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1 de septiembre de 2026
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Neurociencia para vivir mejor: El poder de tu mirada

Cada día ocurre una historia similar. El semáforo acaba de cambiar a verde y tú aceleras para avanzar con el automóvil. Sin embargo, un conductor imprudente que viaja en la calle perpendicular ignora la luz roja, forzándote a frenar bruscamente para evitar un choque. Inicialmente, tu intención es evitar cualquier conflicto y solo esperas un gesto que indique una disculpa sincera por parte del otro conductor. Pero, en lugar de eso, notas que mueve la cabeza de un lado a otro en señal de desaprobación hacia ti. Comienzas a irritarte.

Mediante nuestros ojos recibimos información de los demás y transmitimos aspectos de nuestra propia identidad

La mirada de otros ejerce un poder significativo en nuestro cerebro.

Cada día ocurre una historia similar. El semáforo acaba de cambiar a verde y tú aceleras para avanzar con el automóvil. Sin embargo, un conductor imprudente que viaja en la calle perpendicular ignora la luz roja, forzándote a frenar bruscamente para evitar un choque. Inicialmente, tu intención es evitar cualquier conflicto y solo esperas un gesto que indique una disculpa sincera por parte del otro conductor. Pero, en lugar de eso, notas que mueve la cabeza de un lado a otro en señal de desaprobación hacia ti. Comienzas a irritarte.

Lo peor viene después, cuando percibes que el desconocido te mira directamente a los ojos sin apartar su mirada penetrante, lo cual interpretas como un desafío y un insulto que te enfurece. Ahora tú también lo miras fijamente. La situación se transforma, y en ese momento ambos pueden leer los labios del otro y el lenguaje corporal con señas explícitas. El otro conductor desciende con un bate, dispuesto a usarlo contra tu automóvil o contra ti. Afortunadamente, el semáforo sigue en verde a tu favor. Sin pensarlo, aceleras y huyes del lugar. La tensión muscular hace que tu cuerpo y tu voz tiemblen. Piensas en todos los posibles escenarios que pudieron haber ocurrido.

Indudablemente, la mirada de otra persona ejerce un poder significativo en nuestro cerebro. Es un componente crucial en la dinámica de las interacciones sociales, siendo un medio mediante el cual recibimos información de los demás y transmitimos aspectos de nuestra propia identidad. Y cómo no, si hasta algunos poetas han llamado a los ojos la ventana del alma. Tan solo el encuentro visual con un ser amado nos conecta profundamente, creando una complicidad única. Paradójicamente, el encuentro visual con un desconocido puede generar incomodidad, que puede llegar a alimentar sentimientos de miedo o agresión. Pero, ¿por qué?

Múltiples regiones cerebrales responden ante el contacto visual, pero quizá ninguna resulte tan fascinante como la amígdala. Esta estructura con supuesta forma de almendra, está ubicada bilateralmente en los lóbulos temporales y es parte integral del sistema que genera emociones. Recibe información rápida del tálamo y actúa como un sensor anticipatorio, desplegando emociones en fracciones de segundo que nos permiten adelantarnos eficazmente a diferentes escenarios. Por ejemplo, al riesgo que implica recibir miradas fijas de un extraño. La activación es mayor si el rostro del desconocido expresa ira o miedo.

La amígdala también recibe información del hipocampo y de las cortezas prelímbica e infralímbica que están cercanas a tu frente, aunque esta ruta se considera más larga porque requiere unos milisegundos más por los relevos que incluye. El hipocampo y la corteza prelímbica contribuyen a la reactividad de la amígdala a través de las memorias aversivas, dándo validez al deseo de huir o de agredir a otro individuo con base en tu pasado. Por el contrario, la corteza infralímbica funciona como un bombero que extingue el miedo generado en la amígdala a través de las decisiones conscientes, la moralidad y la empatía por otros.

Curiosamente, nuestra historia de vida influye en el tamaño de la amígdala y en su reactividad ante la adversidad. Por ejemplo, se ha mostrado que personas que experimentaron apegos desorganizados en la infancia suelen tener mayor volumen en la amígdala izquierda. Un apego desorganizado suele ocurrir por la inconsistencia emocional de los cuidadores principales para generar una relación de seguridad, y el aumento de volumen amigdalino pudiera explicar la dificultad de esas personas para regular las emociones, la expresión de desconfianza interpersonal, el miedo a la intimidad, la autoimagen negativa y hasta su reactividad en encuentros de tránsito.

La amígdala también contiene una abundante cantidad de receptores GABA, cuya función es inhibir a las neuronas en momentos innecesarios. Cuando un receptor GABA se abre, deja pasar de manera selectiva iones cloro, que con su carga negativa incrementan el umbral necesario para activar a la neurona, haciendo más difícil que se genere miedo. No es de extrañar que las sustancias que activan dicho receptor, como las benzodiacepinas, los barbitúricos, algunas hormonas y el alcohol, disminuyan el miedo y la ansiedad. Quizá por eso las personas con apegos desorganizados y amígdalas agrandadas suelen tener mayor predisposición al abuso de sustancias ansiolíticas para estar bien y hasta para poder dormir. Curiosamente, la actividad de la amígdala también disminuye hasta un 60 por ciento con caminatas de una hora en ambientes naturales.

Sin duda, la mirada y sus efectos en la actividad de la amígdala cerebral ofrecen un mundo fascinante de descubrimientos útiles para la sociedad. Por ejemplo, se sabe que la mirada atípica es uno de los rasgos característicos en trastornos del neurodesarrollo como el autismo. Algunos científicos creen que la reducción de la mirada a los ojos en personas con autismo podría resultar de una amígdala hipoactiva que no identifica los ojos como elementos relevantes. Para otros científicos, la evitación de la mirada sugiere lo contrario: una amígdala hiperactiva provoca la evitación de la mirada, quizá por miedo a la socialización. Probablemente algún día podremos reconocer con más exactitud patrones de la mirada que sirvan como herramientas de diagnóstico.

El poder de la mirada nos invita a reflexionar como sociedad sobre nuestro control emocional y nuestra cultura de paz y de inclusión. A veces nos obsesionamos con mirar solo un lado o una perspectiva de las cosas, cuando para solucionarlas casi siempre basta con cambiar la perspectiva. Quizá, como alguien dijo: “Para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada”. Indiscutible verdad.

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Genaro A. Coria-Avila
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Instituto de Investigaciones Cerebrales / Universidad Veracruzana /

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