El poeta influyó en la gran mayoría de mexicanas y mexicanos que construyeron nuestro país a principios del siglo XX
Han pasado días señalados, lo que nos apura a escribir las siguientes líneas. “El arte y la religión sirven para extender el alcance de nuestra conciencia hacia esferas más altas y más vastas”, se asegura en la obra en prosa de Rabindranath Tagore conocida como “Sadhana”, locución sánscrita que se entiende de modo muy general como el “medio para conseguir algo”, pero ese “medio” es todo o es cualquier cosa; es decir, nuestra alimentación, nuestra forma de respirar, los pensamientos que nos permitimos, etc., etc., etc.
Tagore, poeta hinduista, artista, Premio Nobel de Literatura (1913), influyó en la gran mayoría de mexicanas y mexicanos que construyeron nuestro país a principios del siglo XX. La SEP, en su naciente maniobra vasconcelista lo publicó en 1924. Es uno de los 18 tomos de los “Clásicos verdes”, hoy disponibles para su consulta en línea de forma gratuita.
Las lecciones que nos va dejando Tagore de su reflexión sobre los libros sacros del hinduismo con respecto a las lecciones cristianas son diáfanas por semejanza, luz que despierta el asombro.
“Nuestra alma puede comprenderse a sí misma en verdad solamente renunciando a sí misma. El Upanishad dice: Ganarás dando. No codiciarás nada”, nos cuenta Tagore. Pero ¿no se lee en Mateo 16-24? “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”.
No hablaremos aquí de la muerte del ego ni de “New age”, pero sí de la prosa de nuestro autor de hoy, quien pondera: “tenemos que pagar por la adquisición de la libertad de la conciencia. ¿Cuál es el precio? Que uno se dé todo”.
Líneas arriba, decíamos de la maniobra vasconcelista, pues en la oficina que configuró Vasconcelos para despachar la educación de la Patria, aún la decoran distintos murales e inscripciones con frases como “El Reino de Dios está dentro del hombre. Jesús”.
No está aquí, no está allá, nos explica Lucas 17-20: es en el corazón del ser, en su conciencia de ser… en ese Reino, pero también para y por; es decir, la experiencia humana se vive desde dentro, es ahí donde reside el Reino de Dios, a lo que le decimos Todo. Como el Tloquenahuaque o Ipalnemohuani, intrincados conceptos mesoamericanos esbozados en este mismo espacio.
“Según los Upanishadas, la clave de la conciencia cósmica, de la conciencia de Dios, está en la conciencia del alma, distinguir a nuestra alma separada del yo, es el primer paso hacia la conquista de la liberación suprema. Debemos saber con certeza absoluta que somos esencialmente espíritus”, asegura Rabindranath Tagore en su Sadhana.
La SEP, como sabemos, se fraguó desde la Universidad Nacional al ser Rector el oaxaqueño autor de “La raza cósmica”; y si bien Vasconcelos utilizó a la máxima casa de estudios para concretar su proyecto educativo nacional, no abandonó esta rectoría sin antes tatuarle su lema: “Por mi raza hablará el espíritu”.
“Cuando Jesús dijo: ‘Bienaventurados los humildes porque ellos heredarán la tierra’, esto quiso decir. Proclamaba la verdad de que cuando un hombre se despoja del orgullo de sí mismo, entra en posesión de su verdadera herencia. Ya no tiene que combatir para asegurarse su posición en el mundo”, nos dice Tagore; a esta misma idea pertenece Mateo 8-20: “el hijo del hombre no tiene donde reposar la cabeza”.
Aquí una similitud -de varias- con el pensamiento Tolteca mesoamericano, expresado a través de la literatura de Castaneda, en aquellos versos que dicen:
Y no me aferro ya a nada, para así no tener nada que defender.
No tengo pensamientos, para así poder ver.
Desapegado y sereno me lanzaré
“El hombre no adquiere derechos porque ocupe un espacio más amplio ni por obra de su conducta exterior; sus derechos se amplían solamente hasta donde él es real, y
su realidad se mide por el alcance de su conciencia”.
Aquí encontramos la conciencia como un acto perceptivo, y a la percepción como una habilidad que, se puede trabajar al igual que un músculo. Tagore nos dice “percibir dentro de sus almas al ser que manifiesta una sola esencia en una multiplicidad de formas”, pero esta percepción no siempre es automática, es posible desarrollarla como “arpa acordada, cuyos arpegios vibren con la música de lo eterno”.
“El hombre pide a gritos alcanzar su expresión más plena. Es este anhelo de expresión propia el que le induce a buscar riquezas y poder. Pero tiene que descubrir el hecho de que acumular no es comprender”; sabemos, lo adinerado no quita lo inadecuado. De ahí que, la religión y el arte puedan ocuparse como la “sadhana” que nos permita extender nuestra conciencia hacia esferas más vastas y más altas.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas