La improvisación en este género musical puede enseñarnos mucho sobre como resolver las situaciones cotidianas
Estás sentado en un pequeño bar, escuchando a una banda de jazz, las luces son tenues. En el escenario, el saxofonista comienza a tocar un solo. Cierras los ojos por un momento, dejando que la música te envuelva. Las notas fluyen de manera impredecible, pero cada una encaja perfectamente en la armonía. De repente, el pianista toma el relevo con otro solo, continuando la melodía sin dudar, y el percusionista hace remates que suenan exactos, como si todos supieran exactamente hacia dónde debía ir la música. A pesar de estar improvisando, sientes que hay algo familiar en cómo las notas y el ritmo se encadenan, como si esa melodía hubiera estado esperando para ser descubierta.
Pareciera que los músicos están inventando la melodía en ese momento, pero en realidad, sus mentes están llenas de miles de escalas musicales practicadas durante años, una y otra vez, a distintos ritmos y tonos. Cada vez que improvisan, utilizan esas piezas previamente aprendidas, reorganizándolas y combinándolas en formas nuevas. Sus cerebros no crean música de la nada, sino que forman melodías frescas a partir de fragmentos de conocimiento ya existentes.
En el jazz encontramos una metáfora de cómo tu cerebro reacciona ante las situaciones cotidianas, ya sean positivas o negativas. Por ejemplo, tu interacción con otros al entrar a una reunión social, enterarte de que tu equipo perdió o cuando tu hijo ha derramado agua en un restaurante. Al momento de resolver una situación imprevista, tu cerebro se apoya en lo que algunos llaman “reserva cognitiva”, que incluye todo tu conocimiento, consciente e inconsciente, emocional, episódico y semántico. Al igual que un jazzista, usarás estos recursos para armar respuestas a cada situación de tu vida, ya sea de manera sofisticada o primitiva.
La clave de éxito del jazzista no está solo en saber tocar todas las notas musicales, sino en saber cuándo improvisar y cuándo dejar ir. Como decían los filósofos estoicos, no puedes controlar todo lo que sucede, pero con el suficiente entrenamiento sí podrás controlar cómo respondes. Así como el músico escucha a los demás y se adapta a la realidad de la melodía, tú puedes escuchar las circunstancias y adaptarte a la realidad de tu vida.
La gran paradoja es que la buena improvisación, tanto en la música como en la vida, no es una habilidad que surge de la nada; es el resultado de la práctica. Así como un buen músico se prepara durante años para esos momentos espontáneos de creación, una persona también puede entrenar a su cuerpo y a su mente. La vida, al igual que una pieza de jazz, está llena de incertidumbre, pero si aprendes a escuchar y adaptarte, puedes transformar cualquier adversidad o prosperidad en una oportunidad para crear algo nuevo.
Por ejemplo ¿Cuál es tu reacción cuando te topas con una persona indeseada en una reunión social, cuando conduces en un día con tráfico, o al enterarte de que no fuiste elegido para un reconocimiento que esperabas? Tu reserva cognitiva, junto con tu capacidad innata de experimentar emociones, procesarán la información y determinarán tu respuesta. Así, entre mayor sea tu reserva cognitiva —determinada por lo que has leído, experimentado, visto o creído—, menos espacio dejarás para que tu conducta sea puramente emocional. No significa que las emociones sean indeseables, sino que son tu primera opción —no sofisticada— en el repertorio conductual dado por la naturaleza a nuestra especie. Al estilo del jazzista, la sofisticación en la ejecución de tu solo conductual improvisado corresponderá a tu nivel de entrenamiento.
Un buen jazzista, como mencionaba Pat Metheny, no es solo un buen solista que improvisa, sino alguien que sabe escuchar y responder a lo que tocan los demás. Con esa virtud, el jazzista deja de pensar en el “yo” para pensar en “nosotros” durante la ejecución de la melodía. Así, la improvisación no se trata de desorden, sino de una respuesta flexible a lo inesperado, de saber cómo integrar lo que ya conocemos con lo que el momento demanda.
Tomemos el ejemplo de un cirujano en una operación de emergencia. Aunque haya estudiado cada procedimiento y técnica en los libros y haya practicado innumerables veces en situaciones controladas, cuando algo sale mal —cuando una hemorragia inesperada o una complicación imprevista ocurre— debe confiar en su capacidad para improvisar. No tiene tiempo de detenerse a reflexionar; su cerebro reorganiza instantáneamente lo que ha aprendido a lo largo de los años y actúa de manera precisa, resolviendo el problema en tiempo real. La improvisación aquí no es un salto al vacío, sino una respuesta calculada, basada en una preparación previa exhaustiva.
Lo mismo puede decirse de los emprendedores que navegan el incierto mundo de los negocios. Un plan de negocios puede ser perfecto en papel, pero la realidad del mercado cambia constantemente. Los mejores emprendedores no son los que siguen ciegamente un plan, sino los que saben cuándo desviarse de él, cuándo ajustar su enfoque, cómo responder a la competencia o a los imprevistos. En lugar de bloquearse ante una crisis, improvisan soluciones, toman decisiones rápidas y adaptan sus estrategias en función de lo que encuentran en el camino.
Cada día, en cada instante, nuestro cerebro intenta predecir lo que sucederá a continuación, basándose en la experiencia pasada. Pero cuando las predicciones fallan, el cerebro debe improvisar: ajustar sus expectativas, adaptarse a la nueva información y reorganizar lo aprendido para resolver el problema. Desde esa perspectiva la capacidad de improvisar no solo es una ventaja, sino una necesidad en la resolución de problemas. Y como dicen por ahí: “el mejor improvisador es aquel que está completamente preparado”. Indiscutible verdad.

Genaro A. Coria-Avila
Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /
- Genaro A. Coria-Avila
- Genaro A. Coria-Avila
- Genaro A. Coria-Avila
- Genaro A. Coria-Avila