Lo dijo el poeta Salvador Díaz Mirón, en versos superiores a cualquier declaración política: “Sabedlo soberanos y vasallos, / próceres y mendigos: / nadie tendrá derecho a lo superfluo, / mientras alguien carezca de lo estricto”. Primera estrofa de su poema civil “Asonancias” mediante el cual el gran poeta veracruzano plantea un mensaje social sobre la justicia distributiva y la igualdad, aboga por el fin del egoísmo y la llegada de la equidad. A esta aspiración sí se le puede llamar una utopía y no a las obras superfluas que privilegian el circo por encima del pan y la mentira por encima de la justicia.
Esto viene a cuento porque la sociedad global y ciertos países en particular, entre los cuales destaca México, tienen gobiernos cuyos principios son la banalidad, el ocio, la diversión y el entretenimiento como forma de política pública, a fin de ocultar los gravísimos problemas que sufren los ciudadanos más sufridos. La estrategia de los emperadores romanos del pan y el circo, en un Estado lleno de injusticias, es lo que más les funciona a los gobiernos populistas de izquierda (porque también los hay de derecha).
Hace exactamente una década, Arcadi Espada entrevistó, para el diario El Mundo, al escritor español Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019), autor de obras tan importantes como El Jarama y Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado y merecedor del Premio Cervantes en 2004. Cuando Espada le preguntó sobre la corrupción, el terrorismo y la complicidad, en España, como en otros países y a nivel global, Ferlosio estalló: “¡Es que no suprimen nada! Todo pasa arrollando. Sobre todo, las diversiones, que hay una infinidad, más que nunca. Todo es diversión. El ocio es lo único. Estoy muy cabreado y desolado”.
Y agregó: “El estado de guerra es muy amplio hoy. Sudamérica, el desastre de la incompetencia retórica de ese payaso de Venezuela. La incompetencia de Argentina. La abundancia de payasos en nuestro mundo. El mismo Estados Unidos con Trump”. Lo cierto, concluyó, es que los gobernantes que son unos payasos consiguen que uno odie hasta a su propio país con su patrioterismo de pacotilla y su “identidad” que no es otra cosa que la demagogia al extremo porque ellos mismos no creen en esa identidad a la cual pisotean con sus corruptelas. “Es una palabra puramente simbólica” para quedar bien con la masa y su “soberanía”. Y cuando Arcadi Espada se refiere a la “identidad”, Ferlosio vuelve a encolerizarse y denomina a ese término una superstición: “La odio profundamente. Identidad personal, nacional, colectiva. No es más que un fetiche. No me cabe en la cabeza”.
Resulta sintomático que diez años después el politólogo y escritor argentino Agustín Laje argumente, de una manera inapelable sobre esa superstición de la identidad con la que las izquierdas en el poder les lavan el coco a quienes se dejan, y todo para que las y los gobernantes presuman su “popularidad” y su “índice de aceptación” que bien sabemos que no necesariamente tiene que ver con eficacia para gobernar ni mucho menos con honradez.
Explica Laje, a propósito de una mujer intolerante y fanática (por cierto, blanca) de la izquierda cavernaria que es incapaz de examinar, reflexionar y analizar lógicamente: “De hecho, lo más importante de la identidad no se autodetermina. Mi nombre, que es muy importante para mi identidad, yo no lo elegí; mi apellido, que es también muy importante para mi identidad, yo no lo elegí. Mi nacionalidad yo no la elegí. Mi año de nacimiento (y, en consecuencia, mi edad o mi generación), yo no lo elegí. Mi sexo yo no lo elegí, etcétera, etcétera. Lo más importante de mi identidad no lo elijo. Ahora, las cosas superfluas sí las elijo. Por ejemplo, el color de mi saco: yo no soy una persona de identidad de saco azul, pero en esto el poder zurdo y sus simpatizantes te mienten, porque quieren que creas que tu identidad está abierta a tu total elección, y eso no es así”.
