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Libros, lectura y grandes virtudes

Los escritores tienen la obligación de brindar calidad artística al lector, no de venderle "mensajes"

En La estupidez: ideologías del posmodernismo (1985), André Glucksmann (1937-2015), sentencioso y aforístico, escribe lo siguiente: “A los mortales que no se olvidan de que son mortales, los malos ejemplos les ilustran más que los buenos”. Por ello, que nadie crea que con catecismos de moral (ya que no de ética, puesto que la ética no acepta catecismos) y con libros de “mensajes positivos” se cambian las ideas y las acciones de las personas “dañinas” para convertirlas en positivas, nobles, benignas y benéficas.

Una década después de Glucksmann, André Comte-Sponville, en su Pequeño tratado de las grandes virtudes (1995) refuerza la sentencia del autor de La estupidez y, para rematar, se pregunta, y nos pregunta, con certera ironía lo siguiente: “Pensar las virtudes es medir la distancia que nos separa de ellas. Pensar sus excelencias es pensar nuestra insuficiencia o nuestra miseria. Es un primer paso, y quizá el único que se pueda pedir a un libro. El resto es vivir. ¿Cómo podría un libro hacer las veces de la vida?”

Sin embargo, en relación con esta pregunta, hay mucha gente, ilustrada inclusive, que está dispuesta a creer, por candor, ignorancia o soberbia (o todas estas cosas juntas), que un libro no sólo puede hacer las veces de la vida, sino que puede hacer mejor nuestra vida por el sólo hecho de haberlo leído. Ya es un discurso frecuente entre escritores y promotores de lectura del “positivismo de la izquierda”. A esos que creen en esta tontería, Comte-Sponville les advierte: “La reflexión sobre las virtudes no nos torna virtuosos”. Digámoslo como es: nadie puede trasladar su moral a los demás si no es por medio de la coerción: se dicta el comportamiento individual en la sociedad, y para quien no lo obedece están las sanciones que establecen las leyes.

En cuanto a la ética, ésta es cosa muy diferente: es la reflexión sobre lo que está bien y es positivo, y sobre lo que está mal, y es dañino, y, a veces (no hay que sorprenderse), ni los propios autores de esos libros ponen en práctica lo que pregonan como ideales positivos; mucho menos los profesores de la materia de Ética, entre los cuales no son escasos aquellos a quienes se acusa de algún comportamiento antiético, a veces bastante grave. Queda claro, entonces, que las personas no son más morales ni más éticas porque lean más libros moralizantes o de teoría ética. Tanto la moral como la ética no se aprenden en los libros de literatura o filosofía, sino en las costumbres, los usos, los hábitos y la capacidad de pensar críticamente sobre esas costumbres, esos usos, esos hábitos: sobre si están bien para el individuo y la sociedad o si son dañinos para ambos. Los libros sirven, por supuesto, a veces como inspiración, aunque no tanto como guía ni mucho menos como catecismos.

El catecismo religioso cristiano y los diez mandamientos (aunque en menor grado de fuerza, por supuesto) pueden hacer las veces del código penal (al distinguir pecados veniales y mortales), y nadie diría que se trata de obras literarias o artísticas: son lo que son: mandatos de comportamiento de acuerdo con una moral determinada. Los libros de moral (que, insistimos, no pertenecen a la creación literaria, aunque algunos crean que sí) tienen perfectamente establecido su propósito y su público; incluso los libros simplemente moralizantes son, por principio, doctrinarios, es decir de instrucción catequística. En cuanto a los libros de ética, son filosóficos, en sentido teórico, o no son nada.

