Millones de años de evolución biológica se conjuntan con constructos sociales para determinar la manera en que se comportan los progenitores de un nuevo ser humano. Estudios revelan complejas interacciones que toman lugar en nuestro cerebro
La conducta parental es el resultado de una compleja combinación de biología, aprendizaje y cultura. En el cerebro, los efectos de los genes, las hormonas y los constructos sociales se entrelazan de manera intrincada. ¿Qué implica realmente ser una buena madre o un buen padre? ¿Acaso vivimos en una sociedad que idealiza el comportamiento parental?
Para una madre, los meses de embarazo son un viaje de cambios físicos y emocionales. Al principio, sus hormonas se disparan, creando una montaña rusa de sentimientos y expectativas abrumadoras. Luego, llega una temporal estabilidad emocional con la progesterona alta, solo para caer abruptamente y dar inicio al proceso del parto, que puede sentirse caótico desde varios puntos de vista. Ella conoce el dolor de las contracciones, el esfuerzo del parto y la ansiedad ante un futuro desconocido, incluyendo su nueva responsabilidad de cuidar a alguien tan vulnerable como un recién nacido.
Curiosamente, cuando la madre sostiene al bebé entre sus brazos y lo amamanta, varios neuroquímicos pueden generar una euforia inmediata. En parte, por los opioides que alivian el dolor, la oxitocina y prolactina de la lactación, y la dopamina de la novedad. De repente, todo puede cobrar sentido. Ese primer encuentro le da un rostro a los sentimientos que la madre ha guardado, y a los deseos de nutrir y proteger al pequeño.
Muy probablemente estará dispuesta a soportar más que nadie y a postergar su bienestar para atender al bebé. Sus circuitos cerebrales maternales se han activado repentinamente por los estímulos físicos del parto y la lactancia, que fueron sensibilizados durante la gestación por las hormonas. Pero además, su círculo social ha creado expectativas culturales y reforzamientos psicológicos de lo que significa ser una buena madre.
¿Y qué ocurre con el padre? Su aspecto físico no cambió. Sus hormonas sexuales no fluctuaron, ni tuvo dificultades para dormir durante los meses de gestación. No conoce los dolores del parto ni la experiencia de la lactancia. Sin embargo, otras hormonas del estrés llamadas cortisol y noradrenalina sí se elevaron en él durante la gestación y durante el posparto, al igual que en la madre. Se sabe que el aumento moderado de estas sustancias crea el ambiente cerebral ideal para incrementar la expectativa y para formar vínculos afectivos.
De hecho, muchos padres también generan una conexión instantánea al ver nacer a su bebé y al sostenerlo en sus brazos. Aún así el padre necesitará interactuar más con el infante. Cuanto más tiempo pasen juntos, más profundo será el vínculo emocional, y con ello, el aumento de cortisol y noradrenalina. En algún momento futuro, padre y madre probablemente responderán de manera similar ante el cuidado del pequeño.
Durante décadas, la neurociencia ha explorado el comportamiento parental en diversas especies animales, encontrando conclusiones similares. Por ejemplo, que los cambios hormonales, los estímulos físicos asociados con el parto, la lactancia y el estrés moderado crean un entorno cerebral propicio para que la madre identifique al recién nacido como propio, supere el miedo inicial del contacto, lo acepte y se motive para cuidarlo.
Resulta curioso descubrir que las ratas hembras vírgenes, es decir, aquellas que no han experimentado gestación, parto ni lactancia, pueden mostrar comportamientos maternales después de convivir durante una semana o más con crías de otra hembra. Este fenómeno revela un dato fascinante: la convivencia con un infante eventualmente desencadena cambios cerebrales que conducen al comportamiento parental, y lo mismo ocurre en machos que conviven con crías.
La neurociencia también indica que para algunas especies existen periodos críticos de convivencia entre madre y cría para formar improntas basados en el reconocimiento social. Por ejemplo, las ovejas tienen un breve lapso posparto en el que deben convivir con el cordero para desarrollar conducta maternal. Esta ventana temporal puede extenderse con la estimulación física que acompaña al parto. Pasado ese tiempo, la madre oveja que no convive con su cría no responderá con conducta maternal. En sociedades donde se opta más por cesáreas que por partos naturales, y donde es común tener nanas que cuiden del bebé, es interesante reflexionar sobre el posible efecto de esa falta de estímulos en la conducta parental y en la vinculación afectiva.
El cerebro responde a los estímulos del parto y la lactancia, así como a la convivencia, los cuales modifican la actividad en estructuras subcorticales como el área preóptica media y el núcleo accumbens, generando motivación a través de neurotransmisores como la oxitocina, la dopamina, la galanina y los opioides. Estos químicos también actúan en la amígdala, reduciendo el miedo y facilitando el reconocimiento y aceptación del infante. Por su parte, la corteza cerebral se encarga de cristalizar las creencias y el aprendizaje asociativo, generando expectativas y planeación de la conducta. En otras palabras, ser padre o madre se trata de sentir y también de decidir.
Es relevante comprender la interacción entre neurobiología, psicología y cultura en el tipo de cuidados parentales que se expresan en nuestra sociedad. Por ejemplo, resulta intrigante que en México haya un censo de 38 millones de madres de 12 años o más (11% solteras) y solo 17.8 millones de padres de 20 años o más (0.5% solteros). ¿Por qué hay menos padres solteros? En algunos casos, las mujeres enfrentan más presión social para equilibrar el trabajo y la crianza, mientras que a los hombres se les permite descuidar su papel paternal. Aunque, también existen casos opuestos.
Tanto la maternidad como la paternidad residen en el cerebro. Es fundamental entender que la motivación parental está influenciada por una combinación de factores, pero que la convivencia con los hijos es crucial para desencadenar los vínculos afectivos que llevan a los cuidados parentales. Como dice el dicho, «los hijos son como los lujos; de inicio nadie los necesita, pero una vez que los conoces ya no puedes vivir sin ellos«. Indiscutible verdad.
Dr. Genaro A. Coria-Avila
gcoria@uv.mx
Instituto de Investigaciones Cerebrales. Universidad Veracruzana
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