Recordamos al destacado escritor mexicano cuya pluma dominó varios géneros y estilos
“Todo lo que has perdido, me dijeron, es tuyo”
JEP
Decía que para él era indistinto escribir prosa que poesía, aunque lo más famoso de su obra es sin duda Las batallas en el desierto. Incluso el grupo de rock mexicano Café Tacvba hizo una canción en honor a esta novela corta; es por demás simpática la anécdota donde José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis asisten a un concierto de esta agrupación, a invitación de los tacvbos: “dos cabecitas blancas” entre un mundo de jóvenes, recordaba en entrevistas que, por cierto, no le gustaban de nada a nuestro autor del día de hoy.
Nació el 30 de junio de 1939, como reportero, me tocó atestiguar la recepción del doctorado Honoris Causa que le otorgó la Universidad Nacional y hacerle una de esas entrevistas que no le gustaban. Se formó como escritor mientras dirigía la Revista de la Universidad Nacional; estudió ahí mismo, ya en la tercera edad le sorprendía que no fuera reconocido justamente como un universitario, como puma, pues.
Impartió por todas partes una cantidad innumerable de clases y conferencias sobre literatura, pero su cercanía —amor diría— con los jóvenes era irrenunciable, él era absolutamente modesto, pues no hablaba desde la atalaya del escritor consumado sino desde la curiosidad ¿qué les inquieta hoy a los jóvenes?, se preguntaba constantemente.
En otra ocasión, en la Rectoría de la UAM, la “Casa abierta al tiempo” le otorgaba el doctorado Honoris Causa al economista Rolando Cordera y a la editora Neus Espresate; José Emilio había sido invitado para dirigirles unas palabras, recordemos que gran parte de su obra fue publicada por Ediciones Era; bien, al terminar el evento, como abejas a la miel, puñados de jóvenes se acercaban al autor de “El principio del placer”.
Eran tantos que, José Emilio rodeado, dijo: a ver, vamos a sentarnos por aquí, nos fumamos un cigarro y me cuentan todo lo que me quieran contar. Y más que contarle cosas, lo asaltaban con dudas, qué leer, cómo ser buen escritor, dónde publicar. José Emilio atendió casi hasta el último joven con dudas, su generosidad era tan grande como su eminencia.
Decir que fue un hombre comprometido con su tiempo es una ambigüedad que apenas puede esbozarlo, decir que fue un “hombre de su tiempo”, peor todavía; él decía “imposible decir que fue “mi” tiempo / el tiempo no es de nadie: somos suyos”; así que mejor leerlo:
“Ya todos saben para quién trabajan”
Traduzco un artículo de Esquire
sobre una hoja de la Kimberly-Clark Corp,
en una antigua máquina Remington.
Lo que me paguen irá directamente a las arcas
de Gerber, Kellogg’s, Procter and Gamble, Nabisco, Heinz,
General Foods, Colgate-Palmolive, Gillette
y California Packing Corporation.
Quizá su poema más conocido es “Alta traición”, aquel donde reconoce que no ama a su país, pero daría la vida por tres o cuatro ríos, cierta gente, puertos y bosques, fortalezas o una ciudad deshecha. Pero escribió de todo, cuento, novela, artículos, poemas. En la entrega anterior vimos como algunos de esos artículos publicados en “Inventario” para la Revista Proceso, bien pueden tomarse como pequeñas obras de teatro.
Su poema sobre lo sucedido en octubre de 1968 en Tlatelolco es fulminante por la luz que le da a imágenes devastadoras. Pero la intención es deliberada, sacudir conciencias: ya vieron, ya vieron como nos estamos devastando, pareciera preguntar al lector. Sus poemas, por ejemplo, no le gustaba leerlos en voz alta al estilo de un recital. Pacheco apreciaba más el vertiginoso silencio que se produce en el encuentro entre el poema y el lector como una complicidad que le da sentido a la imaginación, pues por un momento es el lector el que le da voz a los versos.
El bestiario, la animalia es una veta no tan conocida de nuestro autor. En ella nos habla del santuario de las caracolas, de la noche que brota de los labios del pulpo, de la mudez de la ostra y su silencio subacuático, de la inmortalidad de los cangrejos y de nuestros antepasados los peces, habla de nosotros y de cómo al destruir nuestro medio, nos destruimos a nosotros, escribe de la esperanza y la desesperanza de nuestra especie.
Inventario se dice rápido, pero fueron 40 años, más aún, representan la peligrosa lealtad con Scherer en su transición de Excelsior a Proceso, eran otros tiempos, ahora pareciera que… bueno, ustedes saben en qué guerra estamos. Pacheco, por cierto, estaba a favor de la legalización en detrimento del crecimiento de la violencia. Ya en la edad con canas, decía que estaba encorvado por un mal profesional, escribir y leer todo el tiempo, pero antes de esas canas, con su pluma escribió:
Luz y silencio
Todo lo que has perdido, me dijeron, es tuyo.
Y ninguna memoria recordaba que es cierto.
Todo lo que destruyes, afirmaron, te hiere.
Traza una cicatriz que no lava el olvido.
Todo lo que has amado, sentenciaron, ha muerto.
No quedó ni la sombra, se acabó para siempre.
Todo lo que creíste, repitieron, es falso.
Se hundieron las palabras con que empezó tu tiempo.
“Mi experiencia no sirve de nada, porque todo lo que viví sucedió en un mundo que ya no existe” decía en una conferencia en la UNAM en 2011, pero nosotros estamos seguros de lo contrario. Los muertos viven en la memoria de los vivos, decía Cicerón -quizá en un día estoico- hasta donde esté el gran JEP, un abrazo.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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