Si alguien se propone cambiar el comportamiento de la gente mediante un libro o un documento de moralidad (de acuerdo, por supuesto, con su particular moral) es que no entiende nada de por qué una sociedad necesita regirse por un código penal desde los tiempos del rey de Babilonia, Hammurabi (1792-1750 a. de C.), que ordenó su escritura sobre un monolito, a fin establecer lo lícito y lo ilícito. He aquí, como ejemplos, tres de las leyes que contiene el Código de Hammurabi, un instrumento jurídico pionero y, como afirman los especialistas, técnicamente impecable: “Si un señor acusa a (otro) y presenta contra él denuncia de homicidio, pero no la puede probar, su acusador será castigado con la muerte”; “si un señor se entrega al bandidaje, y llega a ser prendido, ese señor recibirá la muerte”; “si la mujer de un señor es acusada por su marido, pero no se la sorprende cohabitando con otro hombre, pronunciará el juramento por el dios y volverá su casa”.

Dijo Borges que, si la religión no amenazara a los fieles con el infierno, nadie creería en ella. Del mismo modo, si la gente tuviera un comportamiento virtuoso, por el solo hecho de leer libros de virtud, no sería necesario el código penal. Bastaría con dar a leer “buena literatura”. Aunque, de todos modos, habría un problema: lo que es “bueno” para unos, no lo es para otros, y, sobre todo, lo que es “bueno” para los fines del poder casi nunca lo es para el beneficio de los ciudadanos. ¿Podemos estar seguros de que los integrantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación son siempre personas intachables? ¡Sabemos perfectamente que no, y hay sobradas evidencias de ello! Hammurabi también pensó en eso. He aquí la ley respectiva: “Si un juez ha juzgado una causa, pronunciado sentencia y depositado el documento sellado, y si, a continuación, cambia su decisión, se le probará que el juez cambió la sentencia que había dictado y pagará hasta doce veces la cuantía de lo que motivó la causa. Además, públicamente, se le hará levantar de su asiento de justicia y no volverá más; nunca más podrá sentarse con los jueces en un proceso”. El rey babilónico, como podemos ver, tenía incluso una mejor idea de la justicia y del derecho que los “justos” de hoy.

Pero el Código de Hammurabi, aunque interesante y hasta apasionante, pertenece al ámbito de la historia del derecho; en cambio, respecto a la literatura, es decir, a los libros de creación literaria, los peores son los que se caracterizan por transmitir “un mensaje” y por exigir a los lectores “un compromiso” en función de ese mensaje. Todos los libros con
“un mensaje” son libros que nada tienen que ver con el arte literario (aunque tengan las formas de novelas, poemas, dramas, comedias, cuentos, etcétera), de no ser por el hecho de usar el lenguaje literario para colocar ideas que el lector “debe adoptar para ser mejor”: siempre “para ser mejor”, aunque esa mejoría pueda ser cuestionable. Todas las obras “de tesis” constituyen una desviación del arte literario. En el periodismo, todos los días hallamos entrevistas a novelistas que “explican” su “propósito” al escribir y publicar su obra ¡Y hay propósitos que están de moda! Stendhal, Balzac, Flaubert y Borges se habrían reído un poquito con estas entrevistas a quienes escriben novelas “para convencernos de algo”.

La estética cumple con la ética cuando la calidad literaria de un libro es tan alta que alcanza el grado de la belleza que siempre es un bien necesario, porque constituye un beneficio para quien la aprecia. En Corriente alterna (1967), Octavio Paz sentenció: “La moral del escritor no está en sus temas ni en sus propósitos, sino en su conducta frente al lenguaje”. Por ello los libros “con mensaje” y “de tesis” son tan aburridos y faltos de belleza, en tanto que los libros bien escritos, maravillosamente resueltos en sus aspectos técnicos y estéticos, son tan apasionantes y atractivos que incluso en sus ideas nos seducen con sus valores artísticos y pueden convencernos de algo que descubrimos entre líneas, de lo que sus autores mismos no pretendían convencernos.

La idea de la obra literaria “con mensaje” (moral, pero también político) es lo que ha llevado a la literatura a la chapucería. El autor que pretende convencer de algo a sus lectores no es más que un predicador o un ideólogo que eligió la literatura como una cáscara para llenarla de humo. Y hoy abundan las cáscaras de libros llenas de humo que se venden muy bien, porque son muchos los que no saben distinguir entre la ideología y la literatura.

Acerca del autor

Juan Domingo Argüelles
Fabulaciones

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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