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In memoriam Roberto Rodríguez Gómez · columnista de Campus desde su fundación
1 de septiembre de 2026
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¡Que los repruebe la vida!

Una lección universitaria de hace décadas vuelve a cobrar vigencia: las calificaciones, los títulos y los diplomas no garantizan que hayamos aprendido a enfrentar la vida. A partir del recuerdo del escritor y profesor José Luis González Coiscou, el autor reflexiona sobre la responsabilidad personal, la formación universitaria y una paradoja de nuestro tiempo: estudiar para comprender a los demás no siempre significa haber aprendido a comprenderse a uno mismo
Un profesor algo “barco” brinda una lección que muchos deberían tener en cuenta en estos tiempos.

En la carrera de Letras, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, tuve un profesor de origen dominicano y puertorriqueño naturalizado mexicano. Buen escritor (novelista, cuentista, ensayista, historiador de la literatura), pero, como maestro, quizá algo “barco”, según se le juzgue a partir de lo que voy a referir. Con él, durante dos semestres, nos desasnó sobre el gusto literario, con el auxilio de un librito estupendo intitulado, precisamente, El gusto literario, del erudito alemán Levin L. Schüking, publicado en su lengua original en 1923 y traducido por Margit Frenk, para el Fondo de Cultura Económica, en 1950, con múltiples reediciones, cuando el Fondo era realmente una editorial que satisfacía las necesidades plurales y no lo que es hoy: un centro ideológico de catequización zurda.

Su nombre literario es José Luis González, autor de novelas, noveletas y libros de cuentos como Mambrú se fue a la guerra, Las caricias del tigre, La llegada y Balada de otro tiempo, novela con la que ganó el Premio Villaurrutia en 1978. En 1976 el Fondo de Cultura Económica había dado a conocer su ensayo historiográfico y literario Literatura y sociedad en Puerto Rico. Póstumamente, la UNAM recopiló Todos los cuentos (1992) del autor, en una muy bonita edición. Su segundo apellido es Coiscou, y así lo conocimos como profesor: omitíamos su nombre literario y decíamos: “vamos a la clase de Coiscou”. Nació en Santo Domingo, República Dominicana, el 8 de marzo de 1926, de padre puertorriqueño y madre dominicana, y desde los cuatro años vivió en Puerto Rico con su familia. Residió en México desde 1943 y obtuvo la ciudadanía mexicana en 1955. Aquí, en el Distrito Federal, murió el 8 de diciembre de 1996; de modo que, en marzo de 2026, se cumplió su centenario natal y el próximo diciembre conmemoraremos el trigésimo aniversario de su fallecimiento.

En cuanto a si era un “profesor barco” o no, a mí nunca me lo pareció porque había una sabiduría devastadora en lo que nos dijo cuando se presentó a clase por primera vez. Expresó (cito de memoria): Soy su profesor José Luis González Coiscou y vamos a tratar de aprender juntos algo que nos gusta: la literatura. Y yo deseo que a todos les interese, pero que también sepamos distinguir los gustos de las diversas épocas hasta llegar al gusto moderno. Ahora bien, como esta es la primera clase debo precisarles un tema antes de que alguien me pregunte cómo será mi método para calificar sus avances o su falta de interés, y para ello quiero que levanten la mano todos aquellos que hayan seguido el procedimiento de inscripción. (Obviamente, todos, hombres y mujeres, entre veintidós o veinticinco en total, levantamos las manos, como buenos diputados, muy orondos.) Bien (continuó el profesor) y se dirigió a una alumna: “¿Usted pagó su colegiatura y está al corriente con los documentos que le solicitaron?”. La alumna respondió afirmativamente. “Perfecto”, dijo el maestro, y acto seguido se dirigió a un varón: “¿Usted está en el mismo caso?”. Y el alumno respondió muy seguro: “Pagué mi inscripción y todos mis papeles están en orden en Control Escolar”.

