Por vanidad e ignorancia (y toda vanidad conlleva ignorancia), mucha gente cree ser fundadora del mundo, como si antes de ella no hubiese existido nada. Cree, por ejemplo, que las redes sociales nacieron con la internet. Ignora que existen desde la Prehistoria. Supone que las “redes sociales” son sinónimo del adjetivo digital. Desasnemos un poco sobre este asunto. Las redes sociales no nacieron con la invención de internet; son tan antiguas como la propia humanidad. Los humanos prehistóricos crearon sistemas analógicos para compartir información y mantener vínculos a distancia, desde las señales de humo hasta las pinturas rupestres y los sistemas sonoros con tambores que transmitían noticias entre aldeas lejanas.
En relación con la Antigüedad, basta mencionar el sistema postal del imperio romano y los grafitis de Pompeya: mensajes en paredes, preferentemente en los baños públicos, para proponer negocios, realizar declaraciones de amor u ofrecer servicios sexuales. En la Edad Media y en la modernidad, las redes sociales funcionaban mediante hojas impresas que se intercambiabanspan para debatir en lugares públicos, y en los siglos XVII y XVIII, hicieron época los espacios físicos en Europa que eran amplios salones residenciales, dispuestos para la tertulia por anfitrionas cultas e influyentes (/i>salonnières), donde los intelectuales, escritores, científicos, filósofos y artistas compartían música y literatura y debatían sobre ciencia, filosofía, arte y política, de forma abierta e “inclusiva” (como se dice hoy). Finalmente, en los siglos XIX y XX (la era de las comunicaciones analógicas), el correo postal masivo generó las redes de “amigos por correspondencia”. Hasta llegar a nuestros días, en que las madres buscadoras de sus familiares desaparecidos se constituyen en colectivos (es decir, redes) que, más allá del uso de las herramientas digitales, trabajan conjuntamente para localizar fosas clandestinas con herramientas ¡tan “novísimas”! como palas, picos y varillas.
El común equipara lo tecnológico con lo digital, como si el sustantivo femenino “tecnología” fuese sinónimo del adjetivo “digital”. No sabe que la tecnología ya existía desde el Paleolítico Inferior (hace casi tres millones de años), con herramientas eficaces para las necesidades del Homo Habilis (un homínido), y además ignora que toda nueva tecnología está asentada siempre sobre las tecnologías precedentes e incluso sobre las más antiguas. El colmo es que la gente atrapada en la telaraña de la “inteligencia artificial” (IA) crea que ésta se acaba de inventar, pero una cosa es que hoy se use masivamente y otra muy distinta que sea “nueva”. Se ignora la historia, cuya esencia está contenida en los libros imperecederos que, por supuesto, la mayor parte de la gente no lee. Pero incluso los libros esenciales de un pasado mediato (la segunda mitad del siglo XX) no han sido leídos por quienes preconizan y pontifican sobre estos temas “novedosísimos”. Evidenciémoslo.
Las máquinas que razonan por el hombre
En 1967, Gabriel Zaid se refería, en su libro /i>La máquina de cantar, a los “cerebros electrónicos”, y lo hacía con la lucidez a que nos tiene acostumbrados: “Los ‘cerebros electrónicos’ son vistos hoy como lo fueron los conquistadores españoles a caballo: seres fantásticos de cuatro patas y dos brazos que lanzan fuego. No se distingue dónde empieza el hombre y termina lo demás. Lo sorprendente es que hasta los sabios que han dado origen a estos monstruos, parecen llevados, como el público, por la imaginación science-fiction”.
Para probar su aserto, Zaid cita a uno de estos sabios que con el extravío de la razón cree también que caballo y jinete son el mismo animal. Escribe y cita: “En la revista Fortune de mayo de 1965, con una pasión bibliotecaria total, que recuerda a Borges, dice Vannevar Bush [1890-1974, quien recomendó el uso de la bomba atómica]: ‘Ahora el hombre da otro paso. Construye máquinas que piensen por él. Hacen al minuto los cálculos de un hombre al año. Llevan las cuentas de grandes empresas. Buscan al instante en sus vastas memorias. Traducen mal, y hacen poesía mal. Lo harán mejor cuando se les enseñe mejor”.
