Julio Verne, a finales del siglo XIX, escribió su célebre obra La vuelta al mundo en 80 días (1872). Carlos de Sigüenza y Góngora hizo lo propio dos siglos antes en Los infortunios de Alonso Ramírez (1690). La idea era la misma: viajar alrededor del mundo. Viajar no es hacer turismo. Cuando uno viaja no hay “all inclusive”, sino peripecias, sorpresas y retos.
Simbad el marino, según se nos cuenta en Las mil y una noches (s. IX), es quizá uno de los relatos de viajes más fascinantes en la historia de la literatura; en él se narra cómo Simbad logró riqueza y fama a través de sus viajes y, una vez de regreso a su lugar de origen, consoló a un mendigo que se lamentaba de su desgracia. “No, amigo; no estoy dando un banquete porque siempre haya estado sentado en la jauja”. Entonces, Simbad le contó sobre aquellas islas y sobre aquellos mares: las joyas, la muerte y la lujuria.
Todo lo anterior nos sirve para introducir nuestro tema de hoy. La vida es un viaje lleno de peripecias, de vueltas, de asombros y de sinsabores. Actualmente, nuestro país es sede —junto con Estados Unidos y Canadá— de uno de los torneos deportivos más llamativos del planeta. Literalmente, medio mundo ve el fútbol.
El ambiente de euforia que se vive en las calles después de que la selección mexicana se impuso ante su símil ecuatoriano es más que saludable para un país lleno de retos y vicisitudes; de realidades ominosas y, durante muchísimos años, de reacciones gubernamentales pueriles. Hoy, el júbilo gobierna la calle.
Subyace algo más profundo que la euforia: la esperanza. Sin esperanza no hay intento.
¿No contaba Dante que al entrar al infierno hay un letrero que dice: “Viajero, deja aquí toda esperanza”? Hace muchísima falta esperanza sobre nosotros mismos: creer en nuestro potencial y desarrollarlo con firmeza y gusto.
Cuando se habló de crear un sistema de salud como el de Noruega, se tomó con la más sonora de las sornas y, hoy día, la telemedicina es una realidad en nuestro país. Contamos con una Unidad Nacional de Cirugía Fetal, pero aún no nos la creemos.
En la más reciente encuesta publicada por la OCDE, la confianza que —en general— los ciudadanos otorgan a sus instituciones -durante 2025- ubica a México en los primeros cinco lugares. De las casi 200 naciones que reconoce la ONU, la economía de México está entre las primeras quince del mundo, pero seguimos sin creer.
La aldea global
¿Es necesario reiterar que en diversidad biológica somos privilegiados? Somos megadiversos, estamos dentro de los primeros cinco del globo; no obstante, el mexicano fluctúa entre la alegría natural y el desasosiego estructural. ¿Qué tienen isleños como los japoneses o los ingleses que no se encuentre en el espíritu tenocha?
El martes pasado, cuando México venció a Ecuador, ese mismo día —pero de 1520— el ejército de Cortés “salió por pies” de Tenochtitlan. Aún amparados en la oscuridad, conocieron el tormento mexica. Ese mismo día también —pero de 1959— falleció José Vasconcelos. En sus memorias, el “Ulises criollo” subrayaba con timbre de orgullo que nuestra hispanidad tuvo, en este continente, imprenta antes incluso que Estados Unidos.
Si vamos más atrás, tal como empezamos esta entrega, vemos que Sigüenza y Góngora se adelantó a Verne. Acapulco y Veracruz, después de la Conquista, se hicieron hospedaje del mundo. La primera globalización o mundialización se llevó a cabo cuando se descubrió la geometría completa del planeta, y México fue una de sus sedes: se convirtió en aldea global.
El temperamento de Moctezuma
Se empezó a formar entre los mexicanos el temperamento de Moctezuma. Hay mucha historia y mucha teología de distancia, pero, así como Jesús conquistó Roma cuatro siglos después, la actitud de Moctezuma conquistó al mundo cinco siglos después. Vamos a explicarnos.
Es muy conocido que, cuando llegó el ejército de Cortés a una de las calzadas para entrar a México-Tenochtitlan, Moctezuma salió a recibirlo y a ofrecerle su hospitalidad. Esta actitud, para el pueblo del tlatoani, fue más que desconcertante, deleznable. Lo mismo pasó con Jesús entre los judíos. Ambos pueblos querían la guerra. La Historia ha hablado y dimensionado.
