En la tarea de hacer una limpia en mi estudio, me topé con un portafolios conteniendo media docena de libros. Guardados ahí, según creo, porque eran muy importantes y debían estar juntos. Tenían, según estimo, dos décadas sin ver la luz del día. Entre ellos, el más pequeño: Futuros problemas mundiales en la educación. Autor: Philip Coombs, primer secretario del Departamento de Educación del vecino país, nombrado por el presidente Kennedy, y luego director del Instituto Internacional de Planeación de Educación (Unesco), centro establecido en París y formador de las primeras generaciones de planificadores de la educación superior en México, principalmente de los provenientes de la UNAM durante 1965-1975.
El libro es de 1981 y fue editado originalmente por el International Council for Educational Development, con una traducción en español y publicado por la importante, pero ya desaparecida, Coordinación Nacional para la Planeación de la Educación Superior (Anuies/SEP), en 1982. En su característica de ensayo o breve estudio es, en buena medida, una continuación de los trabajos que, desde dos décadas atrás venía realizando el propio Coombs; principalmente, su influyente libro La Crisis Mundial de la Educación (1968). De acuerdo con esto, y trece años después, el texto tuvo como principal objetivo estudiar lo que pasó en los años 70´s, identificando los problemas críticos, pero también apuntando hacia los 80´s y 90´s para su posible atención. Según las evidencias, tales problemas se habían intensificado, pero también, simultáneamente, se habían generado “alentadoras pruebas de progreso, aunque de ninguna manera suficientes como para contrarrestar las fuerzas de la poderosa crisis que todavía estaban en acción”.
Aunque el texto tiene como objeto de estudio a la educación en general, la mayor parte está consagrada a lo que el autor denomina “seis problemas críticos con respecto a la educación superior”. A partir de ahí aparece una sorpresa: de los seis problemas que confrontaban los sistemas educativos del mundo, y especialmente en el nivel superior, cinco retratan buena parte de lo que se incluye (o se debe) en cualquier diagnóstico serio de ese mismo nivel educativo en nuestro querido México (uno sería el caso del recientemente expedido Programa Nacional de Educación Superior). Así, una hojeada rápida a todo ello me suscitó la idea de actualidad, o intemporalidad; algo que pareciera estar presente ahora en la educación universitaria del país. Lo perenne como marca de la casa, y por ello, la necesidad de ir actualizando las respuestas o soluciones a esa intemporalidad. Pasemos revista, aunque sea a vuelo de pájaro, y con referencia a México, a dichos problemas.
1.- El crecimiento de las necesidades y demandas. Con su experiencia de planificador de la educación (estamos en presencia de uno de los padres fundadores de esa disciplina), Coombs resalta la importancia para que los sistemas educativos se vayan ajustando a una demanda cambiante. Las proyecciones tradicionales en esta materia toman en cuenta la matrícula de los niveles previos, estimando la demanda de futuros estudiantes. Sin embargo, y como parte de la llamada crisis de la educación, resulta necesario tomar en cuenta dos dimensiones que suelen estar ausentes en buena parte de los ejercicios planificadores. Una es la llamada “demanda latente”, la de aquellos estudiantes no tradicionales, toda vez que (según preveía para los 80´s y 90´s) los estudiantes de tiempo completo de los niveles previos irían disminuyendo por razones principales de tipo económico y social, teniendo que preverse esta circunstancia.
La segunda dimensión, tremendamente actual en este 2026, se refiere a que las tradicionales formas de medir la calidad de los estudios ya no se ajustan a la realidad cambiante que se vive en el mundo (de nuevo, con referencia a los 80´s y 90´s). Es necesario, insiste, en asomarse a “lo que en realidad se está enseñando y aprendiendo hoy en día, por la forma en que esto se ajusta a las necesidades presentes y futuras de los estudiantes y de la sociedad”.
Lo antes expuesto, casi medio siglo atrás, parece cobrar plena actualidad en este 2026 cuando se accede a ciertos datos. Así, en calidad de ejemplo y como problemas: 45% de la matrícula total de educación superior en el país (5.5 millones) se concentra en diez carreras tradicionales. De ese total, 900 mil sólo en Derecho, Administración (en sus diferentes modalidades) y Psicología; frente a esto, 620 mil en ingenierías (principalmente industrial, electrónica y Software) ¿Debería, idealmente, ser al revés?
2. La perspectiva de empleo para graduados. Desde aquel 1981, Coombs alertaba sobre lo que pasaría en los próximos años en los “países en desarrollo”. Fenómenos como presiones por ampliar la matrícula en el nivel universitario, el “desempleo ilustrado” y las credenciales o diplomas como boleto más seguro para la obtención de empleo. Algunas cifras y proporciones para el México de hoy son las siguientes: a) casi un medio millón de egresados de educación superior permanecen desempleados; b) los ingresos promedio mensual de éstos egresados, que en 2016 era de 17 mil pesos, se mantuvieron en 2024 en esa misma cifra; c) en el caso de los posgraduados, y en esos mismo años, se pasó, reduciéndose, de 46 mil a 32 mil pesos; d) a lo anterior se suma el dato de los empleadores: 67% de éstos afirman tener dificultades para llenar vacantes por falta del perfil indispensable (O. Granados, con datos de Inegi, “La compleja encrucijada de la educación superior”, La Aurora, 15 de junio).
Comentarios:
Los datos de matrícula tradicional tienen su correlato en los otros dos aspectos ya mencionados: el desempleo de graduados y la opinión de los empleadores en torno a la dificultad para integrar sus plantillas de personal especializado. Modificar modelo educativo y académico, así como planes y programas de estudios resulta imprescindible ya.
La inversión individual y social en ciertas carreras no tiene ya la rentabilidad de los años pasados. Egresar de licenciatura no asegura un incremento permanente de percepciones, menos aún con los del posgrado, cuyos ingresos medios han disminuido en un ¡30%! en un lapso de ocho años. Técnicamente, la tasa de retorno (o los rendimientos de la inversión en educación), por lo que se refiere al gasto personal o público ha perdido dinamismo y, en palabras de Coombs: la formación profesional ya no “se ajusta a las necesidades presentes y futuras de los estudiantes y de la sociedad”. ¿Crisis en las profesiones?, seguramente no, o parcialmente no. Mas bien en los enfoques y prácticas de las mismas que no están reflejando los procesos de enseñanza aprendizaje. De ahí la necesidad de aquellos “ajustes”.
La próxima semana se abordarán los tres “problemas críticos” restantes.

Carlos Pallán Figueroa
Ex rector de la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco), Ex secretario General Ejecutivo de la Anuies.
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