Y concluye: “Segundo punto: ¿quién le dijo a esta señora que yo, por tener los rasgos que tengo, soy un privilegiado. Yo tuve cuatro trabajos para poder pagar mis estudios universitarios. Yo limpié hoteles, la mugre de los huéspedes, en doble horario, en dos hoteles. Salía de uno y me iba al otro, para poder estudiar. ¿Quién le dijo que yo soy un privilegiado de qué cosa? Que por ser blanco eso me hace privilegiado. Eso es racismo, pues equivaldría a decir que un negro tiene determinadas características sin conocerlo, sólo por ser negro, o que un judío tiene ciertas características negativas sólo porque es judío. Es el mismo esquema, solamente que es racismo cool [muy atractivo para los zurdos]”.
Ante las crisis, distracción
Hoy, la banalidad se ha globalizado gracias a la internet, con sus plataformas y herramientas, incluida la IA que, por supuesto, no es ninguna inteligencia (¡entiéndalo ya!), sino un banco de datos, elaborado por programadores, que resuelve dudas mediante los chatbots (dispositivos parlantes) que no son otra cosa que una fase superior del enciclopedismo. Y el ser humano global ya no lee libros realmente (los libros extraordinarios donde está preservada la cultura que nos hace reflexionar, el saber que llevó tantos siglos hasta llegar a nosotros, hoy, con el objetivo de evitar que seamos unos estúpidos), y si los lee son aquellos de diversión y entretenimiento: el ocio sin cultura, el ocio estéril. Pocos son los que asumen la realidad con la seriedad que merece, con la urgencia que necesitamos abordarla. (Antes, hasta el humor inteligente se tomaba en serio, como el de Groucho Marx.)
Todos los días (y no sólo por el Mundial) hay futbol en los medios y programas de “especialistas” en futbol que tienen tanta audiencia como los programas de variedades y chismes de farándula. El mundo se ha banalizado con ocio y entretenimiento, con diversión, incluso frente a las crisis más agobiantes y las tragedias más profundas.
La presidenta de un país imaginario no recibe a las madres y familiares que buscan a sus desaparecidos (135 mil; más que en cualquier otro), y, en cambio, ¡investiga el financiamiento que reciben las personas buscadoras, como si ese fuese el delito y no la inacción del gobierno! Pero no conforme con no recibir a las personas buscadoras de sus familiares desaparecidos, sale feliz en sus conferencias de variedades a celebrar el Mundial y presume en el balcón central del Palacio, ante un Zócalo pletórico, al grupo musical sudcoreano BTS (ancha la sonrisa de satisfacción) y ya en el colmo del ridículo, para una jefa de Estado, recibe a un pato (el pato Merlín) y a sus dueños, porque ese pato se ha vuelto viral en México por portar la camiseta de la selección mexicana de Futbol y de la FIFA. Y, ante las críticas por esa ridiculez, sale a decir que sí recibe a las personas buscadoras de sus seres desaparecidos, cuando en realidad ella jamás lo ha hecho y Google IA lo confirma:
“Representantes de diversas brigadas de búsqueda denuncian que la agenda presidencial les niega un diálogo abierto y directo para revisar la crisis de desapariciones en el país, siendo éste un contraste en la agenda: la indignación civil aumentó tras eventos en Palacio Nacional donde se dio visibilidad a personajes virales de redes sociales (como los dueños del pato Merlín), mientras que a los padres y madres que protestan a las afueras de los recintos oficiales se les canaliza exclusivamente con funcionarios secundarios. Hasta la fecha, no existen registros oficiales verificables, fotografías ni comunicados emitidos por los colectivos que confirmen que una brigada o movimiento de búsqueda estructurado haya sido recibido en persona por la presidenta de la República”.
La sociedad de la banalidad se caracteriza por gobernantes que no se ocupan de lo estricto, sino de lo superfluo, como bien lo supo el gran poeta Salvador Díaz Mirón.

Juan Domingo Argüelles
Poeta, ensayista, lexicógrafo y editor; también divulgador y promotor de la lectura. Es autor de "¡No valga la redundancia!" (2021), "El vicio de leer" (2022), "Más malas lenguas" (2023) y "Epitafios" (2024). Ha recibido el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura (2019), así como distinciones del INAH y del Gobierno de Quintana Roo (2024), y la Medalla Wikaráame al Mérito Literario en las Lenguas de América (2025).
Columna Campus: "Fabulaciones"
- Juan Domingo Argüelles
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