Cortés tomó prisionero a Moctezuma en el palacio de Axayácatl, su padre. Los mexicas estaban enfadados por la actitud de Moctezuma ante el conquistador. De hecho, hay versiones de que la muerte de este tlatoani surgió de una pedrada recibida en la cabeza, arrojada por su misma gente. Otra versión señala a los españoles como los autores del homicidio.
Quinientos años después, ante el visitante extranjero, el mexicano se distingue por su hospitalidad. “Mi casa es tu casa”, tenemos el dicho. Y es que, con hacer una rápida retrospectiva de cómo se ha conformado nuestra nación, debemos reconocer que estamos hechos de distintas latitudes.
¿Lo esperábamos? No. ¿Lo aspirábamos? Tampoco. Pero el destino, como los viajes, es así, tal como le sucedió a Simbad o a Alonso Ramírez.
El crisol de nuestra tierra
Ya hemos hablado abundantemente de cómo el oro y la plata de América financiaron imperios de otros continentes. Un poco menos sobre el valor del color. En política, un libro puede ser un guiño. Hace años, por encomienda, me tocó hacer mensajería y llevarle un libro al fundador de este suplemento, sobre el 50 aniversario del Museo Nacional de Antropología (MNA), un librote. En términos técnicos se le llama libro de gran formato. Pasta dura, roja, una joya.
Lo recibió, lo hojeó; él estaba en su negocio. Preguntó el doctor Medina: “¿Cómo lograban estos colores?”. Se refería a lo que veía en el libro, imágenes de los monumentos arqueológicos en su estado semi original. Tenía toda la razón. Después del oro y la plata, el insumo más valioso de este nuevo mundo fue el color.
Un color en específico. El rojo granate. De ese tono se cubría la realeza y aquí se extraía de una cochinilla que habitaba en las nopaleras. Los sitios arqueológicos que conocemos, como lo muestran sus museos, tenían color. Uno de ellos fue la alegría de otros reinos que vinieron a conocernos.
Las manteconchas no son solo parte de la delicia nacional: son siglos de sincretismo. La salsa sigue siendo el encuentro entre Nueva York y Puerto Rico,pero en México se encuentra la antena que la amplifica. ¡Mi mariachi! Guitarra, trompeta y violín son instrumentos europeos; en Alemania, la música de banda estuvo asociada a una función marcial. En realidad, venimos de muchos lados, de muchas resistencias. Dijera Rubén Albarrán, vocal de Café Tacuba, quien en una bellísima conferencia TED nos recordó: “Todas las luchas son la misma lucha”.
La china poblana. El papel picado en Día de Muertos o en Navidad. ¡Las piñatas! El catorce de febrero con corazones y cupidos son influencias del exterior. Todo lo acogemos. Desde hace siglos, el temperamento de Moctezuma nos enseñó a transformarlo todo. El signo más visible es teológico, evidentemente, y se concentra en la Virgen de Guadalupe, traducción castellana de Tonantzin.
El sincretismo no se inventó en México, pero aquí viven tantos ejemplos como combinaciones. Así se formó la identidad acrisolada de nuestra patria. Actualmente, México participa del concierto de las naciones de una forma irremediablemente cosmopolita. Es la era de TikTok.
Antes de ello, la comida. Al mexicano le gusta el sushi, la pizza y las hamburguesas.
Cada una de estas expresiones de latitudes distintas las hemos adaptado: el sushi lo empanizamos, la pizza la hacemos de pastor y a las hamburguesas les ponemos guacamole. Es Moctezuma diciendo: “Pasa, pero vas a terminar siendo un poco como se es aquí”. Por eso amamos hospedar y “volar” a propios y extraños.
La selección mexicana jugará el próximo domingo en la ciudad capital. ¿Por qué no considerar que se le puede ganar a Inglaterra igual que se hizo con Ecuador? Casi todas las batallas se ganan antes de entrar en el campo.
Dato curioso: el partido será este 5 de julio, un día después de que en 1776 Inglaterra comenzara a perder sus colonias en América. Que la historia nos recuerde que ningún imperio es invencible. La pelota, ahora está de nuestro lado. Un abrazo.

Héctor Martínez Rojas
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