UNAM 475: Momentos extraordinarios/ I.
UNAM 475: Momentos extraordinarios/ II.
Tal como lo expresó el rector de la UNAM al conmemorarse el aniversario 475 de la Máxima Casa de Estudios, el pasado 21 de septiembre: a) “No puede establecerse una línea de continuidad entre aquel organismo de 1551 y la institución de 2026”; b) La actual UNAM es “fruto de complejos procesos” en los que se encuentran avances, tiempos difíciles, acuerdos y controversias. Pero, al lado de estos elementos, como se expresó en la primera parte, también es posible encontrar sucesos, acontecimientos o situaciones que resulta oportuno recordar, particularmente para las nuevas generaciones de universitarios del país. A los cinco momentos abordados hasta ahora se añaden dos más. Tal y como se expone ahora.
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La autonomía como modelo de gobernabilidad
Pareciera que la Universidad, como cualquier organismo, tuvo que “aprender” a base de prueba y error para, finalmente, tener un gobierno congruente con sus altos propósitos. La autonomía de la Universidad Nacional, plasmada en las leyes de 1929 y 1933, fue un desafío en el camino que permitió la estructuración de una institución sólida. La primera ley tuvo como motivo real la convulsa situación que vivía políticamente el país. La muerte de Obregón, el reacomodo de la clase dirigente y la inminencia de la elección presidencial de 1929 obraron como caldo de cultivo para un movimiento que esgrimió como pretexto la implantación de los exámenes trimestrales. El gobierno de Portes Gil concedió en la Ley Orgánica varias prerrogativas, pero se reservó otras que serían indispensables para un régimen verdaderamente autónomo (como el nombramiento del rector). No obstante, la Universidad continuó en una situación de inestabilidad. Cuatro rectores en cuatro años serían un botón de muestra.
La orientación que debía tener la educación del país en 1932/33 pretendió también extenderse a las universidades. El notable debate Caso-Lombardo sintetiza el enfrentamiento. El primero, antiguo rector, propugnaba por una institución en que prevaleciera la libertad académica, con ello la libertad de cátedra y, por consiguiente, que no debía imponerse doctrina o ideología alguna en las funciones universitarias. Lombardo, quien había sido director de la Preparatoria, sostenía que la Universidad debía adoptar el materialismo histórico como base de la enseñanza. Todo esto confluyó en un movimiento estudiantil cuya resolución fue adoptada por el presidente Portes Gil. Una ley de plena autonomía, en que la institución dejaba de ser nacional, recibiría 10 millones por única vez, y toda la parte del gobierno universitario se situaba en el parecer de los actores universitarios, expresado en los consejos de escuela y facultad, así como en el Universitario, para nombrar autoridades. En los once años de vigencia legislativa, la inestabilidad fue incrementándose hasta llegar al caos en 1944. En ese lapso hubo 10 rectores.
La pacificación viene por vías hechas. El presidente Ávila Camacho (a través de Jaime Torres Bodet) le otorga amplia libertad a la institución para que un Congreso Universitario Constituyente, con un nuevo rector (Alfonso Caso), elabore otra Ley Orgánica. El proyecto de ahí emanado se aprueba en todos sus términos por el Congreso de la Unión, entrando en vigor en 1945. La organización, estructura, funciones y servicios quedaron como un modelo para las nuevas instituciones que se establecieron a partir de esa fecha y, por lo menos hasta 1974, cuando se funda la Universidad Autónoma Metropolitana. La vigencia de más de ocho décadas muestra lo atinada que fue y ha sido la Ley Orgánica. 19 rectores en ese tiempo constituyen una muestra de la estabilidad institucional alcanzada.
La expansión en funciones y espacios
A la magnificencia de Ciudad Universitaria, casi terminada a fines del sexenio del presidente Alemán e inaugurada por Ruiz Cortines, se le fueron añadiendo nuevas instalaciones y servicios, particularmente cuando el subsidio federal se fue incrementando en proporciones sustanciales. Así sucedió con la docencia, primero con las edificaciones situadas en C.U. y en la Ciudad de México, para luego situarse en varias entidades federativas. La investigación, con la magnífica ampliación en el Campus de Ciudad Universitaria, pero también en algunos estados. O la difusión cultural con los teatros, bibliotecas y centros de documentación, salas de música y museos que enriquecieron notablemente a la Ciudad Universitaria. La declaratoria de la UNESCO, en 2007, al considerar a la C.U. Patrimonio Mundial de la Humanidad, por su valor arquitectónico, humanístico, artístico y cultural como una expresión representativa del siglo XX, es un justo reconocimiento a esa monumental obra.

Carlos Pallán Figueroa
Ex rector de la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad Azcapotzalco), Ex secretario General Ejecutivo de la Anuies.
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