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¿Qué miden los Rankings?

Cada año, los grandes rankings universitarios vuelven a colocar a cientos de instituciones en una lista que pretende responder cuáles son las mejores del mundo. Pero ¿qué están midiendo realmente? QS, THE y Shanghái utilizan metodologías distintas y privilegian aspectos como reputación, investigación, citas o empleabilidad. Sus resultados pueden ser útiles como referencia, pero no son una verdad universal: una universidad es mucho más que el número que ocupa en un ranking
No se deben tratar estas evaluaciones como si la posición obtenida fuera una medida objetiva y completa de calidad.

Cada año, entre agosto y octubre, ocurre un ritual que se ha vuelto parte del calendario de la educación superior mundial: la publicación de los grandes /i>rankings universitarios. Quacquarelli Simons (QS), Times Higher Education (THE), el Ranking de Shanghái (ARWU) y una decena de listados mundiales y regionales compiten por acaparar los titulares con la misma pregunta de fondo: ¿cuáles son las «mejores» universidades del mundo? Rectores celebran o se explican, gobiernos citan las cifras en sus discursos de política pública, y miles de familias las consultan antes de decidir dónde estudia un hijo o una hija. Pero pocas veces nos detenemos a preguntar algo más básico y más incómodo: ¿qué es exactamente lo que estos rankings están midiendo?

La respuesta corta es que no miden una sola cosa, y que tampoco miden lo mismo entre sí. Un ranking universitario es, en esencia, un índice compuesto comúnmente llamado metodología: toma un conjunto de impactos a través de indicadores — a) académicos: reputación entre pares académicos, proporción de estudiantes y profesores internacionales; b) científicos: número de citas por artículo publicado, gasto en investigación; y c) de egresados: opinión de los empleadores, tasa de empleabilidad de los egresados, entre otros—, les asigna un peso relativo y produce con ello una calificación que después se traduce en una posición relativa o Ranking. Esa posición, del 1 al 500 o al mil, es la que aparece en la nota de prensa. Lo que casi nunca aparece es la metodología que hay detrás.

Y esa fórmula importa, porque no es la misma en todos lados. El QS World University Rankings, por ejemplo, concentra el 50 por ciento de su calificación en lo que llama «Investigación y Descubrimiento»: 30 por ciento reputación académica y 20 por ciento citas por profesor. El resto se reparte entre empleabilidad (20 por ciento), proyección internacional (15 por ciento), experiencia de aprendizaje medida como proporción de estudiantes por profesor (10 por ciento) y, desde hace un par de ciclos, sostenibilidad (5 por ciento). THE, en cambio, distribuye su calificación en cinco pilares distintos: enseñanza (29.5 por ciento), entorno de investigación (29 por ciento), calidad de la investigación medida por impacto de citas (30 por ciento), proyección internacional (7.5 por ciento) y vinculación con la industria (4 por ciento). El Ranking de Shanghái, por su parte, no incluye ni una sola encuesta de reputación —su obsesión son los premios Nobel, las medallas Fields y las publicaciones TOP en revistas como Nature y Science. Tres rankings, tres fotografías distintas de lo que consideran «calidad». Una universidad puede subir en uno y bajar en otro el mismo año, sin que haya cambiado nada en sus aulas ni en sus laboratorios. Simplemente cambió la cámara con la que se le fotografió.

Vale la pena entender de dónde viene todo esto, porque el origen explica buena parte de la lógica actual. El primer ranking global, el ya mencionado ARWU, nació en 2003 en la Universidad Jiao Tong de Shanghái, no como un ejercicio editorial para el público general, sino como una herramienta interna: China quería saber qué tan lejos estaban sus universidades de las mejores del mundo, en el marco de un ambicioso proyecto nacional de modernización de su educación superior. El objetivo era diagnóstico, no mediático. Un año después, en 2004, apareció el ranking THES-QS, resultado de una alianza entre el suplemento de educación superior del Times y la consultora Quacquarelli Symonds (QS), esta vez sí pensado explícitamente para un público internacional de estudiantes que buscaban dónde continuar sus estudios fuera de su país. En 2009 esa alianza se rompió, y de ahí nacieron por separado los rankings QS y THE que hoy conocemos, cada uno con su propia metodología y su propia narrativa de lo que debe valorarse.

