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Alma de caballero I (Fragmento)

Birmania o Zacatecas. No importa. el inevitable devenir actual se despliega en eslabones manufacturados por el delirio.

En cada parte, en cada partícula de tu vida estás tú, la manera en la cual haces las cosas, como las detallas, como las conscientes, como las mides, cada parte mínima de ti expresa tu ser; sabes, así se ganan las competencias, en una carrera, en un maratón, en la gimnasia; son pequeños momentos, el mas mínimo esfuerzo es el que hace la diferencia, eso si lo comparas con el tiempo es igual. No es nada que seas bueno en navidad o cuando este por empezar el año sigas acabo esa rigurosa dieta, importa si lo haces cada momento, ¡todo el tiempo! No eres fiel si sueles serlo, eres fiel si lo eres siempre, y esto no es reduccionismo prendido al azar ni panaceas gloriosas, sólo es otra forma de decir que los detalles importan, Dios y el diablo se mecen en ellos, sólo hay que recordar que a veces la maldad humana y la estupidez llegan a compartir simetrías atroces, decía Laluardo, rodeado de humo mientras Ever tejía con una mano, Jojorge terminaba de hervir el té y yo me quedaba pensando en esa mujer de la cocina que no estaba, pero que la podía sentir, clara y profunda, y ahora duerme en su cama, soñando con la hora en la cual me acuesto.

Pero ahora, el cigarrillo se ha terminado de consumir en el cenicero, y lo que te escribo es esto, recuerdos, puros recuerdos. Y qué es un recuerdo sino el mundo mismo, pedazo de vida que el olvido no ha calcinado; tal vez, sea como la imagen vaga de Takahashi en ese viejo hostal de Zacatecas; porque corazón, antes de llegar a San Luis, llegue a Zacatecas,  confundido por la proximidad fronteriza entre Matehuala y el estado natal de Velarde, el poeta que vuelve, vuela y envuelve a La suave patria en la más suave música de selva; fue ahí, a pocos metros de la catedral bendecida por el Marqués de Uruapan, donde encontré al primer japonés con el que tiendo un puente de comunicación abierto; Takashi, quien entre sus cosas de viaje, traía consigo un libro de Aung San Suu, la ex candidata a la presidencia de Birmania, donde en 1988 fueron asesinadas diez mil personas, pero nosotros, tan en el otro lado del hemisferio, y tan lejos de esas barbaries, apenas si conocemos; ya que las únicas imágenes que muestran lo ocurrido, son propiedad de la empresa japonesa NHK, quien ha impedido que sean emitidas por las televisiones de Occidente, para no desestabilizar al régimen militar. Y si hubiéramos visto las imágenes, en Zacatecas digamos, a penas un grado de latitud más al norte que Birmania, ¿qué habría cambiado?, si el inevitable devenir de los días que se despliega en eslabones manufacturados por el delirio, nos hace asistir a los instantes con un disfraz de vasallos civilizados, como dijera Julio, el gran Julio, aunque tú, corazón, le llames Florencio. Entonces es necesario encender otro cigarrillo y ver como el presente se transfigura en ceniza, para seguir escribiendo estas desordenadas ordenes que mi pensamiento dicta. Y tal vez,  sólo tal vez, decirte que te amo, y que en Michoacán hacia mucho frío y que el precio de la tortilla está por las nubes; y amor mío ¿qué vamos a hacer?, si los antiguos nos han dicho que de maíz está hecha nuestra carne, y con estos precios y ahora que el etanol ha abanderado nuevamente la voracidad justificada, y los dueños de la infraestructura quieren invertir en ladrillos postrimeros; entonces en lugar de sorberle la pulpa de óleo a la tierra, ahora prefieren talar selvas para sembrar maíz y cosechar capitalismo verde; de esta forma  inaugurar metrópolis con conciencia ambiental, sin que sus ciudadanos se bajen del auto. 

En tu carta mencionas que la destrucción de los ecosistemas es un lastre que el hombre sigue cargando, y que la selva amazónica pierde lo equivalente a mil doscientas canchas de fútbol cada día; y si esa constante la hacemos extensiva a toda América Latina, son 22 hectáreas de selva, las que nuestra idea de progreso, amor, se devora cada minuto, cada día.

Ardorosa la sangre me navegaba las venas, entreabiertos mis ojos devoraban montes, a una distancia incierta Laluardo y Jojorge caminaban con el día tras la nuca. Los matorrales hundían sus raíces en lamentos, los mezquitales proferían alaridos de ternura, a lo alto volaba el canto del cuervo; a lo lejos, murciélagos lengua larga, patas arriba aguardaban vestidos de tinieblas; en tanto yo, respiraba a ritmos inauditos y mi corazón golpeaba del tamaño de un puño, como desesperado porque le abran –amor- el portal de tus arrojos. 

En medio de la lumbrera del desierto, no sé porque Laluardo levantó la voz y casi gritando dijo: “¡Diógenes!”. Entonces yo pensé que hablaría de Pitágoras y de Crisipo, de la correspondencia entre Herodoto y Epicuro; y que al modo de los peripatéticos debrayaría acerca de la vida de los Filósofos más ilustres que escribió Diógenes Laercio; sin embargo, corazón mío, yo estaba absolutamente equivocado, porque Laluardo quería hablar de Diógenes de Sinope “el Cínico”; “Dicen, que una vez el Diógenes se topó con el Alejandro Magno, ahí por Corinto, y que Alejandro Magno le ofreció favorecerlo, pídeme lo que quieras le dijo el emperador a Diógenes, ¿y saben que le contestó?  Quítate que no me dejas ver el sol… ¡la razón! la pura luz de la razón, era lo único que le interesaba a Diógenes, ¡estaba loquísimo!” Decía más que entusiasmado el Laluardo.  Al decir esto una voz en mi cabeza me dijo <<Oh sol es el tiempo de la razón ardiente>> luego otra voz me aconsejaba <<Di que en el puerto de Patras, cansado de buscar Ítaca y de dormir en parques públicos; te diste cuanta de que Ítaca no existe, que Ítaca se vive. Y además que Diógenes, así como rechazaba la riqueza también rechazaba las demás pasiones y se masturbaba en las plazas alegando que le gustaría también evadir el hambre, con tan sólo frotarse la panza>>

Acerca del autor

Héctor Martínez Rojas
PERIODISTA

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