Los sensores del censor

Las antenas de aquellos que solo aceptan que se hablen maravillas del poder están siempre listas para detectar la crítica

Los censores transforman textos para hacer parecer al autor un loco, pero nunca un crítico.

En el prólogo de El hombre sin corbata y otras fabulaciones (UNAM, 2000), antología literaria que llevé a cabo de la obra de Paco Ignacio Taibo I, Taibo el grande, Taibo el jefe (la amabilidad hecha persona, querido, querible y admirable), cito lo siguiente de este destacado periodista y escritor (Gijón, 1924-Ciudad de México, 2008): “Así es como surgen los guardias con acento furioso que ordenan en una aldea a la muchacha ingenua que use la falda larga. Y por eso un día un maestro golpea con una vara a un alumno, sin saber que ya ha sido tocado por la sustancia del que dicta. Llega la lava fría, deslizándose hacia abajo, sin frenar un segundo, hasta una casa pobre, en la esquina más apartada del país, y el padre se levanta y golpea en la cara al hijo que usó mal la cuchara”.

La gente, especialmente en el periodismo y en la literatura, sabe en qué momento “ha sido tocada por la sustancia del que dicta”, esa “lava fría” de la que habla el gran Taibo I y que no es otra cosa que la censura. (Abro un paréntesis: con este Taibo, el grande, el liberal, el pleno de humor, gocé de su bonhomía y colaboré por más de veinte años en la sección cultural que dirigía. Y nunca me censuró absolutamente nada.) Lo recuerdo algunas veces, con reproche sonriente, como si me reprendiera por una travesura:

“¡Joder, Trotsky [usaba entonces yo una barba de chivo, y era el único que me decía Trotsky, nunca nadie más], tú escribes maravillas de mis enemigos y les pones peros a mis amigos!”. Margarita Michelena y él no se querían, y yo elogiaba la gran poesía de Michelena. Gustavo Sainz y él se querían, y yo escribía que tal novela de Sainz me había parecido aburrida. No me gustó, y no me gusta, El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez, y así lo escribí. Todo esto, con lo que no estaba de acuerdo PIT I, PIT el grande, pudo no haberlo publicado, y sin embargo siempre lo publicó. Así entendía PIT I la pluralidad y el respeto por la libertad de pensamiento y expresión. Así entendía el periodismo, porque él venía de una horrenda historia de represión, paredones y censura del criminal franquismo. Tenía claro que esa “lava fría”, que “esa sustancia del que dicta” no lo iba a tocar a él. Y, si como dice Zaid, es más que saludable y recomendable leer a aquellos con los que no estamos de acuerdo, Paco Ignacio Taibo I iba aún más allá: los publicaba, es decir, me publicaba.

La lava fría: la sustancia del que dicta
Hoy, en México, “esa sustancia del que dicta” todos los días, baja en avalancha y en torrente y toca a la gente encargada de publicar y editar (en el periodismo y en la industria editorial) convirtiéndola, con ese solo toque infernal, en guardaespaldas del que dicta, del que ordena, del que enfurece y se llena de ira, rencor y odio porque no todas las cosas son como las desea: porque no todos los aman, porque no todos lo glorifican, adulan y aclaman. Y esa persona, ya convertida en guardaespaldas, deja de ser editora y se convierte en censora. ¿Pero cómo ha podido ser esto? ¿Cómo se ha logrado esta transmutación del periodista en policía?

Roland Barthes lo explicó, lúcidamente, en su “Lección inaugural de la cátedra de semiología lingüística del Collège de France, pronunciada el 7 de enero de 1977”. Por principio, el nombre del Poder es Legión, como el de los demonios: “por doquier y en todos los rincones, jefes, aparatos masivos o minúsculos, grupos de opresión o de presión; por doquier voces ‘autorizadas’, que se autorizan para hacer escuchar el discurso de todo poder: el discurso de la arrogancia”. Y luego, en consecuencia, “servilismo y poder se confunden ineluctablemente. Si se llama libertad no sólo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces no puede haber libertad sino fuera del lenguaje. Desgraciadamente, el lenguaje humano no tiene exterior: es un a puertas cerradas. Sólo se puede salir de él al precio de lo imposible”. ¿Y cuál es este precio? Ni más ni menos que el silencio, la mudez, la lengua cercenada.

