La Pandemia: Lecturas y Recuerdos / IX

Carlos Pallán Figueroa

Carlos Pallán Figueroa

Ex secretario general ejecutivo de la Anuies

capafi2@hotmail.com

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Humboldt llevó a Prusia a aceptar la idea revolucionaria sobre la relación entre la educación y el Estado.

La Pandemia: Lecturas y Recuerdos / IX

En Los Grandes Pedagogos podemos encontrar a importantes pedagogos que repercutieron más allá de su propia época

El encierro y el azar me llevan a un libro que creía perdido para siempre. Se trata de  Los Grandes Pedagogos, editado por el Fondo de Cultura Económica en 1959 y, desde entonces, prevaleciente con varias reimpresiones (de hasta 5,000 ejemplares).

Inevitablemente, el texto me suscita recuerdos: Me remonta a los días de la Escuela de Filosofía y Letras, de mi querido Chihuahua. Un establecimiento que por aquellos tiempos llegó a tener entre su planta docente a personajes como José Fuentes Mares, Federico Ferro Gay, Olac Fuentes Molinar, José Luis Orozco, Gaspar G. Orozco, entre otros. En alguno de los cursos de pedagogía o didáctica, la maestra (joven, rubicunda, culta y muy entusiasta) recomendó esta obra, coordinada por el académico francés Jean Château, y que conjunta trece estudios sobre otros tantos pensadores que tienen relación con la educación, pero no todos necesariamente pedagogos en el sentido estricto del término. Al lado de figuras señeras que se asimilaron ortodoxamente a aquella actividad, como Vives, Comenio, Pestalozzi, Montessori y Dewey; hay otros cuya pedagogía se inscribe dentro de sus estudios filosóficos, tal es el caso de Platón, Locke o Rousseau; u otros más que desarrollan trabajos situados en los linderos de la disciplina, como Claparède (psicología), Decroly (niños con retos físicos, psíquicos o cognitivos), o Guillermo de Humboldt, (reformador educativo en la Prusia de principios de siglo XIX). El criterio utilizado por Château, para la calificación de grandes pedagogos, fue el relativo a que “se eligieron preferentemente aquellos educadores cuya doctrina y prácticas repercutieron más allá de su propia época”.

Supongo que los lectores de Campus  tendrían mayor interés por el último de los mencionados, ya que entre sus muchas aportaciones se encuentra la fundación de la Universidad de Berlín, en 1810. Esta institución se estructura a partir de un diseño absolutamente innovador que irrumpe en lo que era el novísimo pero  ya paradigmático modelo Napoleónico de universidad ¿Qué es lo que hace exactamente Humboldt para estar en ese conjunto de grandes pedagogos?

Hijo de un comandante de la corte Prusiana, él y su hermano mayor Alejandro (nuestro conocido Barón de Humboldt) recibieron una esmerada educación de varios y exigentes preceptores privados, antes de ingresar a la Universidad de Gotinga, donde estudió Derecho y se nutrió de la influencia Kantiana de la época. La carrera fue una importante estación de paso que le sería muy útil allá por sus 35 años, cuando desempeñó el papel de reformador de la educación prusiana. Pero, antes de ello, su interés se centró en los estudios de lingüística comparada, mismos que anclaba en el estudio de varios idiomas y literaturas (entre muchos otros idiomas y ‘lenguas nativas’ estudia al ‘mexicano’, que incluía náhuatl, otomí, huasteco, maya y tarahumara). Todo eso en un ambiente universitario, en Jena, donde alternaba con Fichte, Schiller, Hegel, y aún con Goethe, con quien cultivó una amistad más cercana. Todo este mundo, más su interés intelectual, lo lleva a convertirse, a decir de W. Flitner (el autor de este capítulo específico en el libro mencionado) en el “fundador de la lingüística comparada”, disciplina que se nutría en la historia de las ideas.

El avance Napoleónico sobre Europa era incontenible y Prusia no era la excepción.  En 1806, en Jena, a la derrota bélica le sobrevienen los Tratados de Tilsit (la paz de Tilsit) cuyas consecuencias para Prusia significaban la pérdida inmediata de la mitad de su territorio más un conjunto de condiciones económicas y políticas sumamente duras. Si es verdad que, en la realidad, el anagrama chino de la palabra “crisis” significa simultáneamente “oportunidad”, esa fue una ocasión para constatarlo. Inmediatamente después de Tilsit, Federico Guillermo II nombra al Barón de Stein Primer Ministro, emprendiendo éste una profunda reforma social y del Estado que incluyó la reorganización de la educación pública de la época. Esta corrió a cargo de Humboldt, quien no obstante la fugaz presencia como primer ministro de Stein (16 meses), sus reformas permanecieron un tiempo adicional, igual que Humboldt en su mismo puesto: jefe de la sección de Cultos y Enseñanza, posición de segundo nivel en el Ministerio del Interior.

Desde ahí, Humboldt adoptó algunos de los los pasos que ya había dado la Revolución Francesa en materia de “la enseñanza del Estado para el conjunto de la Nación”.  En Prusia esto significaba aceptar la idea revolucionaria relativa a que la educación debe ser un asunto de Estado, que “todos los hombres deben recibir una formación que les sirva para llevar una vida decente”, y que dicha idea debía cobrar realidad en un plan unitario derivado de una “reglamentación oficial de la enseñanza pública para lograr la renovación espiritual del Estado”. Al núcleo de esta organización, el naciente sistema educativo, se le llamó Formación General, mismo que debía seguir un cauce único, que va de la enseñanza elemental a la universidad. Tal “cauce único” se desenvolvía en tres etapas: escuela elemental, escuela secundaria (gimnasio) y universidad.

Dentro de ese esquema se ubica la Universidad de Berlín. Fundada en 1910 es considerada como centro de la cultura humana. Su eje central sería la cultura general y, dentro de ella, la filosofía. Su modelo establecía un papel para el estudiante y el profesor que se modificaba radicalmente: el primero “realiza investigaciones por sí mismo, el profesor es para él un guía y un apoyo”. En ese ambiente, la libertad es esencial: la universidad es “una comunidad con gentes que tengan la misma disposición de espíritu . . . “ . Se trata de “maestros y discípulos dedicados por entero a la búsqueda de la verdad”. En ese espacio,  la enseñanza y la investigación deben estar unidas, siendo esta última esencial para la formación integral de los futuros profesionales.

A las muchas cualidades de la nueva universidad, un análisis de Darcy Ribeiro, 150 años después y ya vuelto clásico (La Universidad Necesaria), le encontraba varias contradicciones: fue progresista (por su preocupación científica, por el rigor para obtener títulos, por su afirmación nacional), pero también conservador (élitista, jerarquizado y burocrático). Sin embargo, sus puntos fuertes no tienen discusión:  dio categoría académica  a las nuevas disciplinas científico-profesionales, así como una preparación adecuada a los docentes para ejercer aquellas.

Pero, como dice el propio Flitner, el modelo más fiel de la Universidad de Berlín se implantó pronto en otras universidades de la propia Alemania y del mundo, adaptado a las circunstancias locales. Particularmente en Estados Unidos, cuyo mejor exponente es la Universidad Johns Hopkins, así como  Harvard (reformada a partir de esa influencia), Duke y Cornell.

Carlos Pallán
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