Tal es el título de la maravillosa exposición abierta, en abril pasado, en el Museo de Bellas Artes de Richmond, capital del estado de Virginia, misma que se prolongará hasta finales de septiembre de este 2025. La ciudad, fundada en 1737, albergó al Primer Congreso Continental en 1774, de los tres que hubo previos a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, y que tiene en una de las calles principales una glorieta con una estatua de Arthur Ashe, tenista afroamericano y una de las glorias de ese deporte durante los años setenta (llegó a ser el número dos).
Ese Museo, moderno y funcional, se enmarca dentro de esplendorosos jardines y espacios de recreo, concentrando 50 mil obras de arte de distintas épocas. Una característica especial de este recinto es funcionar los 365 días del año y ofrecer permanentemente entradas gratuitas. Pero, en el caso de la exposición temporal de Frida Kahlo sí se cobraban 20 dólares por persona adulta y 10 para niñas y niños. La concurrencia era muy numerosa el sábado que este cronista estuvo presente. Parte del encanto y admiración que produce la exposición, no obstante la relativa parquedad del contenido (60 obras: pinturas, grabados, dibujos y fotografías), es la excelente museografía en que se despliega toda esa obra.
La exposición inicia con una amplia y detallada línea del tiempo que recoge el espacio vital y la trayectoria artística de Frida (1907-1953), el cual permite al visitante visualizar cuál será su recorrido. De ahí la dificultad para hacer una amplia crónica de los trabajos y los días del personaje convertido ya –como acertadamente allí mismo se indica– en una leyenda.
Primera sorpresa en la obra que abre la exposición: su primer autorretrato. Realizado un año después del accidente que le modificó su cuerpo para siempre, en 1925, el cuadro estuvo colgado en la casa de don Alejandro Gómez Arias, su joven acompañante y primer amor en aquella tarde funesta. Una referencia personal: traté a don Alejandro en sus últimos cuatro años de vida en su casa de la avenida Benjamín Franklin. Allí, frente al autorretrato, escuché varias de los momentos que describen a Frida, todo eso al calor de los dos o tres oportos que tornaban más atractiva la narración. En aquel momento, él recomendaba la biografía de Hayden Herrera, cuya primera edición mostraba en la portada la fotografía de dicho autorretrato.
Pero, de vuelta al Museo, de las tantas historias o temas que inevitablemente se desprenden de esas 60 obras, me concreto a dos de ellas: romances y sufrimientos. De los primeros, en su dibujo “vista de Nueva York” (1936) se lo dedica a la gran actriz Dolores del Río, “con la que más tarde tuvo un romance”. Varias de las fotografías, posiblemente las mejores (‘algunos de los retratos más cautivadores y bellos de la artista’) fueron tomadas por Nickolas Murry, de nacionalidad húngara; en la ficha se consigna: “su atracción fue mutua e inmediata, y desembocó en un romance que duró toda una década … pero, poco a poco se dio cuenta que ella y Rivera estaban permanentemente entrelazados”. A esto habría que agregar el temprano romance con Gómez Arias (luego convertido en líder de la autonomía de la Universidad Nacional en 1929), y, desde luego, lo de Diego Rivera, sus dos matrimonios con él.
Por lo que corresponde a los sufrimientos, el éxito en la vida profesional va de la mano con su deterioro físico en la etapa 1940-48. Su divorcio de Diego, en 1939, fue un preámbulo para el bálsamo de un nuevo enlace matrimonial con Rivera, en diciembre de 1940. Esa unión dura ocho años para que, en 1948, en ese mismo año, Rivera le pidiera el divorcio nuevamente, en dos ocasiones. La primera para casarse con María Félix, intento que no fructificó, pero sí con Emma Hurtado. Empero, Diego, separado de esta última, vuelve con Frida. Son años de dolor físico y sufrimiento, pero, paradójica o irónicamente, es el tiempo de sus autorretratos más poderosos, como se consigna en la ficha correspondiente. En sus últimos años (1949-54) permanece hospitalizada nueve meses y, un año antes de su fallecimiento, se le amputa la pierna derecha. La foto de Lola Alvarez Bravo, en los últimos momentos de su vida, pintando con dificultad, y teniendo a su lado a un contrito Diego, refleja una escena sumamente dramática.
Como se enuncia en la presentación de la muestra, esta tiene como objetivo descorrer “el velo del mito que continúa oscureciendo a Kahlo como individuo… y los eventos traumáticos que inspiraron su trabajo, obteniendo así una visión de esta notable artista que usó su creatividad para superar el dolor emocional y físico”.
Como ya se dijo, la concurrencia a la muestra era numerosa en ese sábado, no obstante la tarifa de ingreso. Posiblemente un ejemplo de esto sería lo acontecido al final de la jornada de ese día. Una visita al histórico Patrick Henry’s Pub (cuyo nombre honra a un importante precursor de la independencia de los Estados Unidos, famoso por su frase: “Dadme la libertad o dadme la muerte”) muestra el impacto popular de la exposición: la mesera del lugar, Sue, emocionada, ya que también había asistido a la muestra, cuenta sobre lo que le resultó fascinante, culminando con una expresión. “She is gorgeous!”.

Carlos Pallán Figueroa
Ex rector de la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco), Ex secretario General Ejecutivo de la Anuies.
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