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La vuelta del tiempo

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Hace 110 años se cocinaba la primera guerra mundial. En la actualidad, tristemente, la violencia continúa.

Que es la vida sino el breve suspiro de un sueño 
avanzamos claros hacia nuestra última hora 
luego vendrá la tierra y tocaremos el cielo 
la vida para nosotros será solo polvo y luz 
instante luminoso como el de la foto
junto al legado de tu nombre 

Así dice el poeta, pero a pesar de la comprensión de lo efímero de la vida, hoy escuchamos con mayor vehemencia sonar las trompetas que convocan a la muerte, desde la pandemia una nube obscura se alzado en nuestra atmósfera, hoy día los conatos de un conflicto bélico de gran escala se desenvuelven con sus imágenes de tanques de guerra y poblaciones en zozobra.

Sabemos que organismos internacionales como la ONU o la Unesco fueron creadas después de la Segunda Guerra Mundial con el propósito de mantener un orden y equilibro en el globo. Sabemos también que estos organismos han tenido un sesgo preponderantemente occidental.

Actualmente la Unesco, plantea que la construcción de una cultura de paz y desarrollo sostenible es uno de sus objetivos principales. “La formación y la investigación para el desarrollo sostenible están entre sus prioridades, así como la educación para los derechos humanos, las competencias en materia de relaciones pacíficas, la buena gobernanza, la memoria del Holocausto, la prevención de conflictos y la consolidación de la paz”.

Sin embargo, estos principios valen poco o nada cuando -previo calculo de la sangre derramada (propia y ajena)- se ha decidido escalar un conflicto a las armas. Desde la escuela -en el mundo en general y en México en particular- los sistemas educativos han procurado impulsar una cultura para la paz y el desarrollo, pero como sabemos es la sociedad la que hace a la escuela y no la escuela la que hace a la sociedad.

Sabemos que todas y todos nacimos para morir, que la vida y la muerte coexisten en concubinato eterno, pero en el medio, se espera que la vida florezca, no sin vicisitudes, o sin tropiezos, pero sí con la esperanza fecunda de caminar por el mundo y aportar desde la carpintería o desde el laboratorio, desde la técnica, la ciencia o el arte, aportar un granito de arena a la vida.

Los tiempos aciagos de espanto y cieno cubren con sus negros heraldos este momento. La violencia siempre representará la derrota de la cultura y del entendimiento. No basta que un mandatario guste de la música de cámara o hasta sepa tocar el piano para que deje reposar en el almacén los misiles y a los soldados en el cuartel. No basta.

Hace 110 años se estaba cocinando la primera guerra mundial, mientras México vivía en la revuelta y el desorden: fermentaba nuestra Revolución. En la rueca del tiempo, hoy día tenemos un contexto que en algo se le parece. En casa, en nuestros terruños, sin estar peleados con nadie externo, la violencia deja su reguero de sangre.

El fusilamiento
Hace más de cien años era la costumbre, traidores y patriotas pasaron por las armas en su último momento, no fue la excepción Melchor Ocampo, quien le diera su nombre al estado de Michoacán de Ocampo.

Don Melchor fue fusilado en 1861, antes de conocer la muerte, Melchor Ocampo realizó su testamento donde reconoció como hijas legitimas a quienes tuvo con su -en otrora- nana, Ana María Escobar. Según nos cuenta Ángel Pola, en un artículo publicado en 1906 en la revista “La enseñanza primaria” dirigida por el maestro Gregorio Torres Quintero, Melchor Ocampo fue llevado de Maravatío a Tepeji del Río para este propósito. Al preguntársele al Sr. Ocampo si se confesaba, contestó:

Padre, estoy bien con Dios, y Él está bien conmigo.

Es decir, al fusilar a un enemigo, se le permitía confesarse y hacer expedito su testamento. Lo que sucedió en San José de García, fue una masacre, no un fusilamiento. México como el mundo tienen que trabajar con ahínco para recuperar la paz que se ha perdido. A la vuelta del tiempo sabemos que nuestros actos vuelven, lo que hacemos hoy, bajo este cielo, reverbera en la eternidad como abrigo.

Héctor Martínez Rojas
PERIODISTA

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