Figura central para el normalismo rural mexicano, educador revolucionario, luchó por la educación y la tierra
“¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro”, aseguraba el argentino Jorge Luis Borges; por ello quizá sea lo mismo recrearse con los recuerdos como con las ucronías o las utopías. No obstante, nuestro tema de hoy es el sueño de un educador insigne, quien a principios de noviembre recordamos por el aniversario 123 de su natalicio.
Sobre José Santos Valdés, ya habíamos escrito en este espacio, le llamamos “El guardián de la educación”. ¿Cuál era su sueño? La educación del futuro. “La escuela primaria de mañana ha de encontrarnos preparados. Porque la escuela primaria de mañana tiene que ser expresión de un mundo en donde haya más justicia, más bienestar, más cultura, más solidaridad y comprensión entre los pueblos y entre los hombres”.
¿Un idealista? Quizá, pero Santos Valdés, fue sobre todo un hombre de acción, así dimos cuenta en la entrega anterior al compartir su enorme labor en las Misiones Culturales, las cuales, iniciaron desde la época de Vasconcelos. Como educador sembró en la mitad del país, desde su natal Coahuila hasta Tabasco.
Pero también fue un prolífico escritor de artículos, escribió cientos de entregas, entre ellas, las de su columna “A bayoneta calada”, fue pues, un líder de opinión; él aseguraba: “periodismo que no educa, no es periodismo”; es decir, educaba por todas partes y, a pesar de ese sueño sobre “la escuela del mañana”, Santos Valdés jamás la romantizó. Todo lo contrario, su trabajo en campo le dio la perspectiva suficiente para saber ponderar las dimensiones de las aulas nacionales. Veamos.
“No es la escuela la que en último trance condiciona a la sociedad sino al revés, es la sociedad la que condiciona a la educación”. Más aún, “los problemas de la Escuela Primaria Mexicana han de resolverse por los hombres, educadores o no, que tienen los pies en el suelo, que viven en el mundo y que, esto es lo sustantivo, son capaces de entender que los problemas escolares no podrán desligarse jamás del mundo en que se vive”.
Todavía más, “Ideal mentiroso y falso que no se ha terminado del todo. Todavía millones de padres de familia y, para desgracia nuestra, no pocos maestros, esperan que la escuela sea capaz por sí sola, de transformar el mundo, de formar buenos hábitos, muy buenas costumbres para comer, hablar, jugar, vestir, asearse”, y pues no, no es así, la escuela es un espejo de la sociedad, refleja todas sus desigualdades y todas sus dolencias; los privilegios de unos cuantos en detrimento de los más desfavorecidos.
Spengler nos dice que, “sólo el hombre activo, el hombre del sino vive en última instancia la vida del mundo real, mundo de las decisiones políticas, militares y económicas, mundo en el cual ni los conceptos ni los sistemas tienen cabida”. Santos Valdés fue la excepción que confirma la regla, fue tan activo como reflexivo y también viceversa.
Sobre el hombre reflexivo, el de los conceptos y las doctrinas, Spengler asegura: “sabe siempre lo que tiene que hacerse; sin embargo, su actividad—cuando no se limita a escribir—es la menos eficaz y valiosa de todas en la historia” Valdés García de León, fue la excepción.
Parafraseando a Huidobro cuando dice, el poeta no habla de la lluvia, el poeta hace llover. Podemos decir que nuestro personaje de hoy, no sólo habló de la educación, él fue la educación por done quiera que anduviese. Lámpara guía desde sus tiempos hasta ahora que lo recordamos en cuerpo, alma y pensamiento.
Batalló donde transcurre la historia del espíritu, su sueño fue la “escuela democrática”. Para él, la escuela democrática es inclusiva, es aquella que incluye a la realidad social; es decir, no entiende a la escuela como una isla ajena a la realidad y separada del devenir histórico.
Valdés nos dice: “la escuela para ellos, padres y maestros, era una entidad fuera de la vida diaria que arrastraban. Una, la vida, podía estar tejida por todas las miserias, por todas las injusticias, por todas las imperfecciones. La otra, la escuela, había de estar a mil codos de esa vida y ser, por lo mismo, la expresión más alta de la perfección”.
Recargarle ese falso idealismo a la escuela, ni la ayuda, ni la mejora. Como hombre de acción y reflexión, fue el cronista de la “escuela rural mexicana” esa que hizo época e hito en Latinoamérica. Valdés fue quien nos contó como la escuela en el campo (ese campo siempre olvidado) no fue fruto de pedagogos, sino de los campesinos mismos que, “al luchar por la tierra, lucharon por la escuela”.
“Hombre austero hasta parecer puritano, maestro con dotes de intelectual, cualidades que lo presentaron como educador revolucionario, siempre congruente basado en la máxima de que el verdadero educador del hombre es el trabajo, la práctica hace al maestro, el hábito perfecciona su trabajo y la disciplina garantiza su eficiencia”. Recordó hace unos días su biógrafo, el maestro Hallier Morales.
Santos Valdés confesaba “es verdad que no tengo espíritu religioso, pero eso no me convierte en enemigo de los que lo son […] me acerco o me alejo de los hombres no en razón de sus ideas, sino de sus obras […] ¿estamos?”
Hernández Navarro, recordó sobre nuestro personaje de hoy que fue “Hijo de un peón de hacienda, tuvo como único título el de maestro rural. Sin embargo, más allá de reconocimientos académicos, fue un formidable pedagogo, un gran periodista de opinión, un prolífico escritor y un incansable e incorruptible luchador social”; y agrega “si la teoría es práctica sistematizada, Valdés fue un verdadero teórico de la educación en México”.
Los 20 tomos de las Obras Completas de Santos Valdés son producto del cariño sembrado en la Normal Rural de San Marcos, en Zacatecas, donde fue director. El primer tomo se editó en 1982 y el último se concluyó en 2005.
“Un educador revolucionario puede desarrollar su labor educativa a favor del cambio de las estructuras fundamentales de la sociedad” para ello hay que aprovechar las reformas educativas que los vientos del cambio social traen consigo, aseguraba Valdés.
Bien, además del breve y torpe homenaje, todo lo anterior resulta de actualidad pues, de acuerdo con información del periódico La Jornada publicada el 31 de octubre y el primero de noviembre, existe la posibilidad de que los restos de José Santos Valdés sean trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres.
En la Rotonda de las Personas Ilustres, actualmente hay 22 educadores, entre ellos -enumerarlos a todos sería innecesario- mencionemos cinco o seis que han sembrado en nuestro corazón: Altamirano, Ramírez (el nigromante) Justo Sierra (vean su discurso inaugural de la Universidad Nacional), Alfonso Reyes, Gabino Barreda (le debemos la ENP, alma máter) y al siempre ilustre -a pesar de su suicidio- Jaime Torres Bodet. Ahora, esperemos que todos ellos sean acompañados por José Santos Valdés García de León.
Falleció Enrique Dussel, QEPD
La izquierda Latinoamericana se queda un tanto huérfana. Ya hablaremos del tema. Al tiempo. A sus deudos filiales o intelectuales, un inmenso abrazo.

Héctor Martínez Rojas
- Héctor Martínez Rojas
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