Es decir, los rankings no son un fenómeno neutral que «simplemente mide la realidad». Nacieron en un contexto muy específico de competencia geopolítica por prestigio educativo, y siguen operando dentro de esa lógica. Cada actualización metodológica —QS incorporó hace poco un indicador de resultados de empleabilidad y otro de sostenibilidad; THE ha ido ajustando el peso de la investigación frente a la docencia— responde tanto a mejoras técnicas genuinas como a la necesidad de mantenerse relevantes frente a sus competidores. Los rankings, en ese sentido, también compiten entre sí por credibilidad.

¿Y quién los observa, y para qué? Aquí conviene ser preciso, porque cada audiencia les pide algo distinto. Para los estudiantes y sus familias, el ranking funciona como un atajo de decisión en un mercado educativo global cada vez más complejo: ante cientos de opciones de movilidad internacional, un número ordenado ofrece la ilusión de simplicidad, aunque esconda comparaciones entre instituciones con misiones, tamaños y contextos completamente distintos. Para los gobiernos, los rankings se han convertido en un instrumento de política pública: no es casualidad que varios países hayan diseñado programas de «universidades de excelencia» —con financiamiento adicional condicionado— explícitamente orientados a mejorar su posición en estos listados. Para las propias universidades, el ranking cumple una doble función: hacia afuera, es una herramienta de mercadotecnia institucional casi insustituible; hacia adentro, sea que lo reconozcan públicamente o no, funciona como insumo real para decisiones estratégicas —qué áreas de investigación fortalecer, en qué redes internacionales invertir, qué perfiles de profesor-investigador reclutar. Para empleadores y socios de colaboración científica internacional, finalmente, el ranking opera como un atajo de confianza: una manera rápida, aunque imperfecta, de decidir con quién vale la pena asociarse cuando no hay tiempo ni información para evaluar a fondo cada institución.

Vale la pena notar, además, que este ecosistema no se ha detenido ni se ha achicado con el paso del tiempo, a pesar de las críticas metodológicas que ha recibido durante más de dos décadas. Todo lo contrario: mientras escribo esto, tanto QS como THE están en plena ventana de captura de datos para su ciclo de publicación 2027, y THE ha reportado que la participación institucional en su convocatoria alcanzó cifras récord este año. Cada vez más universidades, de más países, deciden entrar al juego —incluso aquellas que públicamente cuestionan la lógica de los rankings terminan dedicando personal y presupuesto a preparar sus reportes institucionales con el mayor detalle posible. Esto revela algo importante: aunque el consenso académico sobre las limitaciones metodológicas de estos instrumentos es cada vez más sólido, el consenso institucional sobre la conveniencia de participar en ellos es todavía más fuerte. Nadie quiere quedar fuera de la fotografía, aunque sepa que la cámara tiene distorsiones.

Todas estas audiencias, sin embargo, comparten un mismo riesgo: tratar el número como si fuera una medida objetiva y completa de calidad, cuando en realidad es una construcción metodológica subjetiva, no una verdad universal sobre la educación superior. Y ahí es donde conviene hablar de lo que estos instrumentos, por diseño, no pueden capturar. Ningún ranking global mide de manera confiable la calidad real de la docencia en el salón de clases, ni el desarrollo humano de un estudiante a lo largo de su formación. Ninguno mide con precisión el impacto social o el impacto económico de una universidad en su comunidad. La investigación aplicada que resuelve un problema local rara vez compite, en términos de citas, con la investigación básica publicada en inglés en las revistas de mayor circulación internacional.

Nada de esto significa que los rankings no sirvan para nada, ni que debamos ignorarlos. Sería igual de ingenuo despreciarlos por completo que tratarlos como verdad revelada. Sirven, y mucho, como termómetro comparativo cuando se usan con la metodología a la vista y con las preguntas correctas: ¿qué está midiendo este indicador específico?, ¿qué tan comparable es entre instituciones de contextos distintos?, ¿qué decisiones institucionales incentiva, y son esas las decisiones que realmente queremos incentivar? El problema no es la existencia de los rankings, sino la forma con la que los consumimos: la reducción de un ecosistema universitario completo —docencia, investigación, vinculación social, formación humana— a un solo número que cabe en un titular.

Mi invitación, entonces, no es a rechazar los rankings ni a idolatrarlos, sino a leerlos con la misma exigencia crítica con la que un investigador lee cualquier otro instrumento de medición: preguntando siempre qué se midió, cómo se midió y qué se quedó fuera. Porque al final, ninguna universidad —ni ningún país— debería definir el rumbo de su educación superior en función de una fórmula ajena que privilegia lo que es fácil de contar por encima de lo que realmente vale la pena formar.

Neil Hernández Gress
Tecnológico de Monterrey | + posts

Profesor investigador del Tecnológico de Monterrey

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