Después de haber obtenido gran éxito con su más popular Fausto, Charles Gounod (París, 1818-Saint-Cloud, 1893) escribió ocho óperas más, de las que solo Mireille y Romeo y Julieta fueron recibidas con entusiasmo por el público. La idea de musicalizar una de las tragedias más conocidas de Shakespeare le obsesionó desde muy joven, después de haber escuchado la sinfonía dramática homónima de su coterráneo Hector Berlioz; pero se concretaría hasta casi treinta años después, ya en su plena madurez musical, a partir del mismo libreto de Felice Romani que antes había musicalizado Bellini. Sin embargo, sus antiguos colaboradores Jules Barbier y Michel Carré, los mismos libretistas del Fausto, simplificaron la historia original y eliminaron personajes secundarios, reduciendo la trama a sus elementos esenciales. Más acorde a la época, su atención se centra ahora en el trágico romance adolescente y añade elementos específicos para hacer el libreto más operístico, como una escena nupcial en la cual Julieta se desmaya dramáticamente.
Interpretado el Romeo por una amplia variedad de tenores de prosapia (desde el sueco Jussi Björling hasta nuestro Paco Araiza), la presente reposición de esta ópera en el Teatro Real de Madrid nos recuerda ––estuvo aquí ausente por más de un siglo––, a manera de homenaje a un año del centenario de su natalicio, que el canario Alfredo Kraus (Las Palmas, 1927-Madrid,1999) hizo de este personaje, a la vez noble e intrépido, valiente e intempestuoso, uno de sus roles estelares y un modelo a seguir. Y lo convirtió en paradigma de impecable canto, caso insólito, ya cumplidos los cincuenta años, no porque su voz fuera la más poderosa, ni la más extensa, ni la más deslumbrante en agudos, sino porque su interpretación era mucho más que una representación. Más allá de ser la materialización de una idea cabal del “arte lírico”, su canto aquí no se imponía, sino seducía, sin apelar al asombro, sino al reconocimiento. Kraus no cantaba para Romeo, sino desde él, como si el joven montesco hubiera aprendido a amar no con el corazón, sino con la garganta: con pulso, con pausa, con intención. Caso curioso, el mismo Kraus nunca la cantó aquí, sino en el Teatro de la Zarzuela, después de haber triunfado en casas de ópera americanas con el rol.
Con una puesta en escena más bien polémica del actor y director francés Thomas Jolly, esta más que tardía reposición de Romeo y Julieta , de Charles Gounod, ha terminado por afectar de igual modo un no del todo categórico triunfo musical y vocal. Acostumbrados ya a montajes en el Teatro Real casi siempre circulares, por lo que se ha puesto entre las casas de ópera más regulares, en esta ocasión el francés ha apostado más por la aquí injustificada provocación, sometiendo la propia estructura teatral/operística —ya no como texto, sino como mito escénico-musical— a una mise-en-scène que no ilustra la historia, sino que la desmonta con ironía postmoderna, con gesto ceremonial, con estética de grand spectacle y, al mismo tiempo, con una cierta vacuidad afectista. Con incuestionables hallazgos visuales, con números de baile bien logrados, con una mecánica teatral orgánica y congruente a partir de diseños de escenografía e iluminación vistosos, sin embargo, ha terminado por perder el rumbo entre la parafernalia y lo sobrecargado, para acabar muchas veces con guiños de humor hasta involuntario que ha ido en detrimento de la armonía escénica y hasta de los propios intérpretes.
En materia vocal, la soprano norteamericana Nadine Sierra ha sido quien se ha llevado los mayores aplausos y ha salido mejor librada. Casi a contracorriente con la excéntrica propuesta escénica, no cantó su Julieta, sino que la encarnó como posibilidad trágica. Su </>Ah! Je veux vivre no fue una exhibición de agilidad, sino una escena de iniciación: la de una joven que descubre su deseo no como simple anhelo, sino como acto de libertad, y por ende, como gesto político. Su aquí festejado timbre oscuro, casi terroso, que en su caso no es rasgo técnico sino una decisión estética, ha hecho de su Julieta no una niña ingenua, sino una mujer consciente de su fin, voluntariosa, y su voz lo anuncia desde su entrada. ¡Aquí, una gran diva en plenitud!
Javier Camarena, en cambio, nos ofreció un Romeo con altibajos y sobre todo con el que creo no se sintió del todo cómodo, si bien gracias a su impecable técnica y con pundonor terminó por sacar a flote. Con una falta de brillo en sus agudos otrora improbable, quizá por cansancio, por sobrecarga de trabajo, y siendo su devoto admirador desde que nos deslumbró con sus impactantes Tonio de La hija del regimiento, de Donizetti, y Arturo de Puritanos, de Bellini, en el más puro y esplendente belcantismo, creo que nuestro ahora mismo primer tenor tendrá necesariamente que reflexionar y replantearse su carrera, quizá siguiendo la lección precisamente del citado Kraus, que dio cátedra de qué y cuándo cantar los personajes acordes a su tesitura y a la evolución natural de su magnífico instrumento canoro. Estudioso y sensato, como sabemos que es, no tengo duda alguna de que estará en ello.
El ya conocido Carlo Rizzi volvió a mostrar sus credenciales con la Orquesta y el Coro del Teatro Real, si bien la partitura también pareciera haber sido extrapolada al sacarla de su contexto original y ponerla al servicio de una actualización no del todo justificada. Las otras voces convocadas cumplieron sin mayor lucimiento de ninguno en particular. Al lado de otras muy exitosas producciones anteriores en este gran teatro de abolengo, este Romeo y Julieta, de Charles Gounod, ha dejado más bien que desear. Ya no estando en Madrid, me he quedado con enormes ganas de oír y de ver el siguiente y ahora mismo en cartelera El Trovador, de Giuseppe Verdi, con la primera soprano rusa Anna Netrebko.

Mario Saavedra
Actor —protagonista de Crónica roja, de Fernando Vallejo, papel por el que obtuvo una Diosa de Plata—, es autor de varios libros y colaborador del Suplemento Campus y de otros medios culturales. Ha sido editor, funcionario cultural, docente universitario y gestor cultural.