Citado por Zaid, Bush admite que aún no hay una máquina que iguale al cerebro humano, pero asegura (con optimismo) que “finalmente haremos una máquina que pueda hacer esto mejor. Entonces hallaremos una nueva forma de herencia. Una inmortalidad, basada en la transmisión, no meramente de genes, sino de procesos mentales íntimos. El hijo heredará las pistas que siguió su padre, su proceso de maduración mental e inclusive sus comentarios y críticas; y escogerá lo provechoso intercambiándolo con sus colegas, y trabajándolo más para la próxima generación. Y cubrirá todos los campos que toque, porque su memoria será como bibliotecas enteras, que no se apagarán cuando envejezca”.
En La máquina de cantar, Zaid retoma el Cancionero apócrifo de Juan de Mairena, el maestro y alter ego de Antonio Machado que inventa una “máquina de cantar” (una especie de piano-fonógrafo), destinado a burlarse de los algebristas de imágenes, “mientras llegan los nuevos poetas, los cantores de una nueva sentimentalidad”. Mairena es irónico y sarcástico, con una sabiduría sonriente que dinamita toda creencia ingenua. Zaid concluyó hace casi seis décadas: “La verdadera limitación de una computadora es su incapacidad de lectura concreta. Su ‘lectura’ es abstracta, aunque pueda ser muy específica. No tiene ojos para leer un milagro. Lo cual no quita que pueda hacer versos” [en general, horribles, porque quienes la cargaron, diseñaron y programaron confundieron cursilería con belleza].
Cerebro que no piensa
La IA no es una inteligencia Existe la inteligencia humana y la inteligencia animal. Pero, estrictamente, no la “inteligencia artificial”. La IA no es una inteligencia, y esto también conlleva que no posea ética, aunque sí tabúes; generalmente, los del sexo con que la dotaron los propios programadores de esa inmensa cantidad de datos automatizados. En cuanto a la veracidad, siempre tiene más exactitud un diccionario analógico, como el de la Real Academia Española, por su cualidad normativa, pese a sus yerros justamente cuando deja de ser normativo y cae en la indefinición. La creencia de que el chatbot piensa parte de una mentira de la propia IA: segundos antes de responder, nos muestra esta leyenda: “pensando”, cuando lo que está haciendo en realidad es construir una respuesta a partir de las toneladas de información que le han retacado sus programadores. El único cerebro pensante, con un lenguaje universal, es el humano, y se agradece más cuando posee experiencia y lucidez. Por ello le comento y pregunto, a mi admirado amigo y maestro Gabriel Zaid:
“He dicho y escrito, múltiples veces, que la llamada “inteligencia artificial” es un oxímoron; que no hay tal inteligencia, sino un enciclopedismo: el chatbot es una suerte de diccionario parlante, rápido para consulta, pero menos eficiente que los diccionarios analógicos. Por ello, también sostengo que el llamado “aprendizaje automático” constituye otra posverdad digital: no podemos llamar “aprendizaje automático” a algo que hacen los diccionarios desde sus orígenes: ofrecernos el significado exacto de un término y aclararnos una duda. He interactuado con estas herramientas desde que surgieron (Chat-GPT, Bing, Copilot y Gemini, antes Bard), pero no podemos decir que una herramienta programada para ofrecer información piense realmente, aunque, por desgracia, suela usarse para relevar las tareas de nuestro cerebro, que es el inteligente. ¿Tengo razón?”.
Y Gabriel Zaid me responde: “Querido Juan: Tiene usted la razón. La llamada inteligencia artificial, como los llamados (hace tiempo) cerebros electrónicos, no tienen inteligencia. Son como las tablas de multiplicar, recursos útiles para ganar tiempo. Las tablas de multiplicar no piensan ni dudan. Tampoco la inteligencia artificial. Uso constantemente Copilot con las debidas precauciones. Es como algunas personas que tienen respuestas para todo, aunque estén equivocadas. Y, como usted sabe, me ocupé del asunto hace más de medio siglo en La máquina de cantar”.
No la UNAM. Mi mejor universidad es mi biblioteca. Si la razón se tiene es el resultado de ser razonables y asiduos lectores de los mejores libros donde se aloja el saber.