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Vasconcelos, de la UNAM a la SEP

Desde la Universidad Nacional, el educador oaxaqueño inauguró la épica educativa del México moderno

“Un día… de paso por el corredor del Instituto para entrar a la rectoría me vi, yo también, de Rector, atravesando las galerías con arcadas de un colegio más grande que el campechano”, escribió José Vasconcelos en sus memorias tituladas “Ulises criollo”. Podemos decir que Vasconcelos cumplió su sueño, pues “un día” como ayer hace 101 años (capicúa), el oaxaqueño fue nombrado rector de la Universidad Nacional, desde donde inauguró la épica educativa del México moderno.

Aún el México pretérito a Vasconcelos, destaca por su refulgencia: “la fuerza no está en las armas, la fuerza está aquí, en la instrucción de las clases pobres, en la ilustración de esos niños que mañana serán ciudadanos que ejerzan con prudencia y acierto el derecho electoral, y que sean a su vez legisladores, jueces y tribunas”, nos legó desde Guerrero, el gran Altamirano; de cuyo espíritu abrevó el filósofo y abogado de la joya de nuestra nación; es decir, nuestra centenaria educación pública; es decir, nuestra educación gratuita, aunque algunos maestros (guerreros lúcidos) pugnen y quieran -por la alta exigencia de los tiempos- cambiar el atributo a “barata” en vez de “gratuita”.

Sabemos a gran escala que, la economía de la educación; es decir, educar a los ciudadanos, panadea la economía del continente, Chile y EU, son grandes ejemplos. En México —como dijeran después de Vasconcelos— “pese a sus errores”, tiene un enorme mérito, fruto de la revolución, más allá de los ejidos y en el ejido mismo: la escuela pública. Hace 101 años, nuestra Universidad Nacional tuvo en su rectoría a un hombre que ardía en el sincero anhelo de la época: sacudirse la conquista y las balas de la revolución para concretar un México ilustrado.   

En las memorias de otro gran educador, contemporáneo de Vasconcelos encontramos una anécdota ilustrativa, eso que con el tiempo se conocería como “en los pasillos”, nada más y nada menos que con don Ezequiel A. Chávez, quien reconoce una plática con nuestro personaje de hoy de la siguiente forma:

—Se está pretendiendo —me dijo él (José Vasconcelos)— que yo acepte ser rector de la Universidad.

—Acepte usted —le contesté—; con el prestigio que le de ser Rector podrá lograr que haya nuevamente una Secretaría de Educación Pública en México.

Vasconcelos acepto y al aceptar, pronuncio: “de esta Universidad debe salir la ley que de forma al Ministerio de Educación Pública Federal que todo el país espera con ansia”, afirmó el maestro de América (aunque nunca haya dado clases) al hacerse cargo de un puesto que miraba por debajo de sus anhelos.

Años después, el maestro Ezequiel reconoce “colaboré también con José Vasconcelos, en otro tiempo mi discípulo. Él logró entonces lo que fue el principal fin de mi colaboración: que fuera derogada la ley que suprimió́ el 5 de febrero de 1917 la Secretaría de Instrucción Pública de México”.

El águila vasconcelista tenía límites presidenciales, Adolfo de la Huerta lo hizo Rector de la Universidad Nacional, Álvaro Obregón, lo hizo el primer Secretario de Educación Pública, pero veamos el intermedio.

El discurso de toma de protesta como rector es un discurso beligerante, de cara a la revolución constitucionalista; Vasconcelos quiere reformar la Constitución tal como expresa el anhelo de su maestro Ezequiel, y lo logra. Hace campaña. Es el jinete de un sueño común, mancomunado, solidario. Le sobran talentos y genios; lo que le hace falta; según le dice a su secretario particular, el joven Jaime Torres Bodet, son albañiles.

“Por encima de todas las leyes humanas está la voz del deber como lo proclama la conciencia”, asegura en ese discurso de toma de protesta como Rector, y no remata, advierte: “la pobreza y la ignorancia son nuestros peores enemigos… yo no vengo a trabajar por la Universidad, sino a pedir a la Universidad que trabaje por el pueblo”.

Torres Bodet, como en números recientes mencionamos, fue secretario particular de Vasconcelos en la Universidad Nacional a los 19 años; de él recuerda: “el presidente Obregón tenía fe en la obra de Vasconcelos. Con generosa visión de los grandes problemas de México, le daba todo su apoyo a fin de intentar, en la mejor forma posible, una campaña tenaz contra la ignorancia”.

“El país ansía educarse: decidnos vosotros cuál es la mejor manera de educarlo”, les dijo Vasconcelos a los hijos ilustrados de México. Recordemos que el oaxaqueño venía del Ateneo, rodeado de lumbreras como Antonio Caso, Julio Torri, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez. Entonces al convertirse en rector desde nuestra máxima casa de estudios el 9 de junio de 1920, germinó el muralismo, las misiones culturales y la lucha frontal contra el analfabetismo que en aquel entonces era una bestia que dominaba a la mayor parte de la población; y cual San Miguel, Vasconcelos, puso todas sus fuerzas para cortarle la cabeza a ese leviatán, pero a sabiendas de que —como Rector— no estaba solo, contaba con el apoyo de los mejores hijos de México, maestros y alumnos de nuestra máxima casa de estudios.

Acerca del autor

Héctor Martínez Rojas
PERIODISTA

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