Lectura y falsa conciencia

México necesita una política editorial plural, verdaderamente inclusiva y que esté al margen de ideologías

Las políticas de lectura se hallan entre soldados promotores, falsos marxistas y una ausencia de interés por la verdadera inclusión.

1. Es necesario y urgente un resurgimiento de las librerías de barrio como entidades indispensables de gestión cultural de apoyo a la recomposición del tejido social, pero, como dice el refrán, ¿con qué ojos, mi divino tuerto? Abrir una librería de barrio, una pequeña librería en un pueblo, en una comunidad, en la colonia de una ciudad es una inversión más riesgosa que abrir un puesto de tacos. Las librerías independientes y de barrio son, sin duda, entidades importantes de gestión cultural para apoyar a recomponer el tejido social, del mismo modo que lo son las bibliotecas públicas (o deberían serlo), del mismo modo que lo son los cineclubes, las pequeñas galerías y hasta los restaurantes con jazz en vivo, pero ¿quién y cómo va a hacer esto? No hay apoyo gubernamental para este tipo de proyectos, porque tampoco hay presupuesto (el presupuesto, como ya hemos visto y dicho, /i>se lo llevó el tren, dizque maya, y se lo están comiendo las dos bocas de una refinería en Tabasco), y de esto no dicen ni Pío-López los funcionarios, militantes, simpatizantes y colaboracionistas “culturales” de la 4T, porque, además están más ocupados en “desactivar colectivos” de artistas que en apoyarlos. Eso sí, en teoría los funcionarios cobran por apoyar a los artistas; en la práctica, sus salarios que devengan son por “desactivarlos” o, lo que es lo mismo, por desaparecerlos. A eso le llaman, orgullosamente, sin pena, “estrategia de política cultural”.

2. La disminución de la pandemia ya permite la actividad de promoción presencial, paralelamente a las herramientas digitales y las plataformas de internet para servir como un gran refuerzo para compartir y fomentar la lectura. La pandemia, aunque ya prolongada, es transitoria; de tal forma, cuando ya ha pasado su mayor gravedad, hay que regresar a las dinámicas presenciales y recuperar el tiempo perdido. Una cosa es cierta: así como las editoriales y las librerías sólo resurgirán de su terrible crisis con la publicación, exhibición y venta de los libros físicos, asimismo, la promoción y el fomento de la lectura únicamente volverán a tener éxito, y sentido, al regresar a las dinámicas presenciales. Quien crea lo contrario es porque no conoce cómo funciona la perdición de la lectura: las pantallas están bien para apantallar, pero no exactamente para leer, perdidamente, libros.

3. Hay quienes hablan y escriben, desde el gobierno, de “ejércitos de promotores de lectura”; cosa gravísima en un país cada vez más militarizado. Hay que evitar este término bélico, porque entonces, sí, definitivamente, y hasta por internet, “los libros van a entrar como las nuevas balas de un proceso liberador”, en palabras del pistolero Paco Ignacio Taibo II. Los lectores de la ideología pseudomarxista (ya que no marxista, porque el pensamiento de Karl Marx no es cualquier cosa) siempre ven en los libros balas que exterminan, que liquidan y extinguen a quienes no piensan ni actúan como ellos. Esta cursilería belicista de que “la poesía es un arma cargada de futuro” (Gabriel Celaya dixit), un buen poeta lo hubiera resuelto con mayor rigor estético: “la poesía es un alma que avanza hacia el futuro”. Por ello, abandonemos el lenguaje de los amantes de las balas y las pistolas. Pero, sí, sin duda, a través de las redes sociales de internet y con el apoyo de las nuevas tecnologías podemos unirnos en colectivos promotores y fomentadores de la lectura que fueron utilísimos durante la etapa pandémica más grave. En el caso de México, en particular, esto es urgente, debido a la ineptitud y a la demagogia de las autoridades (in)competentes: porque lo que les compete, es decir lo que les atañe y a lo que están obligados, puesto que por ello cobran, lo hacen con ineptitud, ignorancia, torpeza y, en no pocos casos, con mala voluntad.

