461 puntos): ¡hasta en esto mostró un déficit de 53 puntos!
3. Desde hace tres décadas lo he venido diciendo en una veintena de libros: el problema de la lectura no es exclusivamente de lectura, sino de educación, cultura, economía, política y, en los casos de México y Colombia, de corrupción y complicidad con la narcoviolencia. Veamos los datos duros (oficiales) de México. De acuerdo con la asignación del Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF), el presupuesto consolidado asignado al sector educativo asciende a 1.17 billones de pesos (1,178,877,000,000 MXN), lo que equivale a 58 mil 943 millones de dólares. De este monto total, el capítulo 1000/FONE (Fondo de Aportaciones para la Nómina Educativa y Gasto Operativo/ Pago a la Burocracia) se traga 943 mil millones de pesos (47 mil 150 millones de dólares), que equivalen al 78.8 por ciento, en tanto que los subsidios directos (Beca Rita Cetina, transferencias y otros apoyos electoreros) se engullen 185 mil millones de pesos (9 mil 250 millones de dólares): 15.5 por ciento. Para la infraestructura (programa “La Escuela es Nuestra”) se destinan 58 mil 415 millones de pesos (2 mil 920 millones de dólares): casi el 5 por ciento. Y, finalmente, las migajas: en innovación, actualización, materiales y capacitación (en lecto-escritura, por ejemplo), se destina lo que se cae de la mesa cuando ya se cortaron las grandes rebanadas del pastel: 10 mil millones de pesos o su equivalente en dólares: 500 millones; es decir, menos del 1 por ciento del presupuesto total.
4. El sistema educativo mexicano, después de José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet (entre 1920 y 1960), nunca ha tenido el objetivo de formar lectores, sino de entregar certificados para que los alumnos pasen a los niveles subsecuentes, con conocimientos y saberes paupérrimos y con un gran analfabetismo funcional que arrastran hasta la universidad. Por ello, no debe sorprendernos el pauperismo lector evidenciado, de manera alarmante, en los últimos resultados de PISA. Esta pauperización también es política, dado que los libros de texto gratuitos, creados por Torres Bodet en 1959, se convirtieron, desde las últimas décadas del siglo XX y lo que llevamos del XXI, en catecismos que obligan a los alumnos a repetir las mentiras oficiales de las ideologías partidistas en turno, hasta llegar a la catástrofe zurda, a partir de 2018, de la denominada Nueva Escuela Mexicana (NEM), que busca crear sumisos militantes y no insumisos estudiantes que posean, antes que cualquier cosa, conocimientos, saberes, escepticismos, dudas y un espíritu crítico junto con una profunda sensibilidad.
5. Los libros de textos gratuitos, hoy más que nunca, no son libros de formación, sino de deformación ideológica que privilegian las posverdades del poder político y que no fomentan el conocimiento, sino el dogma ideológico, y en lugar de elevar al alumno al Everest del intelecto, lo hunden en la pobreza intelectual. Ante un caudillo que odiaba las palabras “resiliencia” y “holístico”, entre otras, ¡por considerarlas neoliberales!, los libros de texto de la NEM no sólo glorificaron las faltas de ortoepía del presidente López Obrador, sino que también obedecieron su racismo populista de “hablar como el pueblo”, y todo porque él pasó por la universidad y no fue capaz de mejorar su vocabulario ni su ortoepía. Así, los libros de texto legitimaron desde el haiga hasta probe, pasando por el vistes, el naiden, el vide, el vites, el semos y el ansina, confundiendo lo dialectal con la norma lingüística y creando serios equívocos en los alumnos. Un caudillo autoritario que se la pasó insultando a medio país, y para quien el término “aspiracionista” era una de sus injurias preferidas, no podía sino impulsar estos catecismos, porque la ignorancia, por resentimiento, es muy atrevida.
6. La educación no debe bajarse al ras de la ignorancia, sino elevar el nivel de los alumnos al Everest del conocimiento. En su Diario de un escritor (Madrid, Páginas de Espuma, 2010), Dostoievski recriminó a los “intelectuales” y “doctores” su osadía de querer ¡hacer “popular” al propio pueblo!, en lugar de hacerlo comprender la belleza y la grandeza del arte y la lectura. Escribió “que antes de preocuparse de la educación y enseñanza ‘inmediatas’ del pueblo es preciso velar por la difusión, entre las clases populares, de las primeras letras y de la afición a la lectura; que, contribuyendo mucho un buen libro a fomentar el gusto a la lectura, procedería a cuidar ‘preferentemente’ de poner en manos del pueblo libros ‘lo más amenos e interesantes’ posible, y cuando ya el pueblo le hubiese tomado gusto a la lectura, llegaría el momento de aplicarse para instruirlo e ilustrarlo” (p.186). Esta misión encarna el verdadero propósito de la educación, que entiende a la escuela como un elevador cultural y no como un espejo de las carencias del entorno. El problema de quienes mangonean en la escuela mexicana actual es que no distinguen que el habla forma parte de la naturaleza, en tanto que la lecto-escritura es parte del aprendizaje cultural. No saben que no lo saben y no les importa.
7. Cuando el sistema educativo decide bajarse al ras del suelo para que el alumno “no se esfuerce” o “no se frustre”, traiciona su vocación. El verdadero acto de inclusión no consiste en validar la pobreza de vocabulario o normalizar el rezago bajo el pretexto de respetar la identidad comunitaria. La verdadera inclusión consiste en dotar al estudiante de las herramientas intelectuales necesarias para que pueda escalar hasta la cima del conocimiento y competir en igualdad de condiciones con cualquiera. Mucho ojo: ¡con cualquiera! Y que no nos venga el gobierno (eficiente fábrica de pobres votantes) con el previsible pretexto de las “asimetrías” sociales y económicas en relación con las otras naciones con las que compite, pues México se ubica como la cuarta economía más grande dentro de la OCDE, después de Estados Unidos, Japón y Alemania. Si, después de este dato, el gobierno mexicano sigue insistiendo en asimetrías, que se salga de la OCDE y se afirme, con más ahínco, en la FIFA.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
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