Juan Domingo Argüelles es poeta, ensayista, lexicógrafo, editor y promotor de la lectura. Entre sus libros más recientes destacan La prodigiosa vida del libro, Pleonasmos, redundancias sin sentido, anfibologías y ultracorrecciones que decimos y escribimos en español, El vicio de leer y Malas lenguas. Ha sido reconocido por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (2019) y por el INAH y el Gobierno de Quintana Roo en el marco de la 35 Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia (2024). Es columnista de Campus desde hace años, por invitación del fundador de este suplemento, Jorge Medina Viedas †.
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¿Cómo percibes la cultura lectora en el México contemporáneo, más allá de los vaivenes de cada gobierno?
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El problema de la lectura en México es que generalmente no se distingue entre la lectura obligatoria —la que se hace en la escuela— y la lectura independiente, autónoma, la que hacemos por gusto. Es en esta segunda donde está el verdadero problema. En cuanto a los programas gubernamentales, cada sexenio se inventa algo diferente a lo que hacía el anterior, por muy bueno que fuera, sin dar continuidad. Y jamás —lo digo con énfasis— en ningún sexenio ha habido un informe de qué se ganó con el programa de lectura. Nunca se ha entregado ese reporte. Lo más virtuoso que ha existido en México son las salas de lectura: un programa ciudadano, de voluntariado, donde personas interesadas en compartir la lectura abren su garaje o su sala y convocan a otros. Cuando se intentó burocratizar ese modelo, fue un grave error, porque ahí donde interviene la obligación, se pierde el placer.
"Jamás, en ningún sexenio, ha habido un reporte de qué se ganó con el programa de lectura. La lectura se ve como un gasto, cuando en realidad es una inversión."
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¿Qué pesa más en la formación de lectores: la familia o la escuela? ¿Cómo equilibrar la obligación de leer con el placer?
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Los grandes especialistas —desde Gabriel Zaid hasta Michelle Petit— coinciden en algo muy cierto: los seres humanos practicamos la imitación. Si el padre lee y la madre lee, los hijos se familiarizan desde pequeños con el objeto libro. García Márquez lo decía de otra manera: no le digas al niño que debe leer ese libro; al verte leer, él se interesará. La escuela también puede formar lectores, pero casi lo hace por excepción. El problema es que convierte la lectura en tortura. Mi hijo llegó a casa entusiasmado con un poema de Rafael Alberti —dijo que "estaba chido"— y yo pensé: ya la hizo el profesor. Pero al día siguiente le aplicaron un examen con preguntas absurdas como "¿cuántas equivocaciones parciales tuvo la paloma?". Ese examen lo conservo como prueba de que cuando la escuela convierte en tortura algo que parecía placer, genera odio a la lectura. La gran tragedia es que muchas familias también provienen de escuelas que nunca les enseñaron a leer.
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Aunado a todo esto llega el auge de la inteligencia artificial sin regulación. ¿Cuál es el gran riesgo a largo plazo para la cultura lectora en México?
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El problema que enfrentamos hoy es doble y triple. Ya antes de ChatGPT existía el Rincón del Vago, donde los estudiantes descargaban resúmenes sin leer los libros. La diferencia ahora es de escala y de profundidad: los alumnos entregan ensayos que hizo ChatGPT sin siquiera leerlos, y algunos profesores los califican también con ChatGPT. Es un círculo vicioso: ChatGPT calificando ensayos que hizo ChatGPT. Lo que Sócrates —gracias a Platón— advirtió sobre la escritura, aplica hoy con mayor fuerza: en lugar de mejorar nuestra memoria e inteligencia, estas herramientas las van apagando. Ya ni siquiera ejercemos el cerebro para buscar en un índice; simplemente pedimos que lo desarrollen. El peligro no está en que la inteligencia artificial piense demasiado, sino en que suplante el pensamiento sin comprenderlo. Una universidad sin humanidades, sin lectura, sin libros, no es universidad. Lo decía mi gran amigo Jorge Medina Viedas, y tenía razón.
"ChatGPT está calificando ensayos que hizo ChatGPT. Todo se vuelve una locura: nadie está leyendo, ni siquiera las cosas que baja de ahí."
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¿Cómo convivir con la inteligencia artificial sin perder lo humano? ¿Un consejo para padres, maestros y estudiantes?
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No vamos a poder acabar con la inteligencia artificial porque no nos guste: ya está aquí. Cuando ocurrió la Revolución Industrial, los obreros le echaban la culpa a las máquinas, no al avance. La realidad siempre tiene razón. Pero lo que sí podemos hacer es tener más escrúpulos, más ética profesional, más dignidad. El que hace fraude —entregar como propio lo que generó una máquina— no está construyendo un mundo mejor. Usarla para conversar, para plantearle dudas, para que te ayude a pensar con sentido crítico, es legítimo. Usarla para que te haga la tarea es sencillamente un fraude. Hacernos la vida fácil no implica hacerla miserable. Hay que hacer un elogio a la lentitud: volver al placer moroso y amoroso de leer sin prisa, de pensar, de dudar, de crear. Eso es lo que la inteligencia artificial no puede darnos si no lo ponemos nosotros primero.
Juan Domingo Argüelles es columnista de Campus Milenio. Esta entrevista fue realizada en el marco del relanzamiento del Podcast Campus, conducido por Vanessa Medina Armienta y Salvador Medina.