4. A la pregunta ineludible de cómo atender las necesidades del libro y la lectura en un país multiétnico, plurilingüe y de grandes contrastes socioeconómicos, mi respuesta es razonable y sencilla: llevando a cabo una política editorial, con el apoyo del Estado, es decir, con la figura de la coedición, que publique, distribuya y divulgue libros en lenguas indígenas. Pero no sólo esto, también en ediciones bilingües y multilingües, y libros en braille y audiolibros. La obligación del Estado es hacer llegar los libros, accesible y asequiblemente, al mayor número posible de potenciales lectores, y también otros materiales que se derivan de los libros, para públicos a quienes no les funcionen los libros físicos tradicionales en papel o los libros digitales o e-books. Sin el apoyo del Estado esto no es factible, porque para ello se necesita inversión cultural que no es otra cosa que “dinero para la cultura”, como bien lo dice Gabriel Zaid, y cuidar que ese “dinero para la cultura” se utilice adecuadamente y no para publicar guías morales, sino obras culturales que transformen el espíritu y el intelecto de las personas. La industria editorial privada (especialmente las editoriales medianas y pequeñas) no puede hacer esta tarea sin el apoyo de la inversión cultural pública, pues son materiales para poblaciones y públicos especiales y específicos que nunca han estado bien atendidos ni educativa ni culturalmente y a los que se adoctrina con lo peor de la cultura escrita.

5. Luego tenemos los temas de la inclusión y la pluralidad. Ser inclusivos no tiene nada que ver con pauperizar la cultura en nombre de la llamada “tolerancia”. Hay algo muy sencillo que se llama respeto, más que tolerancia, porque el concepto “tolerancia” implica por sí mismo que, aunque no estemos de acuerdo con los demás, no les mostramos respeto ni mucho menos empatía (esta palabra que tanto hace rabiar al presidente de México, cuyo escaso vocabulario ya llega a extremos preocupantes), sino indulgencia y disimulo. Respetar a todos en una sociedad resolvería muchos problemas, especialmente en un país, el nuestro, dividido, escindido, polarizado por el odio ideológico que trajo consigo la política de un gobierno que, para vencer, tuvo que dividir incluso familias, ya no digamos acabar con amigos ni amistades. El odio dividió al país y los que incendiaron este odio todavía continúan con la misma estrategia. Respetar a los demás no es “soportarlos”, sino reconocer sus derechos a pensar, actuar y ser diferentes. Pero da la casualidad de que hoy los que ganaron una elección presidencial piensan que ganaron el derecho a apropiarse del país y a marcar una sola vía: no respetan a quienes no piensan ni actúan como ellos, y se han dado a la tarea de insultarlos, incluso desde la más alta tribuna del poder ejecutivo; natural es que, imitando al patrón, lo hagan también los subordinados. El director general del Fondo de Cultura Económica, por ejemplo, tildó de apátridas a ciertos intelectuales a quienes detesta, y los conminó a buscarse otro país, nada más porque él, para su fortuna, y conveniencia, tiene dos: uno, donde nació, y otro que lo recibió solidariamente y lo convirtió en uno más entre los mexicanos a los que ahora él, sin empacho, pretende hacer menos y hasta desterrarlos porque piensan distinto a él y porque no coinciden con la sacrosanta ideología de la Cuarta Transformación.

6. Una política editorial debe ser plural e inclusiva, y, por encima de todo, de gran calidad estética e intelectual, al margen de ideologías. ¡Qué tan negativa es la ideología que el propio Marx la definió como “la falsa conciencia”!, y es gracioso que hoy tengamos “marxistas” furibundos que no han leído a Marx: no ya digamos a Karl, sino ni siquiera a Groucho, ese otro genial Marx que también sabía de lo hablaba y escribió: por ejemplo, “a un hombre no le importa pagar cuatro o cinco dólares por un par de pantalones, pero lo pensará mucho antes de emplear la misma suma de dinero en un libro”; el mismo que dijo: “La televisión es muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”.

Sobre la firma
Fabulaciones | Web

Poeta, ensayista, editor, divulgador y promotor de la lectura. Sus libros más recientes son Por una universidad lectora y otras lecturas sobre la lectura en la escuela (Laberinto, nueva edición definitiva, 2018), Las malas lenguas: Barbarismos, desbarres, palabros, redundancias, sinsentidos y demás barrabasadas (Océano, 2018), La lectura: Elogio del libro y alabanza del placer de leer (Fondo Editorial del Estado de México, tercera edición, 2018), Escribir y leer en la universidad (ANUIES, 2019), La prodigiosa vida del libro en papel: Leer y escribir en la modernidad digital (Cal y Arena/UNAM, 2020) y ¡No valga la redundancia!: Pleonasmos, redundancias, sinsentidos, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español (Océano, 2021). En 2019 recibió el Reconocimiento Universitario de Fomento a la Lectura, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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