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Los hijos de junio

Junio une las trayectorias de Ignacio Ramírez y Ramón López Velarde, dos figuras esenciales para entender la construcción de México desde la palabra y las ideas. Uno, arquitecto intelectual de la Reforma; el otro, poeta de la Revolución. A través de sus contrastes —la razón y la fe, la política y la poesía—, ambos contribuyeron a forjar una visión de patria que sigue vigente en la vida pública y cultural del país
A su modo, ambas figuras hacían política y poesía.

¿Qué tiene que ver Ignacio Ramírez con López Velarde? Dios. Los dos hicieron suyo a junio. El primero, ideólogo de la Reforma; el segundo, fruto maduro de la Revolución. El primero practicaba la nigromancia —a forma de provocación—; no cuestionaba a Dios: lo anulaba. El segundo es el de La sangre devota.

Sí, los mexicas ofrendaban el corazón del enemigo caído en batalla; está en los códices y está en Bernal; buscaban buenos auspicios. Nuestro personaje de hoy también ofrendó su corazón, sólo que de forma voluntaria. A la distancia, Velarde se ha convertido quizá en poeta de manteles verdes, pero, visto desde su tiempo, fue completamente revolucionario. ¿Es una casualidad que haya fallecido a los treinta y tres años?

No corresponde a esta entrega hablar de su residencia en la Ciudad de México, ni del destino de su casa, La Casa del Poeta, sin la cual esta ciudad no sería tan emblemática. Unos dicen que transformó el modernismo; otros dirán que no vivió lo suficiente para hacerse un villano, como algunos consideran a Octavio Paz; lo que es un hecho es que nuestro bardo ha sido tan emblemático y, en consecuencia, tan estudiado que José Emilio Pacheco ha dicho de él que cayó en manos de la “policía judicial literaria”.

El joven abuelo
Velarde no hacía rimas, encarnaba la patria y la impulsaba a ser República. En el intermedio de su poema insigne, “La suave patria”, el poeta originario de Jerez, Zacatecas, escribió:

“Joven abuelo: escúchame loarte, único héroe a la altura del arte”.

¿Somos modernos? Déjame rescatar lo de antaño. Cuauhtémoc es el joven abuelo. ¿Por qué? Todos y todas en México lo sabemos. Prácticamente al terminar su pubertad, le cayó la responsabilidad de ser el último tlatoani del imperio mexica. Le correspondía por linaje, además, en su momento gobernar a Tlatelolco, la ciudad gemela de Tenochtitlán, pero su destino no fue así. Ese joven se colocó frente a los ejércitos que habían sido derrotados una y otra vez por los españoles.

Creo haber compartido aquí, para el simple recreo de la imaginación colectiva, que Cuauhtémoc, en la Historia Universal, es nuestro Héctor; cuando llegó la guerra no era rey, sino príncipe; por una razón ajena a él, tiene que salir a combatir; en el último momento, cuando todo estaba perdido e intentaba huir, es capturado y presentado ante Cortés; aun en la derrota, nunca negó su cruz. Bernal Díaz del Castillo documentó que, en ese momento aciago, fajado, dijo:

«Señor Malinche: ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad y vasallos, y no puedo más; y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en la cinta y mátame luego con él.»

Héctor también intentó huir; según nos cuenta Homero, la persecución entre Aquiles y el troyano era como un sueño, donde el que persigue parece que nunca va a alcanzar a su objetivo y el que huye parece que nunca termina de escapar; en fin, al igual que Cuauhtémoc, cuando Héctor enfrenta su destino, lo único que hace es negociar su sepulcro.

Velarde, de todo el mundo mesoamericano, únicamente hace referencia a este último tlatoani. Es el poeta mexicano por excelencia, pero sus temas recurrentes son una pugna entre lo carnal y lo espiritual; quizá por ello lo vemos forrado de sol y de culpa.

El sol iluminaba el campanario de la iglesia de Jerez; la culpa sombreaba sus deseos de alcoba entre los labios de una mujer. Sobre cada una de las emociones humanas, a través de su creación poética, quiso desplegar un “jarabe tapatío”. ¿Cómo? Alborotando al mujerío:

“Suave Patria: tú vales por el río de las virtudes de tu mujerío.”

Pero no sólo reconoce el valor de la mujer mexicana. Cuando habla de la patria, parece hablar de una novia. Cuando habla de la provincia, parece hablar del universo. Cuando habla del cuerpo, aparece el alma. Y cuando habla del alma, nunca desaparece el cuerpo. No es una pugna, es una forma de entender la realidad.

Velarde vivió en Zacatecas, Aguascalientes y encontró la muerte en la Ciudad de México, frente a su casa, hoy: La Casa del Poeta. Un arranque de juventud; a estas alturas, 33 años es ser joven. Sobre la ciudad caía una lluvia torrencial y él tenía catarro; decidió salir a caminar en lo que hoy es el camellón Álvaro Obregón. Esa gripe se hizo neumonía.

La República educadora
Ignacio Ramírez entró al escenario por la construcción de la República con una provocación de escándalo: “No hay Dios, los seres de la naturaleza se sustentan por sí mismos”, dijo al buscar ser aceptado en la Academia de Letrán. Los próceres de la época eran sus sinodales; Guillermo Prieto nos lo cuenta.

López Velarde, por el contrario, entra al escenario de la vida pública untado de religión y de pasión, una pasión profundamente humana. Unge con incienso de sagrario cada paso. Decíamos desde hace cuánto: cuando todo es sagrado, todo es agrado. La culpa que lo carcome es porque, siendo profundamente creyente, se considera un pecador.

A la luz de nuestro tiempo podemos citar a un papa, como el papa Francisco, cuando asegura: “El pecado es una herida que necesita ser sanada; el perdón no es suficiente”.

Ignacio Ramírez se buscaba y encontraba en la nigromancia; López Velarde lo hacía en el confesionario. Ambos, cada quien a su modo, hacían política y poesía. Del Nigromante rescatamos su otro mote, el del “Voltaire mexicano”.

Como ministro de Educación del presidente Juárez, Ramírez elabora la Ley de Instrucción Pública de 1862, uno de los precedentes de la actual SEP.

En abril de 1921, en el primer número de la publicación El Maestro. Revista de Cultura Nacional —impulsada por Vasconcelos de cara a la creación de la SEP—, se tiran cerca de 70 mil ejemplares; se distribuye por el continente y ahí aparece por primera vez “La suave patria”. Dos meses después, nuestro bardo nace a la eternidad.

Junio es peculiar. En el noveno día, pero de 1920, Vasconcelos es nombrado rector de la Universidad Nacional; ahí empieza una épica educativa. Velarde y Ramírez nacieron y fallecieron en el mismo mes; ambos hicieron suyo a junio. Ramírez propició la patria que Velarde en un poema volvería inmortal; aunque no los tengamos tan presentes de manera constante, sin ellos el país es imposible.

Por cierto, ya para cerrar, el actual encargado de la política educativa nacional, el Mtro. Mario Delgado, también es del mes de junio, su onomástico se verificó el día de ayer miércoles 17. En las semanas más recientes hemos visto la relevancia de la educación en la gobernanza del país.

Colofón. Las mujeres
Ya vimos cómo el de Jerez cifró el valor de la patria en el río de virtudes de sus mujeres. Pero antes, casi 60 años antes, Ramírez estaba seguro de que, mientras las mujeres no tuvieran acceso a la misma educación que los varones, la República no podría estar completa.

Héctor Martínez Rojas
Periodista especializado en educación superior | Web |  + posts
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