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Roberto Rodríguez: ejercicio del poder y colectividad

Roberto Rodríguez dejó una huella que trasciende sus publicaciones: la de alguien que entendió que para cambiar el statu quo era necesario articular esfuerzos, formar personas y construir comunidad
Roberto Rodríguez fue parte importante de iniciativas que incidieron en la relación orgánica entre especialistas y autoridades de la educación.

No me acuerdo cuándo conocí a Roberto Rodríguez, pero fue poco después de mi instalación permanente en México. Lo que sí recuerdo son nuestras largas pláticas en Coyoacán o San Ángel, siempre cerca de la UNAM: hablábamos, dilatadamente, de los derroteros de la educación superior y, brevemente, de nuestras preocupaciones personales. Era la época de la “modernización” del país, una etapa crítica de reconfiguración de las políticas federales. La coyuntura era cuanto más interesante para nosotros, que estábamos finalizando nuestras respectivas tesis doctorales y decidiendo a cuáles líneas de investigación dedicarnos.

Desde aquel entonces, lo que interesaba prioritariamente a Roberto era el poder, un objeto de estudio que lo fascinaba. En su trayectoria, se interesó, entre otros tópicos, desde el diseño y a la implementación de las políticas de evaluación, ingreso y cobertura, a los mecanismos de regulación, a los aparatos, autoritarios o participativos, planificados o improvisados, de gobernanza y a los mecanismos de producción/reproducción del sistema educativo, principalmente público. En ese tenor, escribí, por invitación suya, en un libro que él coordinó en la UNAM con Humberto Muñoz, un capítulo sobre la puesta en marcha en la Universidad Autónoma Metropolitana de programas de reconocimiento al trabajo académico y sus efectos en los desempeños de profesores-investigadores (aceleración de la productividad, normalización de la carrera mediante la rendición de cuentas, burocratización e hiper-reglamentación).

En cambio, temas que a mí me apasionaban desde entonces —la reconfiguración del estado nación y la globalización, las migraciones intelectuales, la internacionalización del prestigio científico, la circulación de las ideas— despertaban menos su interés, aun cuando aceptó entregar artículos sobre cuestiones llamativas, por ejemplo, las condiciones para la integración científica de América Latina, como cuna de identidad y soporte de cooperación. Desde aquel entonces, disponía de sólidas redes en la región que le permitieron analizar, con una mirada comparativa, respuestas distintas o convergentes ante problemáticas compartidas. Examinó, con ese foco, los acuerdos derivados de decisiones diplomáticas para reforzar la visibilidad del continente y contrarrestar las relaciones asimétricas subyacentes en acuerdos de integración regional o internacional de los países de América Latina, principalmente con socios pertenecientes a otros bloques económicos.

Pero mis relaciones con Roberto no se agotaron en prácticas de escritura sobre tópicos que nos interpelaban a los dos. En su alma máter, la UNAM, de la que fue siempre devoto y leal miembro, con un grupo de colegas y amigos, organizó un Seminario de Educación Superior. Sus asistentes, procedentes de diversos establecimientos, se reunían con una frecuencia bastante elevada, aunque relativamente imprevisible. Compartíamos textos académicos, escuchábamos exposiciones sobre temas varios, disentíamos felizmente, por lo que mantuvimos funcionando un buen rato ese espacio entrañable en el que aprendíamos y sociabilizábamos todos, sin cortapisas ni jerarquías. Con el correr de los años, como frecuentemente ocurre, algunos de nosotros lo abandonamos, porque el tiempo apremiaba y sobraban los compromisos cronófagos. El Seminario entró paulatinamente en letargo, hasta que, hace algunos años, resurgió, gracias a la voluntad y generosidad de sus fundadores. Ya no participé en esa fase, pero me dio gusto su reactivación, en un universo académico excesivamente egoísta, en el que escaseaban los ámbitos para que los estudiantes compartieran hallazgos e inquietudes.

Ese no fue el único emprendimiento grupal en el que participó Roberto, siempre persuadido de que las voces resuenan más si son numerosas en lugar de aisladas. Con esa convicción, no sólo fue coautor de publicaciones (multicitadas) sobre temas de actualidad, con especialistas de otras instituciones o de la propia UNAM, sino que participó en iniciativas que incidieron en la relación orgánica entre especialistas y autoridades. Colaboró en las labores del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, que, además de conjuntar a personas de distintas partes del país, permitieron reforzar las interacciones institucionales en el campo de las ciencias de la educación. Como lo señalaba afectuosamente Humberto Muñoz, Roberto no sólo trabajaba mucho en muchos proyectos, sino que lo hacía bien, con disciplina y excelente pluma. Esa “pluma” le sirvió en sus contribuciones claras, concisas y amenas para blogs y prensa, cuando, con tesón y regularidad, firmaba editoriales sobre la coyuntura o compartía su admiración por autores que consideraba de referencia.

Finalmente, esa semblanza quedaría trunca si omitiéramos sus aportaciones a comités de asesores, consultores o expertos para explorar, en (a o di)sociación con pares y tomadores de decisión, asuntos cruciales en la agenda educativa. Como ilustraciones, me vienen a la mente su involucramiento en la construcción del Sistema Integrado de Información de la Educación Superior de la UNAM y sus intervenciones en reuniones para transformar Ciudad de México en un “hub” educativo internacional, basado en la movilidad. No prosperó esa última iniciativa; la interrumpió de cuajo la pandemia, sin restarle relevancia intrínseca.

De hecho, por momentos, proyectos de transformación de la educación superior, como estos y otros muchos, absorbían la energía de Roberto, convencido, como lo era, de que, para enmendar los desvíos del statu quo, era imprescindible trabajar con los individuos (enseñanza y formación) y articular esfuerzos (liderazgo), experimentando formas innovadoras de organización colectiva, aun a sabiendas de que eran transitorias. Eso no es anodino actualmente, cuando lo “común” está de capa caída, aun en los círculos académicos en los que floreció antaño.

Sylvie Didou Aupetit
Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav) | Web |  + posts
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