A la memoria del gran lorquiano Manolo Montoro
Encontrándome con mi querida esposa Susana en la maravillosa Granada que alberga ese inigualable gran patrimonio de la humanidad que es La Alhambra, no he podido dejar de reflexionar en que el próximo 18 de agosto se conmemorará el 90 aniversario luctuoso del enorme poeta y dramaturgo andaluz Federico García Lorca (Granada, 1898-1936), figura señera de la Generación del 27. La personalidad literaria española de mayor renombre universal del siglo XX, por la inconmensurable calidad de su polifacética obra, por su seductora personalidad e incluso por las repercusiones varias de su trágica muerte a manos del franquismo, lo cierto es que pocos escritores siguen tan vigentes como él.
Todo lo que envuelve el nombre y la figura de García Lorca ha contribuido de igual modo a mitificar la imagen de tan excepcional escritor, vivo sobre todo en función de su talento y de la calidad indiscutible de su tan variada como original obra. Genio precoz e inusitado, desde muy joven comenzó a expresar su de igual modo manifiesta sensibilidad en los más diversos campos: la música, bajo la influencia de su maestro y cercano amigo gaditano Manuel de Falla (que igual decidió vivir en Granada y aquí tiene su hermosa Casa-Museo); el dibujo, terreno en el cual llegó a organizar una importante exposición en las Galerías Dalmau de Barcelona, incentivado por su también entonces cercano amigo (más tarde polarizados por el asqueroso coqueteo del pintor con la Dictadura) Salvador Dalí; y desde luego la literatura, sobre todo en los géneros poético y dramático en los que brilló de manera particular.
El trágico 1936 —tanto para España toda como para él mismo— iniciaría con la aparición de sus medulares y hasta proféticas Primeras canciones: tras estallar la Guerra Civil española, Federico García Lorca fue detenido en Granada por los enemigos de la España republicana y fusilado el 18 de agosto de ese mismo año, yendo a dar su cuerpo a una fosa común, para mayor humillación. Las circunstancias en que se produjo tan lamentable asesinato (no totalmente esclarecidas y en cambio sí una de las mayores vergüenzas en la historia contemporánea de España) han merecido la atención y el análisis de muchos críticos, algunos de ellos acercándose a tales acontecimientos verdaderamente impulsados por dar mayor luz en torno a la personalidad y la obra de tan grande escritor, y en cambio otros tan sólo atraídos por la nota roja y el sensacionalismo. En este sentido, quizá siga siendo el libro de Ian Gibson: La muerte de García Lorca, el más sereno y equilibrado entre los muchos que se han ocupado —con mayor o menor parcialidad— de ese luctuoso acontecimiento, motivo de una tan precoz como irreparable pérdida.
Desde la desaparición del poeta hasta nuestros días se ha ido publicando la mayor parte de sus obras inéditas, se ha ordenado y analizado a profundidad el conjunto de su producción y han ido apareciendo varias ediciones de sus obras completas. La atención prestada por la crítica ha sido tal, que hoy la bibliografía lorquiana resulta abrumadora, con lo cual se demuestra el interés por llegar a tener un conocimiento más o menos exacto y objetivo de la rica producción humana y literaria de uno de los mejores y más personales escritores españoles de todos los tiempos. Y la obra escrita de García Lorca sigue sorprendiendo, entre otras cosas, por la perfecta simbiosis que en ella queda manifiesta entre tradición y modernidad, entre lo popular y lo culto, y en donde, por otra parte, se entremezclan armónicamente los elementos líricos y dramáticos que conforman una obra —y un lenguaje— tan sugestiva como sui generis.
Para entender su poética, el tiempo, el amor y la muerte —teñidos de dolor y frustración— constituyen el tema central de la herencia lorquiana, donde además verso y prosa van siempre de la mano. La influencia de la tradición y del folklore andaluz marca otro de sus rasgos distintivos, con la utilización de formas populares como el romance, la musicalidad, lo simbólico, el temblor ante el misterio y el dolor angustiado —con dimensiones cósmicas— de un amor sin esperanzas. Su mundo poético está transido por la metáfora sorprendente, en un ambiente donde se combinan lo real y lo fantástico, aliados entre sí para expresar el mundo ilógico de los niños o el obsesivo tema de la muerte.
Uno de los mayores atributos en la obra magnánima del autor de los ya clásicos del teatro universal Yerma y La casa de Bernarda Alba (aquí en Valderrubio, en las afueras de Granada, está la Casa-Museo que la evoca e inspiró al genial polígrafo), de los esenciales poemarios Romancero gitano y Poeta en Nueva York, de una sin igual obra en su conjunto, es haber hecho coincidir dos lenguajes que están sumamente cercanos: el poético y el dramático. Su teatro, de un profundo instinto lírico, más allá de haber dado entrada de retorno al empleo del verso, potencia su mejor poesía, la cual describe, anuncia, incita, caracteriza sentimientos y emociones, dialoga con nuestros sueños y pasiones de más hondo origen. Dos géneros, que nacieron muy cercanos, en Federico García Lorca coinciden en uno mismo.
Este eterno andaluz universal lejos está de haberse hecho un mito sólo por haber sido víctima de la Guerra Civil española —como pasó de igual modo con Miguel Hernández—, conforme se trata de una de las voces más vivas de las letras hispánicas de todos los tiempos. Ese rostro que era la felicidad misma, un perpetuo infante, como le llamó nuestra suicida por excelencia Antonieta Rivas Mercado, fue capaz de hacer cimbrar la tierra de Andalucía, en un aliento poético y dramático que no se ha repetido desde entonces.
Al lado de libros que atienden su vida más privada o su condición sexual, me llamó en cambio particularmente la atención y tengo en mis manos un magnífico y hermosamente editado parcial ensayístico-biográfico de Alfonso Alegre Heitzmann (Premio Antonio Ortiz de Biografías 2019), en torno a la estrecha relación de García Lorca con su entrañable maestro y amigo de la generación precedente del 98, el también enorme poeta (y Premio Nobel) andaluz Juan Ramón Jiménez, donde su autor reconstruye un cálido y muy significativo encuentro granadino de 1924 en el cual de igual modo coincidieron otros notables intelectuales y creadores como el mencionado Manuel de Falla, Ermenegildo Lanz, Emilia Llanos, Manuel Angeles Ortiz y Ángel Barrios. Otro es el no menos bellamente editado Obra Musical de Federico García Lorca: Cancionero popular, que reúne partituras, dibujos, bocetos, poemas y letras, para subrayar el genio polifacético de este andaluz universal. Mi entrañable amigo, el destacado periodista Armando G. Tejeda, me ha regalado el exhaustivo y sensacional compendio Lorca y el archivo: Memoria en movimiento, que muy bien ilustra una formidable exposición del mismo nombre en la ya mítica Residencia de Estudiantes en Madrid.

Mario Saavedra
Actor —protagonista de Crónica roja, de Fernando Vallejo, papel por el que obtuvo una Diosa de Plata—, es autor de varios libros y colaborador del Suplemento Campus y de otros medios culturales. Ha sido editor, funcionario cultural, docente universitario y gestor cultural.