Desde la conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum convocó a abrir un debate nacional —informado e impostergable— sobre el uso y abuso de las redes sociales, las plataformas digitales y la inteligencia artificial, así como en relación con sus efectos en la salud mental de niñas, niños y adolescentes. El propósito: impulsar reformas legislativas que contribuyan a su regulación, con especial énfasis en la protección de las infancias. Este llamado resulta oportuno, pues coloca en la agenda pública un fenómeno en el que desde hace años estamos inmersos, aunque todavía no comprendamos plenamente sus alcances, límites, riesgos y beneficios.
La transformación digital ha modificado de manera profunda la forma en que aprendemos, nos relacionamos y construimos conocimiento. Sin embargo, el debate trasciende la dicotomía entre quienes celebran y quienes rechazan los avances tecnológicos. El verdadero desafío, entonces, consiste en comprender cómo el entorno digital redefine las formas de socialización, la construcción de la identidad y los procesos de aprendizaje. En este sentido, Gilles Deleuze anticipó la transición del individuo tradicional hacia el «dividuo», una entidad cuya experiencia se fragmenta entre múltiples flujos de información y relaciones mediadas por la tecnología.
Esta perspectiva dialoga con la reflexión de Bernard Stiegler, quien definió la tecnología como pharmakon: remedio y veneno al mismo tiempo. Si bien los dispositivos digitales amplían el acceso al conocimiento, también favorecen una producción acelerada de información fragmentada y superficial que puede debilitar la construcción de saberes profundos cuando las personas delegan sus capacidades cognitivas en el soporte tecnológico.
El problema, por tanto, no reside en la tecnología en sí, sino en la ausencia de una mediación crítica que permita transformar la conectividad en auténticos procesos de formación intelectual y colectiva. Como ha señalado Byung-Chul Han, la exigencia de permanecer siempre conectados ha convertido la conectividad en un imperativo que desplaza la atención profunda por una hiperatención dispersa.
En esa lógica, las redes sociales incentivan la búsqueda permanente de estímulos, validación y reconocimiento mediante mecanismos como el scroll infinito y los «me gusta», afectando la capacidad de concentración y reflexión. Cuando esta dinámica opera dentro de las «cámaras de eco», donde los algoritmos refuerzan únicamente opiniones afines y reducen la exposición al disenso, se debilita el diálogo, se limita el pensamiento crítico y la realidad termina fragmentándose.
Como advierte Jonathan Haidt, una infancia marcada por la exposición constante a las pantallas y a contenidos fragmentados dificulta el desarrollo de habilidades indispensables para la lectura profunda, la concentración y la atención sostenida. Si este nuevo entorno de socialización digital no es abordado con seriedad por un sistema educativo que también se encuentra en transformación, corremos el riesgo de formar generaciones más vulnerables a la desinformación, a las certezas simplistas y con menos herramientas para afrontar la complejidad del mundo y las relaciones humanas.
Por ello, estos procesos de cambio no pueden dejarse al azar. Deben ser las propias comunidades escolares, desde la educación básica hasta la superior, las que lideren esta transformación, orientándola hacia la creatividad, la colaboración y la democratización del conocimiento, con el propósito de reconstruir el sentido de comunidad que la dinámica de las redes sociales ha tendido a dispersar.
La tarea de las universidades no consiste en aislar a los jóvenes de la tecnología sino en formar ciudadanos capaces de utilizarla con autonomía, criterio y responsabilidad. La universidad ha dejado de ser el único espacio en el que se produce y transmite el conocimiento; hoy debe consolidarse como el lugar donde ese conocimiento se comprende, se cuestiona, se debate y se orienta hacia la construcción de una sociedad más democrática, crítica y plenamente humana.
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Redacción Campus