El poder fluye e influye, y más aún cuando el periodismo y el ámbito editorial en general están hechos por militantes y simpatizantes del poder al que alaban, aplauden, encomian, enaltecen, celebran, exaltan, ensalzan, honran e inciensan, sin ponerle jamás un pero. En el fondo, los editores y periodistas convertidos en policías o son fanáticos o son cobardes. O los ha tocado la “lava fría” del poder y por arte de magia los ha tornado guardaespaldas convencidos del poderoso, o aun, sin tocarlos esa sustancia del que dicta y obliga, están temblando de miedo. Para el caso da lo mismo. Stephen Vizinczey lo dice irrefutablemente: “el miedo no es una emoción inocente: los cobardes son peligrosos”. Pueden asumir su trabajo policiaco, aunque no les paguen por ser policías (algunos incluso son poetas, escritores, artistas, como en el régimen policial de Cuba y de otras dictaduras) y luego regresar a sus casas muy satisfechos del deber cumplido, sintiéndose dignos de sus tareas, dispuestos a dormir como unos angelitos para, al día siguiente, hacer lo mismo.

Los sensores del censor
Al igual que El Chapulín Colorado, aunque el color sea lo de menos, el censor dispone de dos antenas: son sus sensores, listos a detectar aquello que en la escritura tiene pinta, aunque quiera ocultarse, de ser reprobación al poder y al pudor, y no precisamente celebración de ambos. Se encienden las antenas, brillan las luces amarillas y rojas en lo alto de ellas: los sensores avisan que algo raro hay en el texto, entre líneas o, ya de plano, de manera directa, sin subterfugios, sin rodeos: la crítica dura y a la cabeza. Alertado por sus sensores, el censor procede a eliminar lo escrito. Si es un párrafo, sin más, lo cercena y sanseacabó. Pero si es una argumentación compleja que abarca dos o más párrafos, hace su magia y enrevesa lo que era claro hasta que parezca lo contrario o se vuelva galimatías para que el lector no entienda nada y el autor quede como un zopenco. A esto le llama el censor “arte de edición”, y no será tan ingenuo de avisarle con tiempo al autor de que se ha zurrado en su texto, sino hasta que ya no hay remedio porque el texto ya está en prensa o ya salió de ella… humeante.

Junto a las páginas que hablan maravillas del Poder y su dueño, aparece el texto censurado del autor que parece que dice locuras (tal es el arte del galimatías) o simplemente da la impresión de ser un místico inextricable, un hermético en busca de hermeneutas, ¡pero, de ningún modo, un crítico del Poder al que tanto idolatra o teme el censor!

A veces un acto final puede salvar el alma de un adulador del Poder: el último Neruda salvó su alma con poemas que retrataron a Stalin, tal como era y no como en las odas que le dedicó cuando gozaba de su “amistad” y sus honores. Otro caso: a diferencia del patético y tétrico Silvio Rodríguez (que sigue defendiendo dictadores y cantándoles lo divinos que son), su colega Pablo Milanés, muerto hace poco, dijo desde su exilio en España en ocasión de la represión a los cubanos que se rebelaron contra el castrismo de Díaz-Canel: “Yo estoy por la libertad de expresión, la libertad de pensamiento y la libertad de opiniones. Es irresponsable y absurdo culpar y reprimir a un pueblo que se ha sacrificado y lo ha dado todo durante décadas para sostener un régimen que al final lo que hace es encarcelarlo”.

Un censor es un inmoral, porque es un servil del Poder. Y ya sabemos lo que es un “ser vil”. Jorge Luis Borges, el sabio, dijo: “No nos dejemos embaucar por la connotación sexual de la palabra inmoralidad; más inmoral que fomentar la lascivia es fomentar el servilismo o la estolidez”. ¡A ver quién lo refuta!

Sobre la firma
Fabulaciones | Web

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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