Ante esta conmemoración el pasado 5 de octubre y el papel relevante que han tomado los académicos durante la pandemia, vale la pena preguntarnos cuál es el futuro de su papel en la enseñanza
El 5 de octubre fue el Dia Mundial de los docentes. Cuando era niña, los únicos días conmemorativos, desligados de las historias patrias, eran el Dia de las Madres y, con menos bombos y platillos, el de los Padres. Ahora, a cada rato, organismos internacionales o nacionales convocan a encomiar el rol de algún actor, social o profesional, sean mujeres, indígenas, afrodescendientes, migrantes o, en la esfera laboral, carteros, secretarias o enfermeros. Uno se pregunta hasta donde crecerá esa inflación celebratoria y qué profesiones/grupos terminará por abarcar (¿las múltiples categorías vulnerables? ¿todas las profesiones de proximidad, devaluadas salarialmente, aunque imprescindibles para la cohesión social?)
Dicho eso y sin saber cómo apreciar el desbocamiento de los días conmemorativos, en tanto eventos reparatorios y/o simbólicos, quisiera aprovechar ese Dia Mundial de los docentes para compartir algunas reflexiones sobre la condición académica, hoy día. Este año, con justa razón, la UNESCO insistió en el papel clave de los profesores en el éxito de los procesos de reapertura escolar en curso. El adjudicarles un papel protagónico en esa dinámica es sin duda relevante, después de los largos periodos de cierre, causados por el Covid-19.
Pero no es suficiente, considerando los embates contra la profesión académica, protagonizados por varios gobiernos, en América Latina (México, Brasil) y otras latitudes. Por ejemplo, asociaciones universitarias en Francia denunciaron recientemente las penurias acumuladas sufridas por las instituciones de educación superior. Esas obstaculizan un retorno a clases en buenas condiciones y se sobreponen a un hondo malestar previo, agravándolo.
Al voltear los ojos al país y a la condición de sus académicos, encontramos que no sólo viven un contexto similar (marcado por las restricciones financieras) sino peor (caracterizado por descalificaciones a su dignidad profesional). En México, me temo que los académicos tengan más motivos de preocupación que de júbilo. Las universidades no sólo confrontan una grave escasez de recursos. Están incluso consideradas, por cierta prensa e individuos con presencia en medios de comunicación, como organizaciones perezosas, cuando no delincuentes, so pretexto de acontecimientos reprobables. Un ejemplo es la llamada estafa maestra que involucró a los directivos de un puñado de establecimientos. Por trabajar en instituciones de educación superior, pero por injustificada e injustificable extensión, a los académicos, les “cuelgan” abusivamente esos mismos y otros calificativos negativos.
El asunto de coyuntura que lleva a formular esa desalentadora constatación es, obviamente, la demanda penal, iniciada por el Conacyt, contra académicos y funcionarios, por peculado y/o desvíos de fondos públicos. Esas acusaciones, que no han sido por ahora comprobadas, son sin embargo susceptibles de justificar su encarcelamiento preventivo, pese al principio jurídico de presunción de inocencia. Quienes opinan sobre esa situación, cuyo desenlace es cada vez más difícil de prever, conforme se polarizan las interpretaciones y se confrontan las posiciones ofensivas y defensivas, coinciden en que la cuestión es relevante. No debe ser relegada, sobre todo había cuenta de los repetidos agravios, de cariz ideológico, sufridos por los docentes e intelectuales, Tampoco debe opacar otra “evidencia”, igualmente inquietante: la profesión académica está sumida en una crisis estructural de larga data.
Los factores que explican dicha crisis están bien conocidos. Destacan, entre esos, los quiebres en los perfiles formativos de docentes universitarios, que cuentan con credenciales de alta especialización disciplinaria, pero con un reducido entrenamiento pedagógico, las malas prácticas de reclutamiento mediante plazas por horas y la atribución de cargas administrativas excesivas a los jóvenes profesores. A eso, se añaden el envejecimiento de la plantilla y su no renovación, debido a pésimas condiciones de jubilación y el acrecimiento de una fatiga o burnout profesionales, antes presiones constantes para cumplir con exigencias burocráticas y evaluativas, constrictivas e invasivas. Los ingresos, condicionados por el acceso a sistemas complejos de incentivos tanto como por el monto de los sueldos, y los estatutos son tan profundamente dispares que la profesión académica se difracta en una miríada de subgrupos, atomizados en sus necesidades y en sus preocupaciones.
En un contexto en el que la profesión descansa en una suma de individualidades o en una constelación de facciones, es imprescindible reaglutinar a los académicos, restaurar valores e intereses comunes, más allá de situaciones contractuales, fronteras disciplinarias y adscripciones institucionales. Para concretar ese esfuerzo de reconstitución identitaria, habrá que convocar a los sindicatos, reactivando una tradición gremial bien arraigada. Habrán asimismo de intervenir en esa labor los académicos, las asociaciones sectoriales, las redes y las autoridades de las instituciones de educación superior. Conforme los actores claves de ese conglomerado segmentado y heterogéneo, que, por facilidad, llamamos sistema nacional de educación superior, dialoguen sobre sus necesidades de reinvención, podremos considerar celebrar un Dia del Docente, que no sea un simple ritual sino un tiempo-espacio para apostar al futuro.

Sylvie Didou Aupetit
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