En tales circunstancias (dijo el maestro), veo que todo está bien. Yo no me ocupo de trámites escolares, únicamente de su educación. Entonces, ya les puedo decir cómo les calificaré: si quieren venir después de esta clase a las siguientes, si vienen una vez sí y otra vez no, si me entregan o no los trabajos escritos que les encargaré, si ya no vuelven a pararse después de hoy al aula, les pondré la calificación que cada uno de ustedes crea justa. Y acto seguido le preguntó a un alumno: “Yo no sé si usted tenga vocación y voluntad para aprender, pero en caso de que tenga ambas cosas, ¿a qué calificación aspira?”. El alumno respondió que, por lo menos a un nueve. Y González Coiscou le dijo: “Ya tiene usted su nueve asegurado, y si en el curso de los semestres cambia de opinión y cree merecer un diez, tendrá usted su diez”. Interrogó a otra alumna: “Y usted, ¿a qué calificación aspira en esta clase?”. Respondió ella: “pues por lo menos a un ocho, profesor”, a lo cual le dijo: “Tiene usted su ocho asegurado. Únicamente les voy a decir una cosa en la que quiero que pongan toda su atención. Las calificaciones pueden o no demostrar sus aprendizajes, sus capacidades, sus méritos y, en general, su buena o mala formación. No seré yo quien los apruebe o los repruebe. A quienes no aprendieron nada, al final de los semestres, pero se creen merecedores de nueve o diez de calificación, yo no me opongo a ello… ¡y que los repruebe la vida!”.

“Ahora sí comencemos la clase (dijo). Yo no voy a faltar, a menos que me encuentre muy enfermo o muerto. Pero creí importante decirles esto porque ya no volveré a hablar de este tema y si alguien faltó hoy y viene a la siguiente clase, hagan el favor ustedes de informarle cuál será el método de evaluación”. Y, dicho y hecho, comenzó su cátedra. Lo que en un principio pudo parecerme una irresponsabilidad, me convenció de ser un gran ejercicio moral. No disminuyó mayormente la asistencia del número de alumnos, pero es verdad también que lo importante de ese preámbulo no quería decirnos otra cosa que cada cual es responsable de sus propias decisiones, lo mismo si miente que si dice la verdad, y que andar presumiendo que se obtuvieron buenas notas en ésta o aquella materia, no es garantía de que se haya aprendido algo, y la vida se encargará de reprobar al presuntuoso.

Absurda inconformidad
Recordé todo esto porque hace poco se viralizó la inconformidad, de una “influencer”: psicóloga, de 22 años, que produce contenidos sobre los cuales su propia familia se burla de ella en un chat. Y al verla, tan patética, como si fuera una menor de edad (una niña de cuatro o cinco años) carente de educación emocional, sin control ante la frustración, confirmé de inmediato que las universidades (y la escolarización en general) atraviesan por una crisis que va más allá de la falta de aprendizaje de la gente: los graduados no aplican ni las lecciones para las que se supone que están preparados, a fin de ayudar a quienes atraviesan por desestabilidad emocional, ni vale en tal caso el proverbio: “médico, cúrate a ti mismo”.

Es penoso lo que dice en el video, en una actitud completamente descompuesta y autocomplaciente, sin ningún control emocional, y todo por un absurdo que denomina bullying por parte de su familia, cuando resulta lógico que si te metes a las tecnologías digitales y a la pomposamente llamada “creación de contenidos” debes tener muy en claro que habrá quienes te feliciten (sincera o hipócritamente) y quienes te ridiculicen por considerar que lo que haces resulta fallido o patético. Lo que más sorprende es que esta joven con estudios de psicología no entienda para qué sirve la psicología.

Leemos en la información: “Ya estoy cansada, estoy cansada”, aseguró entre lágrimas, explicando que la situación ha escalado al punto de considerar una demanda. “Según explicó la también psicóloga, durante un tiempo ha sido blanco de comentarios, burlas y descalificaciones por parte de algunos integrantes de su familia, situación que, afirma, ha impactado de gran manera en su salud mental y emocional. Con más de 69 mil seguidores, dio a conocer que recientemente se había enterado de la existencia de un grupo familiar de WhatsApp, llamado La influencer de Temu del rancho, utilizado para burlarse de su carrera como creadora. Aseguró que busca poner un alto a este tipo de conductas, ya que son alrededor de 12 personas que comparten sus videos y fotografías en este grupo con el objetivo de realizar comentarios despectivos de su trabajo. La creadora agregó que este sería su último video, ya que no piensa seguir tolerando este tipo de gestos por parte de quienes esperaba un apoyo a su sueño: “Pensé que mi familia me iba a apoyar, que iba a compartir mis videos, pero nada”, lamentó.

Ahora más que nunca creo que el método de evaluación de mi profesor José Luis González Coiscou (que en realidad no aplicó de manera tan literal) era realmente un portento de sabiduría: “¡Que a cada cual lo repruebe la vida!”.

Juan Domingo Argüelles, poeta, ensayista y promotor de la lectura en México
Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista y lexicógrafo · Medalla Wikaráame al Mérito Literario 2025 | Web |  + posts

Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).

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