Lawrence Durrell: La Alejandría que todos amamos y sufrimos

La tetralogía del escritor ofrece un mundo de imágenes sublimes y exóticas en una de las más bellas novelas sobre el amor

Durrell encontró la libertad expresiva y la capacidad de escribir una obra en la cual se entretejen la razón y el sentimiento.

También poeta y ensayista dotado, a Lawrence Durrell (Jalandhar, 1912-Sommières, 1990) se le conoce sobre todo como narrador, y en particular por su influyente tetralogía sobre Alejandría: Justine, Balthazar, Mountolive y Clea. Publicadas entre 1957 y 1960, las dos primeras, Justine y Balthazar, involucran un constante estado de ensoñación, acto en el que se realizan los apetitos sensitivos y ambiciones de sus personajes. Se relata en primera persona, en una decidida sublimación del alter ego literario; se van liberando los sentidos, en un ambiente en el que casi nada choca. No es la problemática ofrecida por su entrañable Edward Morgan Forster, quien a raíz de un viaje a Oriente nos presenta, en su espléndido y sugestivo Pasaje a la India, un rudo enfrentamiento entre el pragmatismo inglés y la sensualidad hindú.

El cuarteto de Alejandría es una de las más bellas novelas escritas sobre el amor, y por qué no sobre la muerte, y en ella se consuma una vez más la profecía: Thanatos vence a Eros, porque lo primero es instante, y lo segundo, destino, eternidad. Justine, de la misma manera que Tadrio —ángel y demonio a un mismo tiempo, salvación y condena— en relación con Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia, de Thomas Mann, se erige a la vez como mártir y verdugo. Sin ser un tratado sobre lo erótico y sus formas, como si lo es el de Georges Bataille con ese mismo nombre, El cuarteto de Alejandría se lee como un hermoso texto a la vez reflexivo y poético sobre el amor y sus grandezas y desventuras, pero también sobre la creación estética y sus interlineados donde Eros y Thanatos han sido dominantes.

Rebosante de imágenes sublimes y exóticas, esta ya paradigmática tetralogía de Durrell resulta ser un compendio en cual establecen un diálogo tenue y matizado ─sin enfrentamientos idiosincráticos─ el instinto y la razón: “Como usted sabe, hay ciertas formas de grandeza que si no se aplican al arte o a la religión, hacen estragos en la vida corriente de los hombres. El error está en que Justine consagró sus dotes al amor”. Y qué más es Alejandría, según Durrell, sino un lugar en el cual el sufrimiento se transmuta en arte liberador y la creación en gozosa catarsis.

Con Justine se inicia un recorrido en el que el pecado de la carne, sin censuras ni prejuicios, sin eufemismos, se perfila como la puerta que introduce a la condena/salvación. En una visión pagana de lo que para los cristianos es exceso, los tipos humanos de Durrell responden tan sólo a los llamados del éxtasis sin límites, en una compleja mezcla de lo híbrido y ecléctico que igual defienen al género moderno por antonomasia desde Cervantes. Y es que Alejandría es eso, un punto en cual confluyen cinco razas, cinco lenguas y una docena de religiones, en convivencia compleja y azarosa, pero igual apasionante. En ese lugar de la verdad terrena, lejos de toda voluntad y todo arquetipo religiosos, el enclítico espíritu de Durrell encontró la libertad expresiva y la capacidad de escribir una novela en la cual la razón y el sentimiento se entretejieron para un mismo propósito. Percepción, intuición e imaginación, los tres principales planos de la creación, confluyen en el personaje central del Cuarteto, alter ego de Durrell, quien reordena su microcosmos, y es hasta entonces cuando puede reacomodar las verdades cruciales de la condición humana aquí expuesta y reflejada. Piedra angular, en ella se reincide en uno de los lugares comunes de la literatura, tan esencial como inagotable, y que es el amor-pasión como fuente de sufrimiento pero igual de inspiración: “Con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas: quererla, sufrir o hacer literatura”.

El cuarteto de Alejandría constituye un reconocimiento inmediato, físico y psicológico, mas no directo; y sin embargo, la mediación literaria es más fuerte que cualquier otro contacto. ¡Pobre del lector que no reconozca, por excesiva candidez o vasta resequedad intuitiva, que lo que se le ofrece a los sentidos es un fiel reflejo de su más cruda realidad interior! Y por eso no nos debe asustar ni dejar anonadados el encuentro amoroso Durrell-Justine-Nessim-Melissa-Pursewarden, ménage à cinq que rebasa toda posible premeditación, atractivo juego literario de espejos —el carácter lúcido no le resta autenticidad vital— por medio del cual se resuelven los enigmas que más laceran al autor. Esta consumación orgiástica, en un juego que se prolonga hasta el ocaso del último relato, Clea, es materia de reivindicación en Durrell.

Pero esas sombras eróticas se convierten en cuerpo-alma hasta que Durrell, como Ams, conquistador de Alejandría en la invasión árabe, se somete a su propia obra: “Las personas reales sólo pueden existir en la imaginación de un artista dotado de fuerza necesaria y suficiente para retenerlas y convivir con ellas; hasta después se les podrá dar forma. La vida, materia primera, sólo es vivida in potentia hasta que el artista la despliega en su obra”. Es por lo que el artista se erige en un casi dios, creador de un mundo nuevo y más auténtico, pues comprende que ese ser —Epicuro resolvió abstraerse de todo sufrimiento—omnipotente y omnisapiente está lejos de ocuparse en la exigencia de un ente imperfecto y mortal, receptáculo último del pecado.

Balthazar y Mountolive, las dos novelas intermedias, funcionan precisamente a partir de esa visión de lo que son el mundo y la función del artista en él; nuestras percepciones de la realidad, o de lo que aparentemente es realidad, están condicionadas por nuestra posición en el espacio y en el tiempo, y no por nuestra personalidad, como nos regodeamos en pensar. No es casual o producto de un capricho que los cuatro números que conforman este bloque narrativo lleven nombres personales: dos hombres y dos mujeres, cuatro visiones distintas de un mismo acontecimiento experimentado que van a dar a un único punto: Alejandría vivida —intuida— por Durrell.

Este continuum verbal que es El cuarteto de Alejandría propone, como lo hacen algunas otras de las más excelsas novelas-río contemporáneas (En busca del tiempo perdido de Proust o Los Thibault de Martin du Gard o El hombre sin atributos de Musil, por ejemplo), la construcción de un navío de cuatro puentes que establecen contacto con base en el principio de relatividad: espacio y tiempo; el relato en busca de su cauce: Alejandría.

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