En el libro de Carlos Castaneda, el consumo de peyote permite acceder a otras dimensiones. ¿Cómo funcionan estas sustancias en realidad?
Cuando Carlos Castaneda estudiaba antropología en la Universidad de California, emprendió un viaje al norte de México con un objetivo claro: encontrar a Juan Matus, un chamán yaqui. Tras mucha insistencia, don Juan accedió a guiarlo en una experiencia única de autodescubrimiento y exploración espiritual, usando como aliados al peyote (“Mescalito”), el toloache (“yerba del diablo”) y el hongo psilocibe (“humito”). Estas plantas, aseguraba el chamán, permitían acceder a dimensiones ocultas de la realidad y experimentar una percepción más profunda del mundo.
En Las enseñanzas de don Juan, Castaneda detalla cómo, al consumir peyote, su percepción cambió drásticamente. De repente, todo a su alrededor parecía cobrar vida con una intensidad sorprendente. Las plantas, las rocas y el suelo se movían y respiraban, como si fueran seres conscientes. Castaneda describía una conexión intensa con el entorno natural, aunque también enfrentó momentos de terror que solo pudo superar gracias a la guía de don Juan. Durante esos trances, su mente parecía expandirse más allá de lo físico, haciéndolo sentir uno con el universo.
Este relato abre la puerta a preguntas fascinantes sobre cómo los compuestos químicos de ciertas plantas afectan la conciencia y la espiritualidad humanas. ¿Podrían estas sustancias realmente revelar una sabiduría superior o mejorar nuestro entendimiento de la vida? ¿O todo se reduce a una ilusión, idealizada por aquellos que justifican el uso recreativo de alucinógenos? Castaneda, con su narrativa, borró la línea entre la antropología y el misticismo, despertando un profundo interés por el papel de las drogas en la percepción humana.
Hoy en día, la neurociencia moderna explora estos estados alterados con un enfoque más científico, investigando tanto los riesgos como las posibles aplicaciones terapéuticas. Lo primero que debemos entender es que todas las drogas —legales e ilegales, naturales y sintéticas— afectan la química cerebral y, por ende, nuestra conducta, emociones y pensamientos. Por ejemplo, cuando leemos, la luz que entra por nuestros ojos se convierte en impulsos eléctricos que viajan por circuitos neuronales hasta la corteza visual, donde interpretamos lo que observamos. Alteraciones en este proceso, ya sea en la retina, el tálamo o la corteza, pueden distorsionar lo percibido.
Nuestro cerebro, al igual que con la luz, tiene múltiples áreas que, al activarse, generan respuestas de placer o aversión para guiar nuestro comportamiento hacia estímulos esenciales como la comida, el sexo o los lazos afectivos. Estos circuitos nos ayudan a reconocer y responder a lo que favorece nuestra supervivencia. Sin embargo, alteraciones químicas pueden cambiar la intensidad de emociones como el placer o el miedo, y hasta afectar cómo percibimos los límites de nuestro cuerpo y mente, algo que ocurre al influir en la red neuronal por defecto (RND).
En la última década, ha resurgido el interés por las sustancias psicodélicas debido a su capacidad para alterar la RND y modular la percepción y el estado de ánimo. La psilocibina, la ketamina y el LSD se han estudiado por su potencial para tratar la depresión resistente a los tratamientos tradicionales. Estudios controlados muestran que, bajo supervisión médica, estos compuestos pueden facilitar experiencias introspectivas que ayudan a los pacientes a reconfigurar patrones de pensamiento y mejorar la flexibilidad cognitiva. La psilocibina, en particular, ha mostrado en ensayos clínicos resultados prometedores, con mejoras duraderas en los síntomas depresivos tras solo una o dos sesiones.
Estas sustancias actúan al activar los receptores 5-HT2A de serotonina en el cerebro, fomentando un estado de neuroplasticidad que permite la creación de nuevas conexiones neuronales. Un experto lo comparó con una nevada que cubre antiguos caminos, permitiendo abrir nuevas rutas. No obstante, aunque los resultados son alentadores, se necesita más investigación para asegurar un uso seguro, dosificaciones precisas y un entendimiento claro de sus mecanismos, así como para establecer marcos legales y éticos para su aplicación clínica.
Curiosamente, estas sustancias existen en la naturaleza como defensa evolutiva de las plantas contra la depredación. Los compuestos, como las triptaminas y los alcaloides (psilocibina, morfina, nicotina, cafeína), tienen propiedades amargas o tóxicas que disuaden a los animales. En el cerebro humano, sin embargo, estas moléculas pueden actuar en receptores similares a los de neurotransmisores que inducen placer y, en ciertas dosis, desencadenan efectos psicoactivos profundos.
El cerebro humano es el resultado de millones de años de evolución, adaptándose a moléculas de plantas con las que coevolucionó. Por tanto, las drogas no existen como un regalo del universo, sino como productos de una compleja interacción evolutiva.
Es un hecho que muchas drogas, si se usan con precaución, pueden tener aplicaciones en psiquiatría, particularmente en el manejo de trastornos del estado de ánimo. Pero, como todo, el contexto lo es todo: cantidad, frecuencia, propósito y si permiten mantener la funcionalidad en la sociedad.
Don Juan enfatizaba a Castaneda que la vida debía ser enfrentada con la disciplina de un “guerrero”, con propósito y conciencia. Las drogas, decía, eran herramientas que podían ampliar la percepción y revelar verdades profundas, pero solo bajo un uso respetuoso y controlado. Como bien se dice: “Las drogas prometen abrir la mente, pero a menudo cierran el futuro”. Indiscutible verdad.

Genaro A. Coria-Avila
Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /
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