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Votar en blanco no es tibieza: apuntes sobre un derecho inalienable

En medio de una creciente polarización política en América Latina, el voto en blanco emerge como una expresión legítima de participación democrática. A partir de una reflexión, el autor analiza el valor del voto como un derecho autónomo y la importancia de reconocer el disenso dentro de las democracias
Que el voto en blanco es una abstención disfrazada no es más que un mito.

“…El voto en blanco es una manifestación de ceguera tan destructiva como la otra,
O de lucidez, dijo el ministro de justicia.”
José Saramago, Ensayo sobre la lucidez

Una vez concluidas las elecciones en Chile, Perú y Colombia, la lectura más evidente que queda no es otra que la realidad de profunda división que afecta a toda la región. Aunque en todas estas elecciones ha sido reiterado el triunfo de la derecha, esta no lo ha hecho en ningún caso con marcada mayoría. En estos países, así como en Argentina y Ecuador, el electorado se ha manifestado en dos posiciones muy contrarias y con márgenes de diferencia muy estrechos. Las campañas destacaron por antagonizar la posición contraria, anulando y casi erradicando la posición del centro político. Por medio de redes sociales, el mensaje era claro: el que no está conmigo está contra mí. Con ese tono categórico, el discurso es una mera reducción de la otredad como el enemigo al cual enfrentar, y no hacerlo (votar) es casi una arremetida contra la sociedad.

En la actual cultura de masas, el análisis de decisiones verdaderamente trascendentales demanda que estas sean adaptadas, simplificadas y comercializadas. Sin embargo, ese ejercicio de traducir a un lenguaje accesible la discusión por la democracia puede ser útil para explicar la relevancia del voto como derecho fundamental. En este sentido, la película Sunshine de Danny Boyle y escrita por Alex Garland ofrece una muy valiosa parábola pop sobre el derecho al voto.

En un momento crítico de la misión Icarus II, encargada de salvar al Sol, la tripulación, diezmada por una serie de desastres en medio del espacio, descubre que la nave solo cuenta con oxígeno para cuatro de los cinco tripulantes a bordo. Ante ello, deciden someter a votación el sacrificio del tripulante a quien atribuyen, por simple exclusión, el sabotaje del que son víctimas. Es entonces cuando Cassie, una de las tripulantes, se opone a semejante recurso y expresa de manera bastante diciente el valor de su voto: «Conozco el argumento. Conozco la lógica. Dices que necesitas mi voto. Yo digo que no puedes tenerlo» (I know the argument. I know the logic. You’re saying you need my vote. I’m saying you can’t have it).

Tan sencillo y profundo como eso: Cassie conoce la lógica del argumento que se le impone, y aun así no concede su voto. La escena revela que el voto, cualquiera sea su sentido, es una decisión autónoma e inalienable: nadie (ni la mayoría, ni la urgencia, ni la utilidad) puede disponer de él en lugar de su titular.

Es aquí donde la parábola cobra especial relevancia. Aunque en la política la abstención también es una elección, el voto en blanco no es una abstención disfrazada: es un acto político tan relevante como el voto por cualquier candidato o reforma. Quien vota en blanco muy seguramente lo ha hecho informado, ha cumplido con el ritual democrático y ha emitido de manera manifiesta un juicio: «Ninguna de las opciones propuestas merece mi voto». Y eso no es tibieza; es, al contrario, un pronunciamiento deliberado con mucha más convicción que el voto por inercia partidista o la elección por el menos lesivo de los males.

Tal es la importancia del voto en blanco que dos de los países previamente mencionados le reconocen un carácter vinculante. En Colombia, el voto en blanco ordena la repetición de las elecciones en el caso en que alcance la mayoría absoluta (más del 50 % de los votos válidos). Con ello, la elección debe repetirse por una sola vez, a la vez que se configura un veto a los candidatos: en la nueva jornada electoral, ninguno de los candidatos previos puede volver a postularse. En Perú, el voto en blanco determina la anulación del proceso si la suma de los votos en blanco y los votos nulos supera los dos tercios (66.6 %) de los votos emitidos.

Pero más allá de si es vinculante o no, el voto en blanco merece ser reconocido y respetado como una manifestación de la voluntad electoral. De nuevo, el voto es un derecho, y como tal no puede ser reprochado ni reclamado cuando se ha expresado a través de una opción tan importante como el voto en blanco. Que quede claro: el voto en blanco no suma a nadie. Aun cuando en Colombia esta opción alcanzó los 400 000 votos y la diferencia entre los dos primeros candidatos fue menor que esa cifra, suponer que esos votos «pertenecían» a alguno de ellos es una falacia: nada garantiza que, de no existir la opción en blanco, esos electores hubieran votado por el candidato que el crítico prefiere, y no por su rival o por la abstención. Pretender que todo voto debía caer en la columna de uno u otro candidato sería reducir el ejercicio electoral a un plebiscito binario permanente.

Y es que el ejercicio electoral no debe ser binario. El voto en blanco ofrece la posibilidad de disentir de todas las opciones presentadas. Es una oposición no solo válida, sino necesaria para ponderar la legitimidad de la elección en una contienda electoral. Por lo tanto, ya está bien de pensar la elección a través de la fórmula del voto útil. La realidad de América Latina se presenta bastante polarizada como para insistir en el uso del voto como un vector hacia una figura de mayorías simples. Esto solo traduce toda elección en una suerte de chantaje permanente donde los partidos nunca tienen incentivos para mejorar su oferta, porque saben que el miedo garantiza el voto. El voto en blanco rompe ese equilibrio perverso: es el único mecanismo por el cual el electorado puede exigir mejores candidatos sin premiar a nadie.

Por ello insisto: mi voto es mi derecho, y lo ejerceré no para favorecer un lado u otro, sino con la responsabilidad de elegir la propuesta que más se alinee con mi pensamiento y mis valores. Si ninguna lo hace, entonces mi voto será en blanco.

Lucas Martínez Villalba Mejía es profesor de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey

Lucas Martínez Villalba Mejía
Profesor de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno at Tecnológico de Monterrey |  + posts

Profesor de la Escuela de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey

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