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2 de Octubre: Entre el dolor de la memoria y la exigencia de la paz

Cada 2 de octubre, México recuerda la represión del movimiento estudiantil de 1968, una herida histórica cuyo saldo de víctimas aún no está plenamente esclarecido. La coincidencia con el Día Internacional de la No Violencia invita a mirar aquella fecha desde otra perspectiva: la resistencia pacífica no significa silencio ni pasividad. Recordar, exigir verdad y mantener viva la memoria también son formas de enfrentar el abuso de poder y evitar que el olvido cierre una historia que aún reclama justicia
La no violencia no consiste en callar, sino en negarse a darle la última palabra al silencio.

Para los mexicanos, el 2 de octubre resuena en nuestra conciencia histórica como una fecha cargada de dolor y el recuerdo de un autoritarismo que todavía no logramos dejar atrás. Al mismo tiempo, el mundo lo conmemora como el Día Internacional de la No Violencia. La paradoja es inevitable: un mismo día nos invita a no olvidar los peligros del abuso de poder y, a la vez, a reconocer la fuerza de la resistencia civil.

Las Naciones Unidas eligieron esta fecha porque coincide con el nacimiento de Mahatma Gandhi, una de las figuras más emblemáticas de la búsqueda de la paz y de la desobediencia civil. Su filosofía, basada en el principio de ahimsa (no causar daño a ningún ser vivo), lo llevó a encabezar una lucha pacífica, valiente y activa, que buscaba la independencia de la India frente al Imperio británico sin recurrir a las armas, usando como herramientas la exposición de la verdad y el diálogo.

Resulta difícil no ver en el movimiento estudiantil de 1968 algo de ese espíritu. Jóvenes que tomaron las calles exigiendo la liberación de los presos políticos y el respeto a las libertades civiles, y buscaban resolverlo en un diálogo público. Con banderas rojinegras marcharon gritando consignas y luego en silencio, como aquella tarde del 13 de septiembre. La respuesta del Estado, apenas unas semanas después en la Plaza de las Tres Culturas, fue exactamente la contraria a esa resistencia pacífica.

Que ambas conmemoraciones coincidan en el calendario no es solo una casualidad: nos recuerda que la no violencia no es pasividad, y que quien la ejerce suele pagar un precio alto frente a un poder que no está dispuesto a escuchar. Los hechos ocurridos el 2 de octubre son ampliamente conocidos, pero al día de hoy, el número de muertos sigue sin esclarecerse. Las cifras oficiales hablaron de unas cuantas decenas, pero testigos, periodistas e investigaciones posteriores apuntan a muchos más. Diez días después, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz inauguró los Juegos Olímpicos ante el mundo como si nada hubiera ocurrido.

Lo que siguió fue el silencio. La mayoría de los periódicos repitieron la versión oficial, la que hablaba de un enfrentamiento provocado por francotiradores y agitadores, y durante años el tema se trató casi como un asunto prohibido. Fueron los sobrevivientes, las familias, algunos periodistas y escritores quienes se encargaron de mantener viva la memoria, y de ahí nació una consigna que se repite cada año en las calles: «2 de octubre no se olvida». Ya en este siglo, se creó una fiscalía especial para investigar los crímenes del pasado, e incluso, el expresidente Luis Echeverría, secretario de Gobernación en 1968, llegó a ser acusado de genocidio, proceso que terminó sin condena. La justicia, en el sentido pleno de la palabra, nunca llegó.

Por eso la coincidencia con el Día Internacional de la No Violencia resulta tan significativa. La resistencia pacífica que defendía Gandhi busca exhibir la injusticia hasta volverla insostenible, y eso es, en el fondo, lo que ha hecho la memoria del 2 de octubre durante más de cinco décadas. Recordar, nombrar y exigir la verdad sin recurrir a la violencia sigue siendo una forma de resistencia frente a un poder que prefiere el olvido, o una administración que alude al viejo recurso de “no fuimos nosotros”. Quizá la mejor manera de honrar ambas conmemoraciones sea entender que la no violencia no consiste en callar, sino en negarse a que el silencio tenga la última palabra.

Michelle Nájar Castilla
Profesora de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno at Tecnológico de Monterrey |  + posts

Profesora de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey

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